Fernando E. Juan Lima
14/05/2019 19:45

Esta es la décima vez que vengo al Festival de Cannes. Desde 2010 no he faltado nunca. Ya hace mucho que, más allá de la cobertura formal, intento esta especie de “diario de viaje”, que tiene el desafío y el encanto (al menos para mí) de lo repentino, de la primera impresión sin otra influencia que la visión de las películas. Claro que algún tipo de reflexión siempre se intenta, pero aquí van “en caliente”, casi sin relectura o red algunas ideas y sensaciones que, incluso, en lo personal, el tiempo o una segunda visión pueden hacer mutar.

The Dead Don't Die

(2019)
5.0

Estamos en 2019, 72° edición del Festival. Las modificaciones que comenzaron el año pasado en relación con la prensa (y que me fueron bastante ajenos, ya que mi rol aquí era otro) terminaron con un cambio del equipo que se encarga de tal labor. Ello ha generado por el momento bastante confusión y algunas quejas.

Ya sé: ¿qué les puede interesar esto a Uds?

Pero no se pongan así, que no es la intención de andarse quejando de cuestiones internas o burocráticas del festival… lo que sucede es que el modo de trabajo, y por lo tanto de la posterior comunicación se ha visto modificado. Es tanto el temor a que la crítica especializada de su veredicto antes de las galas, que todos los horarios, modos de acceso y organización han visto acentuado su carácter ya de por sí bastante policíaco por estas tierras tan bellas. En fin, que menos tiempo para escribir, más funciones nocturnas y un primer día en el que, a diferencia de lo que pasaba hasta 2018, sólo una película accesible en el día de la largada.

En la conferencia de prensa que precede al inicio de la muestra, el Delegado General del Festival, Thierry Frémaux dejó en claro cuál es la política de Cannes:

1) defensa a ultranza del cine visto en salas de cine (con lo cual se mantiene, por ahora, la grieta que deja afuera las producciones de Netflix y Amazon);

2) referencia a políticas de género y mayor lugar para las mujeres pero negativa al compromiso del 50-50 al que muchos otros festivales están adhiriendo como meta. De hecho la decisión de premiar a Alain Delon con la Palma de Oro de honor fue duramente criticada por las organizaciones feministas en razón de las posturas adoptadas por el actor que será reconocido (la respuesta de Frémaux fue tajante: “le estamos dando un premio a la trayectoria como actor, no el premio Nobel de la paz”); y,

3) alejamiento cada vez más evidente de Estados Unidos (y, por lo tanto, de Hollywood, como polo de poder). Las críticas a Donald Trump y su política, por cierto, eludieron de manera muy clara todo tipo de diplomacia.

Es en este marco que debe entenderse la programación de la última película de Jim Jarmusch, The Dead Don't Die para la apertura.

Ya en la ceremonia (tras un encendido discurso del presentador que valoró especialmente la experiencia colectiva de ver una película en una sala de cine -a buen entendedor…-), el presidente del jurado habló -y largamente- en español (hablamos de Alejandro González Iñárritu, que problemas con el inglés no tiene). En una decisión poco habitual, el festival se declaró abierto en francés (por Charlotte Gainsbourg) y castellano (Javier Bardem). Por eso no es de extrañar que, más allá de que Jarmusch es (merecidamente) un director de culto y que la película en cuestión posee una constelación de estrellas nada desdeñable para este tipo de actos (Bill Murray, Adam Driver, Tilda Swinton, Chloë Sevigny, Steve Buscemi, Danny Glover, Rosie Pérez, Sara Driver, Tom Waits y hasta Iggy Pop), la elección de una obra que mira con tanta dureza la actualidad de EE. UU. (y, por lo tanto, del mundo) no parece en modo alguno casual.

¿Y por qué no hablamos de la película de una vez por todas? Es que The Dead Don't Die es, posiblemente (digámoslo de una vez), la película más fallida de Jim Jarmusch. La decepción se agiganta si se advierte que sus últimas dos realizaciones, Solo los amantes sobreviven (2013) y, sobre todo Paterson (2016) llamaban a la ilusión y a la esperanza. Está claro que no es lo mismo ser sutil y construir con simpleza (como se hacía con la posibilidad de amor, belleza y poesía en la clase trabajadora en Paterson) que ser superficial y vacuo, como sucede en este caso. ¿Qué es interesante una mirada tan ominosa y triste sobre la gran potencia global? Pues podemos aplaudirlo y compartirlo, pero en este caso la película en la que se articula con cierta grosería ese discurso (sí, Jarmusch y grosería en la misma frase parece inconcebible) no interesa mucho más que esa idea.

Estamos ante grandes actores, y Bill Murray puede con casi cualquier cosa, pero esta visión cargada de humor (negrísimo) sobre una especie de apocalipsis caníbal está cargada de chistes obvios, guiños fáciles, referencias pedestres. Cadáveres que vueltos a la vida caminan mirando el celular y claman por el wi fi o algún ansiolítico no parecen a la altura de una deriva en la que el (largo) primer acto parece apoyarse más en un humor cercano al deadpan. Que no soy de los que se escandalizan por el gore (que lo hay) y no creo que exista tema alguno con el que no se pueda hacer humor, pero las contradicciones internas de la puesta en escena, un guion que parece escrito de apuro (fruto posiblemente de la urgencia por decir esto en este momento) y cierta condescendencia ante la suposición de que se está ante un público que comparte su punto de vista, conforman una película muy menor de un cineasta al que quiero mucho.

Situaciones extraordinarias reclaman soluciones extraordinarias. Lástima que en este caso lo que no ha respetado la norma es esta película ciertamente impropia en la carrera de un director del que hasta ahora no podía decir que una película suya me había resultado intrascendente, olvidable o evitable.

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