Fernando E. Juan Lima
19/05/2019 00:19

La excepcional Dolor y gloria, de Pedro Almodóvar, con Antonio Banderas, Penélope Cruz y Leonardo Sbaraglia; Little Joe, de Jessica Hausner, y The climb, de Michael Angelo Covino, se vieron durante la quinta jornada del 72 Festival de Cannes.

Dolor y gloria

(2019)

Desde antes de comenzar el Festival, los corrillos de quienes dicen saber de estas cosas señalaban que la Competencia Oficial estaba armada para que Almodóvar –finalmente- se llevara la anhelada Palma de Oro. Difícil pensar que tan así son las cosas, pero es cierto que el amor del público y la crítica francesa hacia el gran director manchego es inocultable y el presidente del jurado (Iñárritu) es un declarado admirador del realizador que fue conocido para el gran público en todo el mundo a partir de Mujeres al borde de un ataque de nervios. El gusto por las intrigas y conspiraciones no es sólo parte del ADN argentino, pareciera que forma parte de la naturaleza humana, pues lo cierto es que si ese fuera el caso, si con Dolor y gloria Pedro Almodóvar se llevara finalmente el premio mayor del Festival de Cannes, no podría en modo alguno interpretarse como una injusticia. Pero en una edición que mucho promete y que ha arrancado muy bien (ya les contaré, por ejemplo de La Gomera, la última de Corneliu Porumboiu) también podría todo quedar en meras versiones.

Vayamos entonces a los hechos. Es decir, a las películas.

No soy de aquellos a quienes el “basado en hechos reales” le añade algo de valor a una película; incluso tampoco si esa conexión con la realidad tiene que ver con la propia vida del realizador. De hecho, le escapo a los biopics y tampoco me interesa demasiado el cotilleo o lo que tiene que ver con la vida personal de la gente de cine, más allá de la pantalla. Poniendo en pantalla retazos de su deriva vital un realizador puede hacer buenas o malas películas (más allá de que en todas, de una u otra manera ello aquella impronta o influencia estará siempre presente). Basta pensar en otra película de Almodóvar en la que la auto-referencia era bien clara, La mala educación, y su casi unánime rechazo por parte de la crítica (soy de los pocos por aquí que la ha defendido y sigue haciéndolo), para verificar que esa relación, que ese vínculo, es solo un dato al que puede prestársele o no atención, pero nada indica sobre las bondades o méritos de la obra.

Si Dolor y gloria entra directo al podio de las mejores películas del director de La ley del deseo, Tacones lejanos y Todo sobre mi madre, no es en modo alguno por demérito de una obra que en su totalidad resulta valiosa, personal, interesante, sino porque logra ser indisoluble, intrínsecamente almodovariana, sin recurrir a esos artilugios con los que el sello del autorismo sirve para ocultar la reiteración, la autocomplacencia y la comodidad del plagio a sí mismo. La historia está contada en dos tiempos. En la actualidad, el director de cine protagonista de la narración, aquejado en sus actuales cincuentitantos por múltiples dolencias, está un poco alejado de todo; la Filmoteca está por estrenar la copia restaurada de una película suya de hace 30 años, y eso le permite volver a ponerse en contacto con el actor de ese film, con quien está peleado desde entonces. Por otra parte, ya desde el inicio, en el que la ensoñación de un flotario lo remonta al pasado, vemos apuntes de su niñez, sus primeros deseos y (quien sabe) el germen de otra película. Cine y teatro, placer y sufrimiento, sexo y drogas, el amor y la potente presencia de la madre, todos tópicos perennes en el cine de Almodóvar en un remolino que (como sucede siempre con él) es casi imposible de enumerar. Hay algo menos de delirio en las vueltas de tuerca (quizás por esa relación con “los hechos reales”), pero sólo un poco; ya sabemos que en la España donde el surrealismo y el esperpento forman parte del cotidiano, aquel delirio asumido con tanta resignación como gracia es tan natural como el respirar.

Por eso mismo no tiene sentido reseñar la trama. Con lo dicho creo que uno puede hacerse una idea. Por lo demás, siempre nos interesa más el cómo que el qué. La elegancia con la que Almodóvar combina tiempos y colores, y la maestría para dirigir actores (Antonio Banderas y Penélope Cruz están simplemente perfectos; y son actores, que salvo cuando son dirigidos por Almodóvar, casi nunca lo están) nos dejan literalmente en un estado parecido al éxtasis. La composición de Banderas permite que suframos con él sus dolencias, su amaneramiento nunca resulta excesivo y si bien la barba entrecana hace que en algún perfil adivinemos el del Gran Pedro, lo suyo no es la mímesis estúpida ni intento superficial de imitación. Una gran película que intentaré ver de vuelta aquí mismo: es raro en un festival que cuando la película termina uno tenga la sensación de que recién empieza, que se queda con ganas de más, que podría seguir viendo una hora más, y otra, y otra. Así de buena es Dolor y gloria.

Demasiado entusiasmo con la última película de Almodóvar así que mediré mis términos de ahora en más. The climb, de Michael Angelo Covino, presentada en Un Certain Regard tiene un arranque potente, de esos que a uno lo hacen ilusionar: dos amigos andan en bicicleta por la ruta; mientras uno habla de su futura boda, su compañero le dice que se ha acostado con quien va a ser su mujer. Humor físico, buen uso de los tiempos y el espacio y dos protagonistas con muchas herramientas para la comedia. El punto es que la película, dividida en capítulos, se va desintegrando cuando los temas cobran otra gravedad y, si bien nunca llega a aburrir o desagradar, lejos está de cumplir con lo que prometían esos 15 minutos iniciales.

Por último, de vuelta a la Competencia Oficial, la última película (ahora hablada en inglés) de una directora austríaca habitué de Un certain regard. Me refiero a Little Joe, de Jessica Hausner, la directora de las muy logradas Lourdes y –especialmente, a mi entender- Amour fou. Hay una manera despojada (¿austríaca?) de narrar, de encontrar espacios gélidos, de que los actores desgranen las líneas de diálogo que da lugar a una construcción que resulta perfecta para el misterio (a veces, incluso, el horro) y, por la particularidad de esos tiempos, también el humor. Eso se notaba en Lourdes, donde la visión de los ritos religiosos intrigaba tanto como movía a la risa; y más aún en Amour fou donde la impronta romántica, en la que el amor no era realmente verdadero si no culminaba en la muerte de los amantes, era tan trágica como cómica. Little Joe se acerca a la ciencia ficción, donde las alquimias de las modificaciones genéticas pueden ser el campo propicio para imaginar la creación de una flor capaz de hacer feliz a la gente. El juego que se propone coquetea alternativamente con la posibilidad de que esos vegetales modifiquen o puedan controlar de algún modo a los seres humanos (con algo de body snatchers) o que se trate de una construcción paranoide de la protagonista (work-a-holic que poca atención presta a su hijo y que puede ser que se invente esa excusa para ocultar esa conducta). El clima inquieta, y aunque esta película está un poco por debajo de las antes referidas de esta realizadora, el resultado nos habla de una competencia oficial que viene cumpliendo razonablemente con lo prometido.

¡Hasta mañana!

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