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Crítica de "Retratos fantasma": Kleber Mendonça Filho transforma lo personal en universal

El cineasta Kleber Mendonça Filho regresa con un fascinante documental que explora la ciudad en la que creció, Recife, retratándola como un lugar repleto de fantasmas. A pesar de partir de lo personal, la película nunca se centra en él mismo. Mendonça demuestra una empatía y una capacidad de observación dignas de un gran cineasta, logrando una obra que toca la sentimentalidad sin permitir que esta la domine.

La película se divide en tres segmentos, y el primero gira alrededor del departamento donde creció. Este espacio rápidamente se convierte en un símbolo de su madre, una mujer que él veía con admirable fortaleza. El departamento se vuelve así en su madre, un espacio lleno de historia y amor. Mendonça detalla cómo, al volverse cineasta, recurrió a este lugar como locación habitual para más de diez películas, desde sus primeros trabajos estudiantiles hasta sus producciones más significativas. Este segmento, el más cercano a su persona, establece lo que en toda la película se sustenta: las relaciones intrínsecas entre los espacios y quienes los transitan, las marcas que se dejan y los fantasmas que allí permanecen. Kleber discute cómo solo el cine puede capturar estos fantasmas, sugiriendo que la producción de imágenes es el médium máximo para ello.

En una entrevista reciente, el genio del terror corporal, David Cronenberg, menciona que hoy en día ve cine para poder ver a gente que ya ha muerto. En Retratos fantasma (2023), Kleber habla de Nico, un perro de unos vecinos que siempre ladraba y ha muerto hace tiempo. Sin embargo, su ladrido, inmortalizado en el cine del director, da la ilusión de que sigue por ahí, como un fantasma, manteniendo el insomnio del vecindario. El aspecto espectral del cine va más allá de capturar a los muertos en imagen, algo que queda claro en los siguientes dos segmentos. Estos detallan la historia de los cines en Recife, su importancia para la comunidad, su abandono, su decadencia, y la tradición de las proyecciones analógicas. Kleber hace asociaciones aventuradas entre la iglesia y el cine, no solo en cómo varios cines fueron construidos a partir de iglesias y luego convertidos en iglesias tras quebrar, sino también en la relación de los cinéfilos hacia el cine como espacio sagrado. Entendemos, o deberíamos entender, que el cine maneja el tiempo, y jugar con el tiempo es jugar con la mortalidad.

En la parte más conmovedora del documental, Kleber detalla la historia de Alexandre, un proyeccionista fallecido de un cine que cerró hace años. Mendonça documentó los últimos dos años de este cine, tiempo en el que se volvió íntimo amigo del proyeccionista. Al cerrar el cine, el proyeccionista le dijo: “Cierra el martes, estaré en turno. Lo cerraré con lágrimas. Cerraré este cine con la llave de mis lágrimas”. Kleber menciona el año en que Alexandre falleció, mientras vemos imágenes de él subiendo las escaleras hacia el cuarto de proyección, y es imposible no imaginarlo ahí, todavía, cuidando de las películas.

Kleber regresa al pasado, al de su ciudad y al de los cines, y aunque el presente es solemne, sigue habiendo celebración. Reúne imágenes de un cine actual, con salas llenas viendo clásicos como Suspiria de Argento, y presenta imágenes del exterior de estas salas, con filas interminables de espectadores ansiosos. Esto refleja una esperanza: el cine es tanto para los fantasmas como para los vivos, un ente vivo conectado a ambos planos de la existencia. Mendonça se convierte en parte de la tradición de capturar su ciudad, de hacerla película. Y en todos lados ve fantasmas, no aterradores, sino navegando la ciudad en las noches, en la oscuridad, en los teatros abandonados donde grandes películas alguna vez fueron presentadas.

Retratos fantasma captura la esencia de Recife y sus fantasmas, transformando lo personal en universal y demostrando el poder del cine para inmortalizar tanto a los vivos como a los muertos.

8.0
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