Rolando Gallego
10/07/2020 11:11

La nueva producción de Amazon Prime Video, La Jauría (2020), propone un estremecedor viaje hacia una realidad que golpea a toda la región, y en donde las mujeres, por el solo hecho de tener su género, son víctimas de una sociedad misógina que las utiliza como cuerpos inertes para viabilizar sus deseos y perversiones, pero, también, como objeto de un inexplicable odio y venganza.

En La Jauría, nadie es quien realmente aparenta o dice ser. Lucía Puenzo oficia de directora general de un proyecto que recupera y toma elementos de las clásicas series policiales americanas, pero las absorbe y las aggiorna a la región y al momento actual de empoderamiento femenino que se está atravesando.

La Jauría es la traducción al formato serie de un paradigma que transforma miedos en fuerza y que comienza a darle voz a aquellas que por miedo o por vergüenza han callado durante años sucesos violentos, sexuales, dañinos, que no hicieron otra cosa que marcar sus cuerpos, mentes y almas de por vida.

Protagonizada por Antonia Zegers, Daniela Vega y María Gracia Omegna, el trío de actrices componen a las investigadoras que intentarán develar la desaparición de una joven en los convulsionados días que anteceden a la irrefrenable denuncia de acoso sexual que un grupo de jóvenes estudiantes de un colegio católico realizan sobre un docente de arte frente a la negación de la institución educativa y los enfrentamientos y sucesos que desencadenan en la convulsionada sociedad.

Mariana di Girolamo, Antonia Giesen y Paula Luchsinger, son las jóvenes que enarbolando una bandera feminista, exigen que se esclarezcan los hechos que llevaron a que el docente siga sometiendo a adolescentes en sus clases, y, una de ellas, será la que en medio de la toma del colegio desaparezca de un día para otro.

Con un nervio y pulso narrativo sostenido, La Jauría avanza en el relato incorporando, además, un siniestro juego llamado “juego del lobo”, con el que un grupo de rugbiers (otra vez la realidad asomándose en la elección de un símbolo del patriarcado) se anima a someter la vulnerabilidad de mujeres y actuar sobre sus cuerpos en manada contra su voluntad.

Lo más interesante del relato, que sostiene el suspenso hasta el último de los ocho episodios, es convertir en realidad a sus personajes, darles carnadura, y potenciar el género de las protagonistas y trascender el thriller.

Entre la descripción precisa y detallada que se hace de las tres policías, mujeres contradictorias, falibles, madres, siempre corriendo, con secretos y dimensiones que se van revelando episodio tras episodio, como así también en la potencia de las jóvenes que se manifiestan contra aquello que las somete y oprime, se despliega un universo posible para las ficciones regionales, abriéndose paso entre sus posibles comparaciones, deconstruyendo el género y avanzando en un nuevo horizonte de posibilidades narrativas.

Tras los episodios de La Jauría, además de Lucía Puenzo, están Nicolás Puenzo, Sergio Castro y Marialy Rivas, ésta última acompañando una vez más un relato que se distancia de obviedades para sorprender con su lúcida mirada sobre el Chile que despertó hace nada, y que esperemos, se mantenga así para desnudar la permanencia en el poder político y económico de la peor herencia de la sangrienta dictadura que acechó al país.

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