Fernando E. Juan Lima
26/05/2019 20:02

Escribo estas líneas de esta última entrega de este diario cinéfilo en el avión de regreso a Argentina. Cuando llegue, reviso y envío. Ya se han entregado los premios, que estimo conocido por todos (para el inadvertido: puede informarse de ellos acá mismo, en EscribiendoCine).

De repente, el paraíso

(2019)

Sabemos que eso de los premios, de pensar en algo así como que las películas compiten unas con otras es una mentira en la que elegimos creer porque esa instancia casi de duelo (con lo cinematográfico que ella conlleva) sirve para dar mayor visibilidad a ciertas obras, para favorecer su difusión, etc. Así y todo, debo decir que son muy pocas las ocasiones en las que sucede lo que en esta 72° edición del Festival Internacional de Cine de Cannes: una muy buena selección es acompañada por un muy buen Palmarés. Hemos tenido años flojos salvados por una buena Palma de Oro (2010, con la Palma de Oro para Apichatpong Weerasethakul por El hombre que podía recordar sus vidas pasadas (Tío Boonme)) y, en sentido inverso, buenas selecciones arruinadas por premios insostenibles (2016, con el premio mayor para Yo, Daniel Blake, de Ken Loach). Pero este año se ha producido el milagro: ¡bien por la selección; bien por los premios! Y ello así tanto en la Competencia Oficial (el premio a Bong por Parasite es inobjetable, tanto como el de mejor actuación a Antonio Banderas por su labor en la excelente Dolor y gloria, de Pedro Almodóvary el Gran Premio del Jurado para Atlantique de Mati Diop), como en la también sección oficial Un Certain Regard (donde las tres mejores películas se llevaron algo: O que arde, de Oliver Laxe, Liberté, de Albert Serra y Jeanne, de Bruno Dumont).

Hecha la precedente aclaración, aprovecho esta última oportunidad de comunicarme con Uds. de esta manera urgente, obligándome a seguir con la dinámica de no tomarme más de un día para llegar con la impresión de lo vivido, para referir a las últimas películas presentadas en la Competencia Oficial. Así, comparto mi decepción en lo que respecta a Roubaix, une lumière, de Arnaud Desplechin, un director tan heterodoxo y sorprendente como desparejo. Reyes y reina, El primer día del resto de nuestras vidas y Tres recuerdos de mi juventud (todas estrenadas en Argentina) me generaban una gran expectativa por la nueva película de este realizador que (selectivamente, se ve que prefería olvidar) también había hecho Un indien des plaines (Jimmy P.) y Los fantasmas de Ismael. Roubaix, por lo que vemos en pantalla viene a ser como la Detroit francesa; una ciudad que supo ser industrial y pujante y que hoy se encuentra atravesada por el abandono, la pobreza y el delito. En ese contexto, la trama se centra en el Jefe de la policía local que, junto con un detective recién llegado, deben desentrañar el caso del asesinato de una anciana, en el que aparecen como sospechosas dos vecinas que vivían en su misma cuadra (una de ellas, interpretada por la siempre correcta Léa Seydoux). La película es lineal por donde se la mire. Sin embargo, hay algo entre místico y paternalista en la construcción de la figura del jefe de policía, que se evidencia de manera patente en las escenas de interrogatorios. No es que ello modifique en demasía lo antes dicho, pero el extrañamiento que esos momentos provocan es algo con lo que bien sabe jugar Desplechin.

Más lograda es Sibyl, Justine Triet (recordada por la muy buena La batalla de Solferino). Sibyl (Virginie Efira) es una psicóloga que ha sabido tener problemas con el alcohol y se encuentra en proceso de dejar a sus pacientes para dedicarse a la escritura de una novela. Pero no dejará a todos. Madelaine (Adèle Exarchopoulos), una actriz que atraviesa una crisis al enterarse que está embarazada del protagonista de la película que está filmando (marido de la directora de esa película, para más datos), le interesa más como “fuente de inspiración” para su libro que personal o profesionalmente. Comedia extrema, incómoda, dura, no da en el clavo en todas las apuestas que realiza, pero siempre se agradece que al menos se corran este tipo de riesgos.

