Sin rastro de una autoría

El Diablo bajo la piel

De Wonderland (1999) a Manchester: La fiesta interminable (24 Hour Party People, 2002), de In This World (2002) a Tristram Shandy: A Cock and Bull Story (2005), el estilo de Michael Winterbottom siempre era claramente identificable. Sus películas podían estar más o menos elaboradas, ser mejores o peores, pero la sensación de estar ante una mirada personal era inequívoca. Pues bien, ni rastro de esa personalidad en El Diablo bajo la piel (The Killer inside me, 2010).

El Diablo bajo la piel
martes 12 de julio de 2011
La película nos sitúa en 1957, en una pequeña población petrolera situada al oeste de Texas, para mostrarnos las andanzas de Lou Ford (Casey Affleck), el ayudante del sheriff, un hombre amable y sencillo, que empieza a sufrir los ataques de la enfermedad que le hizo cometer un crimen en su juventud. Basada en la novela homónima de Jim Thompson de 1952, éste trabajo del autor de Código 46 (Code 46, 2003) viene a confirmar lo mal que le sienta Hollywood a un Winterbottom que no erraba tanto el tiro desde Un corazón invencible (A Mighty Heart, 2007).Son casi dos horas del cine que ha caracterizado al Hollywood menos glamoroso, ése que en no pocas ocasiones ha sido llamado Indy y que tiene por costumbre usar de forma deshonesta diversos recursos propios de este arte para disfrazar su nulidad traficando con el valor de estas características. Valgan como ejemplos la voz en off del film, con la que se pretende criticar de forma vaga el estilo de la América profunda; las cobardes escenas de sexo con las que se quiere provocar o la utilización de música alegre en momentos traumáticos como inequívoco sello de transgresión.Los diálogos entre el protagonista y sus amantes son tan cursis como manidos y las secuencias que les unen más propias de un telefilm que de una seria película. La incesante búsqueda de una atmósfera enfermiza viene dada por lo inconexo de las diversas escenas y tramas de la película rematadas por flashbacks que no son más que un truco de guionista para aportar coherencia a unas desagradables escenas de violencia.Si el cine del británico siempre hizo gala de una crudeza en el tratamiento del sexo que encontraba su sentido en lo humano de las propuestas aquí, además de ser casi incomprensibles las actitudes inmorales del personaje principal, es lamentable ver cómo el erotismo es mutilado pero la violencia no. Como a Hollywood siempre le ha molestado más que se vea una teta a que seamos testigos de cómo un hombre le revienta la cara a una mujer dejando patente dos moralidades del todo discutibles: por un lado la de la industria, que tampoco es nueva; y por otro, mucho más decepcionante, la de una un autor que se ha vendido alegremente.La falta de sutileza del guión, las elecciones en la música (canciones alegres para secuencias tórridas que pretenden ilustrar un delicado estado emocional), los excesos en una violencia incomprensible por mal escrita o la desvergonzada voz en off lastran de todo punto esta especie de Un maldito policía (Bad Lieutenant, 1992) en la que nunca salen a flote las sensaciones de soledad, aflicción, tristeza o desesperación buscadas con ahínco a través de una mal entendida originalidad.Así, El Diablo bajo la piel, no funciona ni como drama psicológico, ni en su vertiente de cine negro, ni tampoco como alegoría de una sucia América Profunda. Al mismo nivel se sitúa un casting en el que ni siquiera el gran Casey Affleck (uno de los mejores actores de su generación) es creíble en un papel que nunca debió haber sido.
2.0
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