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Crítica de “Mari”, relato de resiliencia y segundas oportunidades

Al rescate de María Luisa Suárez fueron Adriana Yurcovich y Mariana Turkieh, realizadoras, pero también empleadoras de la mujer, a la que deciden, tras un hecho violento y determinante en su vida, alojarla en su vivienda y así darle una nueva oportunidad para vivir.

Crítica de “Mari”, relato de resiliencia y segundas oportunidades
domingo 28 de marzo de 2021

El relato, presentado de manera clásica, con una narración en off que incluye a Yurcovich dentro del plano, y a Turkieh, fuera, desarrolla el duro derrotero de María, o Mari, una mujer que tras los diferentes atropellos que sufrió por parte de su marido, decide, gracias a la ayuda de las realizadoras, cambiar drásticamente su destino.

Tal vez algunos vean en este relato la cristalización de la ausencia del Estado ante la violencia de género, en momentos en donde hay mucho más de llenarse la boca con palabras y propagar miles de discursos sobre la importancia de erradicarla, pero, por otro lado, si un caso como el de esta película existe, tiene que ver también por la inercia e inexistente apoyo a las víctimas de un mal que lamentablemente sigue creciendo a pasos agigantados.

Mari observa fotos de su infancia, en Santiago del Estero, y relata cómo eran sus días allí, “por ahí nos pegaba más de la cuenta”, dice, por su padre, un hombre descripto como de pocas palabras, pero que en esos castigos físicos, terminó por formatear a esta mujer al punto de ser objeto de aberraciones y una violencia desmedida, y mantenerse en el seno de un hogar violento por casi 40 años.

Alternando con testimonios de los hijos de la protagonista, los que, aun sabiendo el doloroso proceso en cuerpo y alma vivía su madre, eran consecuentes con su padre y su violencia, Mari (2021) refleja el cambio de vida de una mujer que tenía sueños y aspiraciones, pero que terminó postergando por los demás cada paso que debería haber dado.

Hay una escena lograda, en donde Yurcovich y Turkieh trascienden el hecho cinematográfico, y enfrentan al victimario. “Yo la rescaté del fuego”, dice el hombre justificando su accionar, “ella tiene su andar de joven”, manifestando desde su mirada misógina y violenta una posición que se replica en millones de pensamientos en todo el mundo.

Independientemente de algunas cuestiones técnicas, Mari tiene a su favor el hacer una crónica del proceso de recuperación de María, de cómo, alejada de la opresión machista de su hogar, comienza a urdir vínculos con sus pares, a estudiar, a recibir visitas (en la casa ajena), a reconocer su sexualidad, y a empoderarse, y en todas esas actividades ella comienza a identificarse y a verse diferente, “quisiera que el mundo sepa que soy feliz”, grita.

Yurcovich y Turkieh revelan honestamente sus vivencias junto a María, las transforman en una película y desde ahí construyen un discurso que invita a la reflexión acerca de cómo se puede transformar la vida de una persona, pero sin desatender que este hecho que realizan, en el ámbito privado, debería ser replicado por miles desde el Estado, quienes siguen mirando hacia otro lado cuando una mujer exige aquello que le corresponde luego de pasar años de violencia y agobio corporal y emocional.

6.0
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