Para el final, tres películas que demuestran lo bueno de este año. Cualquiera de ellas podría haberse llevado la Palma de Oro, y eso no hubiera sido injusto.

En primer lugar, El traidor de la mafia, de Marco Bellocchio, único sobreviviente de la época de oro del cine italiano, que sigue activo, produciendo, desafiando, conmoviendo. El director que nos atrae tanto como nos incomoda desde I pugni in tasca (1965) es un verdadero autor, que sabe poner una impronta propia incluso en películas que a veces son fruto de un encargo o que aparentan a primera vista ser productos más lineales o comerciales. Bella Adormentada o Dulces sueños, para citar películas recientes que no fueron tan reconocidas en nuestro país por la crítica, permiten acercarse a historias reales o derivas telenovelescas sin renunciar por eso a su universo personal. El traidor de la mafia es la historia de Tommaso Buscetta, capo mafioso que tras escapar a Brasil (de hecho la película, coproducción entre Italia y Brasil, comienza la acción en Río de Janeiro) se “arrepintió” para colaborar con el juez Giovanni Falcone en una investigación que terminaría con varios de los jefes de la Cosa Nostra tras las rejas. A uno y otro lado del Atlántico, en italiano y en portugués, la presentación de los personajes, la enumeración de las muertes y la manera en que se construye la relación entre el mafioso y el juez, dan pie al riesgo y el juego en la puesta en escena: sobreimpresos en blanco y rojo, un contador de asesinatos, alternancia de gritos y silencios, acciones que suceden casi inadvertidamente en la profundidad del campo y otras que quedan fuera de él. La historia es apasionante; tanto como la manera en la que Bellocchio se divierte contándola de una manera creativa cuando (sobre todo en Italia) todos conocen sus detalles. Pierfrancesco Favino como Tommaso Buscetta podría haber sido otro justo ganador de la palma al mejor actor.

De repente, el paraíso, de Elia Suleiman profundiza el camino emprendido por el director palestino que conocemos por Intervención divina (para nombrar una película suya que tuvo estreno comercial en Argentina) en el que se pone en el centro de la narración, construyendo un personaje casi mudo, que homenajea de manera explícita a los geniales Buster Keaton y Jacques Tati. Así que de su parte habrán pocas palabras y una gestualidad acotada, concentrada casi exclusivamente en sus expresivos ojos. En este caso Elia Suleiman emprende un viaje por el mundo, en búsqueda de un hogar menos violento que el propio. Pero resulta que Palestina lo acompaña, sea que se encuentre en París o Nueva York. Ensayo político que sabe ser explícito sin ser condescendiente con el espectador, tendremos oportunidad de volver a verla y pensarla con más tiempo porque (debe ser que estamos en el cielo, nomás) la película fue adquirida para ser estrenada en Argentina.

