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MARFICI 2010: Crónica de un festival que pudo ver la luz

A pesar de las fallidas ediciones anteriores, el MARFICI (Festival Internacional de Cine Independiente de Mar del Plata) logró superar los obstáculos y este año, en su sexta edición consecutiva, consiguió afianzarse dentro del circuito festivalero argentino. Ahora empieza a jugar en las ligas mayores.

Cuando las cosas no funcionan se necesitan cambios, y cuando el desborde no se puede manejar hay que bajar las expectativas. Así lo entendió la organización del festival marplatense- el chico, como le dicen todos-  y decidieron comprimir la selección de películas, redujeron la carga horaria y la cantidad de salas. Y fue así, como muchas veces perder significa ganar.

Por primera vez en los últimos años años en Mar del Plata, del 8 al 15 de mayo, se respiró a MARFICI, pese a que, por extrañas razones que nunca llegaremos a entender, el multimedio más importante de la ciudad balnearia no saque ni una apostilla del mismo. Sin embargo, el público colmó las salas.

El complejo Radio City –que el  verano pasado albergó a la obra de Adrián Suar- se transformó en una especie de Abasto marplatense. Allí las funciones se demoraban por la cantidad de gente que quería comprar su entrada e ingresar antes de que empieze el film. Mientras tanto, las salas del Corrientes se llenaban a un 70 por ciento. Como en el BAFICI, se escuchaban a jóvenes -y no tanto- comentar acerca de lo que verían en los próximos días, mientras marcaban y remarcaban la muy práctica grilla que la organización emtregaba junto a un catálogo de distribución gratuita. Una medida que los “grandes” festivales deberían imitar.

Como en todo festival, la selección de películas pasa a ser subjetiva tal como lo dijo uno de sus programadores Miguel Monforte, mientras presentaba la competencia de cortos nacionales, las hubo buenas y no tanto, aunque se debe admitir que este año el nivel fue muy parejo y bastante atinado, en donde quedó demostrado que la radicalidad no es no entender la película ni un plano estático de 15 minutos, sino que va mucho más allá.  A lo largo de una semana, se exhibieron 110 largos y mediometrajes, además de 35 cortometrajes.  La sexta edición contó con dos secciones competitivas: Internacional de Documentales, que mostró hallazgos como Historia de un grupo de rock de Juanma Bajo Ulloa, la ganadora del primer premio Criada y la premiada en el último BAFICI El ambulante. La otra competencia fue la Nacional de Cortometrajes, donde se vieron La loca Matilde de Alberto Romero, Atlantis I de Verónica Paz, Del amor de Goyo Anchou y Un juego absurdo de Gastón Rothschild, entre otros. Además hubo muestras del Festival de Cine Inusual de Buenos Aires, donde se vio, por primera vez en Argentina, la premiadísima película colombiana de Andrés Baiz Satanás; y del MoliseCinema, que trajo sus sus tradicionales cortos.

Una constante en el MARFICI es la destacada sección Danza con los sueños, destinada al cine indie argentino en todo sentido y no al que se esconde detrás de esta fachada como sinónimo de cool. Se vieron films provenientes de todo el país. La comedia adolescente Nunca más asistas a este tipo de fiestas, del grupo Farsa; Alas, de Ariel Martínez Herrera; el drama sobre la trata de personas Nina, de Sofía Vaccaro; Crisálidas, de Julio Midú y Fabio Junco (Saladillo); Cadáver exquisito (una historia de amor), un proyecto experimental de Alex del Río, Rocío Caliri, Juan Barberini y Lisandro Colaberardino;  Número 8, de Sergio Esquenazi y con Diego Alonso;  la santafesina Ciudad de sombras; Los actos cotidianos, del más independiente de los directores de cine, Raúl Perrone; el esperado opus de Laura Casabé, El hada buena: Una fábula peronista ; así como la más gore de las películas de los platenses de Paura Flics, Masacre esta noche. Esta selección permitió acercarnos un tipo de cine al que rara vez se tiene llegada –salvo contadas excepciones-  y que, de no ser por este tipo de festivales, difícilmente puedan llegar al público.

La edición 2010 también presentó una sección dedicada a los documentales chilenos. Allí se destacó A nombre de Jaime, de la notable cineasta Verónica Quense. Además se vieron films de México y Taiwán, como así también una retrospectiva del vanguardista documentalista Mike Dibb –miembro del jurado-  con joyas cinematográficas como Tango Maestro (sobre Astor Piazzolla), The Miles Davis Story y The Fame and the Shame of de Salvador Dalí, entre otras.

Además de películas, el MARFICI ofreció una serie de charlas y debates para todos los gustos que abarcaron temas como el cine fantástico argentino, el documental político, cine y literatura, y un encuentro con realizadores marplatenses. Este año, Alejandro Ferrari programó una sección extra en conmemoración al Bicentenario, que contó con la presencia de algunos directores como el boliviano Humberto Mancilla (25 de mayo) y el argentino Alejandro Areal Vélez (El exilio de San Martín).

El MARFICI aprendió de los errores cometidos y cambió para bien. Demostró que cuando hay voluntad de acción las cosas pueden mejorarse y que, a pesar de que muchas veces las piedras en el camino son muchas, con profesionalismo e inteligencia pueden esquivarse. Este año MARFI sí.

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