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Crítica de “Implosión”, Javier Van de Couter tras los pasos de una venganza

La nueva propuesta del realizador de “Mía” deposita su fuerza en la presentación de un híbrido entre documental y ficción que, además, ubica a los propios protagonistas de una tragedia en un contexto narrativo ficcional para acompañarlos en su dolor y liberar fantasmas.

martes 23 de marzo de 2021

En septiembre de 2004 el Instituto 202 Islas Malvinas, de Carmen de Patagones, se vio conmocionado por el equívoco e inesperado accionar de uno de sus alumnos. Tres muertos y cinco heridos, es sólo el saldo numérico de una tragedia que permanece en las retinas y la memoria de los lugareños.

En Implosión (2021) Van de Couter hace una puesta en escena de los sucesos, reflejando cómo la comunidad educativa intentó dar explicación a lo inevitable. En una escena somos voyeurs de una reunión entre autoridades de la institución y alumnos, la crítica principal radica en la inercia ante la irreparable pérdida. Una joven grita acerca de cómo una vez más una tragedia puede golpear las puertas del aula, de esa o de otra, y los adultos sólo bajan la mirada.

El director revisita ese hecho que sacudió la crónica policial y que evidenció una problemática que hasta ese momento se pensaba ajena para estas latitudes, la de jóvenes en apariencia “normales” que deciden arremeter con su entorno. ¿Qué explicación puede haber que satisfaga las inquietudes y preguntas que poseen todos? Ninguna, pero él no se queda con la negativa, y decide imaginar una propuesta distinta.

Javier Van de Couter, experimentado en la construcción de guiones con base en hechos policiales que sacudieron al país, redobla la apuesta de narrar la crónica de los sucesos desde otro lugar, desarrollando, junto a Anahí Berneri, un relato que escapa a lugares comunes. Porque tal vez a este realizador, oriundo del lugar, no le bastaba con contar el “cuentito” de lo acontecido, y necesitaba ir más allá plasmando en un relato las vivencias de los jóvenes a los que aún hoy le resuenan los disparos.

Así, en Implosión el director suma a dos de los sobrevivientes a su historia, Pablo Saldías Kloster y Rodrigo Torres, los mezcla con actores profesionales y avanza en una historia que indaga en la raíz del suceso, pero también imagina una posible historia de pesquisa y venganza, en donde la única posibilidad de final pareciera ser la de aplicar la ley del talión.

La cámara acompaña a Saldías Kloster y Torres en su derrotero, en una búsqueda inagotable de explicaciones y, principalmente, en dar con el paradero del asesino. La road movie al uso nostro se cruza con encuentros en donde la masculinidad a flor de piel exige disparar a animales, o bañarse desnudos en un río, soportar la mirada demonizante de los demás, y en un punto comenzar un proceso de transformación que terminará sanando a todos.

En vez de estructurar de manera inequívoca la progresión dramática, Implosión se la juega por algunos pasajes bisagra, y expone a Pablo y Rodrigo a situaciones extremas, donde los recuerdos de la jornada sangrienta amenazan con persuadirlos a seguir en una línea que tal vez los lleve a seguir perdiendo, pero que en la línea dramática de la propuesta no hacen otra cosa que potenciar un relato diferente sobre víctimas y victimarios en donde la verdad puede cambiar el destino de todos, para siempre.

8.0
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