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Crítica de "Django sin cadenas", de Quentin Tarantino, en busca de la libertad

Quentin Tarantino rompe el esquema al que estamos acostumbrados al ver en su filmografía y realiza un homenaje a aquellas películas que le dejaron una marca y lo definen como un realizador distinto a cualquier otro.

Crítica de "Django sin cadenas", de Quentin Tarantino, en busca de la libertad
lunes 28 de enero de 2013

Dos años antes de la Guerra Civil, el Dr. King Schultz (Christoph Waltz) es un cazador de  recompensas que compra a Django (Jamie Foxx) a un par de traficantes de esclavos para que lo ayude a atrapar vivos o muertos a los hermanos Brittles. Shultz le promete la libertad a cambio, pero terminará ofreciéndole su ayuda cuando Django le cuente que quiere recuperar a su esposa Broomhilda (Kerry Washington), vendida en el mercado de esclavos. El rastro los llevará a Candyland, una plantación perteneciente a Calvin Candie (Leonardo DiCaprio).

No es ninguna novedad afirmar que Tarantino no inventó nada. El mismo ha afirmado una y otra vez que sus películas tienen influencias de historias que ya se han contado. La originalidad radica en la forma en que dirige a los actores y en los diálogos que él mismo escribe. En Django sin cadenas (Django Unchained, 2012) se aleja un poco de sus trabajos anteriores y se reinventa al ofrecer un relato que incluye racismo, amor y venganza.

Los saltos temporales son limitados y se traducen en flashbacks que se circunscriben a mostrar la crueldad a la que estaban sometidos Django y su esposa en las plantaciones, un intento de fuga y el momento en el que los separan. Y, si bien esos flashbacks están muy bien desarrollados, su ausencia no dificultaría la comprensión de la trama y acortaría un poco el tiempo de metraje. Éste es el talón de Aquiles de la cinta.

La película está dividida en dos partes bien definidas: la primera es la cooperación entre Shultz y Django como caza recompensas, donde hay espacio para la acción pero también para el humor; y luego la búsqueda de Broomhilda y su llegada a Candyland, donde la acción roza lo gore y Tarantino saca a relucir su habilidad como escritor. Mientras que la primera parte es dinámica y transcurre naturalmente, la segunda aminora el ritmo y vuelve a retomarlo hacia el final de la cinta.

Asimismo, el dúo protagónico es perfecto. Por un lado Christoph Waltz, en un registro totalmente opuesto al de Bastardos sin Gloria (Inglorious Bastards, 2009), ofrece un personaje complejo y adelantado para su tiempo, un extranjero que no comprende el fin que tiene la esclavitud pero que terminará deentenderla en el viaje que emprende junto a Django.

Jamie Foxx logra transmitir la desesperación y la violencia contenida luego de años de explotación por parte de los blancos. Aprenderá todo de Schultz pero también le enseñará a éste los horrores a los que los negros eran sometidos en una época en la que sus vidas valían menos que la de un caballo. El otro dúo actoral está compuesto por Leonardo DiCaprio y Samuel L. Jackson. Uno como el dueño de la plantación donde se encuentra la esposa de Django y el otro como su fiel asistente. La actuación de estos últimos es más exagerada y desaforada, casi como una caricatura.

En síntesis, Django sin cadenas es una gran película de Tarantino que tiene como destino convertirse en un film de culto. El director supo combinar buenas interpretaciones, dosis de humor, violencia extrema y una banda de sonido que resalta cada momento a la perfección. Cuenta con el tema compuesto por Luis Bacalov para Django, la película de Sergio Corbucci de 1966 y una canción escrita especialmente por Ennio Morricone, imprescindible en cualquier Spaghetti Western.

En cuanto a lo visual es lo mejor de su carrera y demuestra que se puede cambiar y ofrecer una historia que se ha contado hasta el cansancio pero imprimirle un sello propio que la haga distinta a las demás. Eso, es cine de autor.

8.0
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