Sinopsis

El tercer largometraje de Larraín es también el segundo que transcurre en los turbulentos años ’70; representados –más que en reproducciones costosas de época– a través de una imagen pesada, con grano y colores terrosos, donde las figuras tienen otro grosor. Si Tony Manero se situaba en los años de oro de la dictadura pinochetista, Post Mortem retrocede hasta los días inmediatamente anteriores al golpe de Estado. En ambos films, la política transcurre en el fondo de la acción, como un telón ominoso. Pero Mario, ayudante de medicina forense que trata de no involucrarse demasiado en el trabajo, no tendrá la suerte del bailarín asesino: él sí tendrá que vérselas directamente, en el tercer acto del film, con la violencia desatada en los cuerpos por el inminente régimen.

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