Ezequiel Boetti
05/08/2009 16:56

Los antecedentes del staff de Papá por un día no resultan auspiciosos: El director es Raúl Rodríguez Peila, otrora perpetrador de Dibu 3 y Peligrosa obsesión; la producción está a cargo de Carlos Mentasti, cuyo prontuario incluye chapucerías como Bañeros 3, Brigada explosiva o Los Supergentes; las protagonistas femeninas son las televisivas Luisana Lopilato (Rebelde Way, Chiquititas) y Gimena Accardi, conocida por su labor en las novelas vespertinas de Telefé. ¿El resultado? Un mejunje fílmico que incluye desde competencias deportivas hasta los peores lugares comunes del cine argentino.

Papá por un día

(2009)

Federico (un correcto Nicolás Cabré) es entrenador de hockey en un distinguido colegio y está a punto de casarse con la jugadora estrella e hija del director, Cecilia (Accardi), cuando repentinamente su padre, también director técnico y de quien está distanciado, muere en un ficticio pueblo costero. Allí se encontrará con que la herencia es, ni más ni menos, que su pequeña media hermana.

Si Papá por un día se circunscribiera sólo al proceso de la formación y el posterior fortalecimiento del vínculo familiar entre Federico y la pequeña Tini, y se limitara a funcionar como divulgación masiva de un deporte en pleno crecimiento en Argentina y extremadamente cinematográfico -el hockey es un ejercicio cinemático, ideal para un arte donde abunda el movimiento-, la película funcionaría.

Allí estaría Cabré y su oficio para remontar un personaje que, aunque trillado, mantendría algunas aristas interesantes para explorar (el choque entre la vida que es y la que pudo haber sido), acompañado por la pequeña Julieta Poggio, tan fresca, tan querible y con un rostro tan luminoso que la transforman, junto con Magdalena Capobianco, la protagonista de Una Semana Solos, en uno de los proyectos más interesantes y que mayor cuidado y atención merecen del cine nacional.

Pero no. El eje narrativo se desplaza hacia la relación amorosa entre Federico y Julieta (Luisana Lopilato), y la película que pudo haber sido se transforma en una concatenación ad infinitum de los peores vicios del cine nacional. El problema principal no radica en la lógica o no de las situaciones (la creación de un mundo ficticio implica también la construcción de una lógica propia distinta al mundo “real”) sino en la pereza formal de Peila, cuyos primeros planos están mas cerca de los formatos televisivos que al cine, y el fibrón grueso con el que los guionistas escribieron a las integrantes femeninas del trío protagónico: Cecilia no puede evitar el lugar común de la “niña bien” y Julieta es carcomida por la persona detrás del personaje.

La luminosa escena donde la voluptuosa Lopilato camina frontalmente hacia la cámara, aprensada en un pequeño minishort y envuelta en un aura blanco y celestial, deja en claro que, para los responsables de Papá por un día, lo primero no siempre es la familia.

4.0

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