Fernando E. Juan Lima
24/05/2019 11:56

Ayer terminaba con algo de suspenso, haciendo referencia a que había visto Había una vez... en Hollywood, de Quentin Tarantino y Parásitos, de Bong Joon-Ho. Hoy se los digo: ¡directo al top 5 de lo mejor de esta 72° edición del Festival Internacional de Cine de Cannes!

Había una vez... en Hollywood

(2019)

Tarantino es un niño mimado aquí. Desde su primera película como director, Perros de la calle, estuvo presente en Cannes y fue este Festival el que modificó definitivamente su carrera con la Palma de Oro para Tiempos violentos. Es, además, una figura en sí mismo, buen showman y publicista y tiene el poder de, en un año de menos presencia del Star system hollywoodense, poner en la alfombra roja a Leonardo DiCaprio y Brad Pitt. En una de sus movidas marketineras ha pedido a la prensa que no revele dato alguno de la trama que pueda afectar la sorpresa y disfrute por parte de futuros espectadores. Dudo que se trate de otra cosa que de una maniobra publicitaria, una manera de acercar al cine a alguna generación que lo conoce menos y está más habituado a la dinámica de las series. Esa en la que poco importan las formas y sólo un giro del guion justifica su visión. Pues bien, nada de eso sucede en esta película, en la que, de hecho, la primera hora planea caprichosa y lúdicamente sobre muchos temas que parecen estar allí menos que para presentar a los protagonistas (un actor de westerns de cine y televisión, interpretado por DiCaprio y su doble de cuerpo, en la piel de Brad Pitt) que para darse unos cuantos gustos seguidos. El año es 1969, la música, la tele y el cine pueblan una Los Ángeles mítica en la que hippismo y psicodelia están más en plano que la guerra de Vietnam. Del spaghetti western a la aparición de Sharon Tate, el acento creciente en figuras conocidas, puede hacer pensar que por allí irá la cosa, pero no. Respeto la voluntad (o la estratagema) de Quentin y no abundo en detalles de la trama. Sólo advierto que cabe tener presente que a Tarantino, como en Bastardos sin Gloria, le gusta re-escribir la historia.

En otros tiempos (menos violentos que los actuales) una película de Tarantino podía ser un blockbuster. No hay más, en el mundo, lugar para tanques para un público adulto. Preocupa por eso el plato único y continuado de la sucesión de super héroes ad infinitum. ¿Cuántos espectadores puede hacer Había una vez... en Hollywood si es un exitazo? ¿300.000? ¿500.000? Dudo que más y no porque la película no lo merezca. Quizás, de manera más salvaje porque esa es la tendencia en todos los ámbitos, con este tipo de cine pase lo que al western con el spaghetti: su depuración y éxito es el comienzo de su declinación. Las películas que homenajea, cita y ama Tarantino eran populares; las que hace, no. Aquellas las veía todo el mundo, en salas de barrio; las suyas son parte de la pequeñísima élite que llega a la alfombra roja en Cannes. Paradojas que se repiten: su reconocimiento por parte de lo que se considera Cultura (la mayúscula no es un error de tipeo) implica un paso más hacia su confinamiento en salas de museo o, peor aún, al final del camino las plataformas (su requerimiento de que las proyecciones fueran, como lo han sido, en 35mm parece el último estertor de un triste e inmodificable rumbo).

No sé si influye en mí el cansancio de estos días y la tristeza que siempre acompaña el fin de un festival. Siempre hay alguna lucecita en algún sitio, una vía de escape a tanta concentración y homogeneidad. Corea ha dado buena cuenta de ello con políticas públicas que han sido el territorio propicio para el nacimiento de un cine rico, diverso, pujante y ¡popular! Las películas (o una parte razonable de ellas) interesan y atraen al primer público al que apuntan, el local. En ese contexto, el ejemplo de Bong es paradigmático: el director de The Host (enorme película estrenada en Argentina, con estrepitoso fracaso) y Snowpiercer (destrozada por la mayor que adquirió sus derechos para todo el mundo; con lo que sólo pudo ser vista completa en Corea) es un autor con todas las letras y puede hacer un cine absolutamente popular.

El éxito reciente de alguna película de género coreana (Invasión Zombie) hace que algún distribuidor argentino esté pensando en adquirir Parásitos para estrenar en nuestro país. Ojalá así sea, porque tras el pequeño traspié de Okja (por lo fallida y porque, salvo en Cannes y alguna pequeña y breve excepción, sólo pudo verse en Netflix), Bong vuelve a su mejor forma con una muy oscura comedia familiar, cruzada por la lucha de clases. Claro que, como es habitual en Bong y mucho del actual cine coreano, los cambios de ritmo y tono, y los cruces genéricos son parte del paisaje habitual. La deriva, con mucho de Casa tomada (o Los dueños, de Agustín Toscano y Ezequiel Radusky, por citar una película argentina premiada aquí hace no tanto en la Semana de la Crítica), lleva a que una familia de clase trabajadora vaya ocupando todos los trabajos accesibles (o haciendo que lo sean) en la mansión de una familia acomodada. Intriga, violencia, gore y mucho humor nos muestran una Corea en la que no todo lo que brilla es oro. El doble final, tan brillante como devastador.

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