Matías Szulanski
31/03/2020 13:42

Para comenzar la primera entrega de mi columna El cine de lo cool, quiero brevemente explicar a qué me refiero con cine cool y cuál es mi criterio.

Silvia Prieto

(1999)

Desde un punto de vista puramente subjetivo, considero el adjetivo cool como descriptivo de algo vacuo pero a su vez auténtico que no intenta simular o pretender lo que no es. Puede ser lo que está de moda, lo que está anti-moda, lo malo o lo brillante.

Para mí, el cine cool es aquél que cumple con las siguientes características:

1 - No es cine festivalero, solemne ni intelectualoide.

2 - No es cine social, político o de denuncia.

3 - No es cine de autor (o lo que eso hoy signifique)

4 - No es cine cuya meta principal sea lo comercial.

Que sí considero cool: películas que quieran entretener, contar algo o no contar nada pero hacer que cuando el espectador termine de verla quiera sentirse un personaje de esa película en la vida real o haber sido el director o protagonista de ella. Películas que transpiren lo bien que se pasó haciéndola, que uno sienta que participó de un asado entre amigos y se mataron de risa.

Quizás sean muy vagas mis descripciones pero no se me ocurren de qué otra manera explicarlas.

Para poner parámetros a esta columna, la voy a limitar al cine argentino, y qué mejor película que defina cool que no sea Silvia Prieto (1999) de Martín Rejtman. ¿Por qué? Porque no hay nada más cool de una casi treintañera separada que fuma marihuana, se compra impulsivamente mascotas y se obsesiona con la trivialidad de que hay otra mujer con la que comparte nombre y apellido -que a decir verdad no es muy particular ni su nombre ni apellido-.

Además, quizás lo más importante, es que se trata de una película hang-out. Uno quiere hang-outear con los personajes. No le interesa la trama, los giros (o carencia de ellos), las revelaciones que puede haber, el final (sea sorprendente o mundano). Uno quiere pasar un rato con los que están ahí en la pantalla, hablar con ellos sobre cómo un programa de televisión mediocre puede cambiarte la vida; los amores berretas que uno puede encontrar o perder en el camino; los cafés, benzodiacepinas y pollos asados que uno ingiere; ver y hablar sobre videos de casamientos de terceros. Son todos los amigos o frenemy (palabra en inglés que junta friend -amigo- y enemy -enemigo) que uno quisiera tener o perder.

Silvia Prieto es la película que uno quiere ver, ver y volver a ver porque no pasa nada, no hay sorpresas, no hay nada que te tenga en vilo y por ende no hay nada que uno pueda a esperar y decepcionarse, ¡te engancha como el Rivo y no lo podés largar! Ojo, con “no pasa nada” no me refiero a cuando no pasa nada en el lamentable cine bodrio contemplativo festivalero, me refiero a que no hay acciones o decisiones de personaje que trascienden lo mundano.

Esa moda sin esfuerzo que visten Bertuccelli y Bléfari, sumado a la deconstrucción costumbrista de los espacios (como que pareciera que adrede o en burla quiere simular una película costumbrista) sumado a la dicción a-lo-Kaurismaki de hablar como si uno estuviese cansado de ser feliz hacen de Silvia Prieto un clásico cool instantáneo. De hecho, estuvo (quizás aún está) en mis planes hacer una remake que se llame “Silvia Prieto e vampiros” que sería básicamente Silvia Prieto pero con vampiros. ¿Por qué con vampiros? Porque tiene toda la onda. ¿Por qué hacer una remake de Silvia Prieto? Porque es la película argentina más remakeable. No pasa nada si viste la original, no vas a estar esperando esa vuelta de tuerca, vas a estar relajado comiendo helado con el nihilismo.

En pocas palabras, Silvia Prieto es tan cool que es el Orgullo y prejuicio (todas sus transposiciones televisivas y cinematográficas) del cine argentino. Es de esas joyitas que podría dar lo mismo si Mr. Darcy es Colin Firth o Sebastián Estevanez. Mr. Darcy va a ser Mr. Darcy como Silvia Prieto va a ser Silvia Prieto.

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