Juan Pablo Russo
19/10/2011 14:15

Lucas Turturro rescata del olvido una película inconclusa de Juan Fresán para crear una nueva obra, mezcla de ficción y documental. Un rey para la Patagonia (2010) es la metáfora perfecta para hablar de una obsesión que mutará en la locura por el cine.

Un rey para la Patagonia

(2010)

En los años 60, el realizador Juan Fresán se topa con una historia llena de matices cinematográficos: la de Orllie Antoine, un ciudadano francés que en 1860 se proclamó Rey de la Patagonia. Aún un siglo después, sus herederos seguían reclamando el trono. Fresán se embarca en los años 70 con un reducido equipo técnico y escasos recursos económicos hacia el sur argentino para filmar lo que sería una superproducción subdesarrollada de época llamada La Nueva Francia. A las pocas semanas el dinero se acaba y el rodaje debe suspenderse. Tiempo más tarde el realizador debe exiliarse en Venezuela y los rollos de película terminan traspapelándose. Ya en la actualidad y cuando pasaron casi 30 años de aquella aventura –retratada por Carlos Sorín en La película del Rey (1986)- Fresán encuentra las cintas originales en un estado deplorable y por esas razones de la casualidad -o la causalidad- se cruza con Lucas Turturro. Así nace una nueva obsesión: concluir el film. Pero otra vez el destino juega una mala pasada y Fresán muere. Es así que Turturro, que poseía todo ese material en sus manos, decide armar una nueva película que habla nada más y nada menos que de la obsesión, esa obsesión que es el cine.

Un rey para la Patagonia es una película construida a partir de otra película pero también es una película propia. Lucas Turturro lo logra a partir de la utilización de imágenes encontradas contar la historia de Orllie Antoine y ese extraño reclamo por el reino, y a su vez rearma la historia, desde testimonios y entrevistas realizadas en la actualidad, todo el derrotero sufrido por Fresán para poder concluir una película que parecía estar maldita. Mientras que para la primera línea narrativa utiliza la ficción, para la segunda se centra en lo estrictamente documental.

Lo atractivo del relato son las historias en sí mismas. Por un lado, la de ese rey y sus descendientes que reclaman un trono inexistente. Mientras que por otro costado se retrata la locura por terminar una película que llevó casi tres décadas poder concretar. Turturro demuestra su gran dominio para trabajar tanto con la ficción como con el documental. Con una estética pop y un montaje fragmentado, logra el ritmo adecuado para que la trama no decaiga ni se vuelve confusa.

La obsesión pareciera ser el mal del nuevo siglo y Un rey para la Patagonia es eso. La obsesión de Juan Fresán por ver terminada su película y la de Lucas Turturro por ver terminada la película de Fresán y en cierto modo la suya también.

8.0

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