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Competencia Latinoamericana: Día 2

Un nuevo día latinoamericano en el Shopping Los Gallegos, con dos propuestas muy disímiles entre sí: La argentina Caño Dorado (2010) de Eduardo Pinto, luego de su paso por Berlin y la mexicana Año Bisiesto (2010) de Michael Rowe, premio a la mejor ópera prima en el último Festival de Cannes.

Caño Dorado tiene a Lautaro Delgado en la piel de Panceta, un traficante de armas artesanales que realiza con caños y máquinas de tornería en Don Torcuato. Su vida llega a límites borders cuando se mete con la nieta de 16 años de un hombre respetado en el vecindario. Huyendo por el Delta deberá ocultarse de la policía y del tipo más peligroso de la zona.

El film de Eduardo Pinto retrata la vida en el conurbano bonaerense pero, a diferencia de otros directores como Caetano, Trapero o Campusano, Pinto impone una estética suburbana. Una estética que destaca colores y contrastes en cada escena, articulados con un ritmo de edición arrollador, más semejante a Ciudad de Dios (Cidade de Deuz, Fernando Meirelles, 2002) que a producciones locales.

Lo demás es una historia de la marginalidad, con componentes de tragedia, amor, traiciones y lealtades, los famosos códigos del barrio y el dialecto particular. Caño Dorado impacta más desde lo visual que desde lo narrativo y con eso le alcanza para ser una propuesta interesante y procaz.

A minutos de diferencia se presentó Año Bisiesto, producción mexicana de bajo presupuesto galardonada en Cannes con presencia de su director Michael Rowe, australiano radicado en México hace ya dieciseis años.

El film nos muestra a Laura López, una solitaria periodista que vive añorando la vida en pareja en sus vecinos, motivo que la lleva a acostarse a mansalva con quien pueda buscando que alguno de los muchachos que pasan por su cuarto se quede con ella. Pero su deseo la lleva a establecer una relación de dependencia con un golpeador.

La película es un himno a la insatisfacción. En su afán de conseguir la ansiada felicidad, Laura se acerca cada vez más a su propia insatisfacción, recorriendo los dolorosos caminos de la tortura física y sexual. Laura fue interpretada por Mónica del Carmen de excelente actuación, que con su sola mirada expresa todas las sensaciones interiores que su personaje experimenta.

En la charla posterior con el director, el mismo comentó que intentó expresar extrañesas de la cultural mexicana que sintió al llegar a México: “Cuando llegué a México noté que los patrones de belleza eran europeos, no seguían los lineamientos de su propia cultura”. Desde su temática y estética, la película se enmarca en la línea de los filmes de Arturo Ripstein o Humberto Hermosillo, tan odiados por los propios mexicanos como reconocidos por el resto del mundo.

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