Alejandro Turdó
29/11/2019 17:25

Ant Timpson no se anduvo con chiquitas al momento de hacer su debut cinematográfico y condensa humor negro, violencia y traumas familiares en Come to Daddy (2019), una de las sorpresas del 20 Buenos Aires Rojo Sangre.

Come to Daddy

(2019)
8.0

Buena parte del éxito también descansa sobre los hombros de Elijah Wood, un actor que -a pesar de haber tocado el cielo mainstream a principio del milenio con la saga de El Señor de los Anillos- tiene una fuerte conexión con el cine independiente, ese que cuenta historias que muchas veces no cuadran dentro del sistema de los grandes estudios. Hablando particularmente en especial del género, Wood tuvo experiencias similares cuando le puso el cuerpo a otras pequeñas gemas indie como Open Windows (2014) y esa digna remake de Maniac (2012).

En Come to Daddy todo arranca con Norval (Elijah Wood) llegando a la recluida casa de su padre Brian, a quien no ve desde los 5 años. Una carta del padre pidiéndole una oportunidad para recomponer la relación fue todo lo que Norval necesitó para emprender la travesía. Pero por supuesto una vez en el lugar, las cosas empiezan a tomar un giro hacia lo siniestro.

Uno de los motivos por los cuales el film funciona más allá del Terror y el Suspenso es porque sabe mecharlo con cuestiones mucho más universales como los traumas infantiles y los conflictos familiares. Quien esté libre de alguna de estas cuestiones que arroje la primera piedra... o nos pase el teléfono de su psicólogo.

No falta la sangre, las muertes y la violencia gráfica. Pero es simplemente un móvil para evidenciar en pantalla cuestiones mucho más complejas que atraviesan a los personajes. Los calvarios físicos a los que son sometidos tienen una correlación directa con afecciones ligadas a sus emociones y las culpas que cargan sobre sus espaldas.

El azar y las casualidades hacen que Come to Daddy guarde pocos grados de separación con Parásitos (Parasite, 2019), otra de las películas que más sorprendieron este año, en especial cuando pensamos en historias que rompen el molde haciendo creer al espectador que es posible anticipar que camino va a tomar el relato, sólo para darle un cachetazo –en sentido más simbólico y cinematográfico posible- y demostrar cuan errado se puede estar al intentar encasillar obras como estas.

Come to Daddy es una propuesta que se entrega como film en la misma medida en que nos exige como espectadores abrir la cabeza y abrazar lo inesperado, por más siniestro que sea.

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