Para el final dejo la polémica. Mektoub My Love: Intermezzo, de Abdellatif Kechiche, el director que conocemos por aquí por Cous Cous, La Gran Cena y {La vida de Adele. La primera parte del monumental emprendimiento de Mektoub (destino, o lo que está escrito en el Corán, según cuán religiosa se pretenda la definición) estuvo signada por la polémica desde el inicio. No sólo por ese costado que puede leerse como religioso, sino por la dinámica de su filmación, de la que fueron desertando diversos productores. La extensión de cada una de las tres partes de esta película (o trilogía que sigue a algunos personajes) pone en duda su viabilidad comercial; duda que se acrecienta en razón de la explicitud con que se pone en escena la vitalidad con que sus protagonistas viven su libertad sexual. La primera parte (Mektoub, My Love: Canto Uno, de 2017) pudo verse por aquí tardía y accidentalmente en el último BAFICI (de las tres funciones programadas, una se suspendió por problemas con la llave del DCP). Y si en ella se seguía la deriva vital de un grupo de jóvenes mayoritariamente de origen árabe, con una impronta ciertamente narrativa, por un poco más de tres horas, la segunda parte prometía 4 horas de una continuidad que venía acompañada de unos cuantos problemas de producción que tomaron estado público. Cuando finalmente se develó el misterio, Mektoub My Love: Intermezzo “sólo” tuvo una duración de 3 horas y 21 minutos y fue proyectada sin títulos de inicio y fin. Una especie de work in progress (se ha dicho que el director seguirá trabajando en la película) tan vivo como fuera de norma. Kechiche sube la apuesta y se concentra en la acción pura; poco queda de la lógica novelesca de la narración. El grupo de jóvenes disfruta de la playa en lo que parece uno de los últimos días del verano; conoce a una nueva amiga y quedan en ir a bailar a la noche. Allí todo se concentra en la dinámica de los cuerpos y en cómo la conversación casual esconde los diversos y cruzados intentos de levante; sólo lateralmente, medio en secreto, sabemos que una de las chicas está embarazada y piensa en el aborto. Esa primera hora, en la que el caer de la tarde se hace patente en los cambios de luz en los rostros y cuerpos (no puede hablarse de paisaje, ya que las tomas, muy cerradas, se concentran en los protagonistas) tiene un dejo rohmeriana en la manera de dejarse llevar por el río de la conversación. A partir de allí, la acción se transporta a una Disco y solo queda experimentar con el sonido de la potente música y los cuerpos bailando, hablando un poco a los gritos para poder escucharse, y aprovechando alguna escapada al baño para sacarse las ganas con una extensa sesión de sexo oral. El ritmo agitado, la transpiración de los cuerpos y la música marcan el rumbo de la película, en una dinámica en la que son las mujeres las que deciden, eligen, marcan los límites. El recuerdo de las declaraciones de la antes citada Léa Seydoux en cuanto a la incomodidad que dijo sentir cuando filmó La vida de Adele, seguramente haga mirar con resquemor la manera en la que Kechiche retrata los cuerpos femeninos. No me voy a hacer cargo de las intenciones del director y las interpretaciones que se hacen en relación con su pretendido onanismo; sólo diré que lo que logra es simplemente extraordinario. Todos los chistes que han dado vueltas en relación con la cantidad de minutos que dedica la película a planos de culos femeninos tienen algún asidero. Pero derivar de ahí algún tipo de misoginia o cosificación me parece que es al menos discutible. Kechiche se mete en el mundo de esa juventud sin juzgarla, sin caer en la moralina de la que parece no poder desprenderse cierta mirada. La película es pura vida, caliente, desprejuiciada. Y la sexualidad a flor de piel tiene que ver con la decisión de esos sujetos que eligen esa manera de disfrutar sus vidas. Las imágenes en contrapicado de cuerpos femeninos tiene menos de la lógica de los programas de bailanta que la apropiación de ese lugar común por parte de las protagonistas, que juegan y gozan de ese juego. El hecho de que el momento de mayor explicitud sexual sea un cunnilingus y no una felación, más allá de cómo es la dinámica demostrada en ese acto, es un hecho significativo que desmiente la idea de cosificación que sustentan quienes parecían más atentos al reloj para remarcar cuánto duraba la escena que sumergirse en lo que propone la película.

Las películas tienen una vida propia, distinta muchas veces de la propia intención de sus realizadores. Mektoub My Love: Intermezzo aparece así como un recorte explosivo, único, tan extenuante como gozoso de una noche inolvidable. Algo muy distinto a todo lo que pudo verse este año en Cannes y a lo que habitualmente vemos en el cine.

Qué largo que se hizo esto último. Sabrán Uds. perdonar. La seguiré pensando (con el tiempo la película crece) y posiblemente podremos retomar el debate cuando finalmente (al menos en algún festival) pueda verse Mektoub My Love: Intermezzo en nuestro país. Sería bueno acercarse a ella sin prejuicios (algunas referencias parecen atacar más el modo de vida y las elecciones de la juventud que a la propia película).

En fin, que hasta acá he llegado. Ha sido una buena edición del Festival de Cannes. Posiblemente la mejor de las 10 a las que he podido ir, en cuanto a cantidad de películas interesantes en la Competencia Oficial.

¡Hasta el año que viene!

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