Juan Pablo Russo
04/05/2019 15:40

Tomando el cuento Quemar graneros, del escritor Haruki Murakami (a su vez inspirado de Barn Burning, de William Faulkner), que forma parte del libro El elefante desaparece (Tusquets, 2016), donde lo cotidiano se transforma en misterioso en apenas una línea, Burning (2018) se despliega meticulosamente a lo largo de dos horas y media de metraje crecientemente tensas, en las que cada escena y cada plano están precisamente calibrados para lograr el máximo significado y el máximo efecto dramático; y en el proceso va pasando con paciencia y sutileza asombrosas del territorio del drama romántico al de la intriga criminal.

Burning

(2018)

Jongsu trabaja en lo que puede, ahora como mensajero, como millones de adolescentes en un mundo ultra-capitalista que ha precarizado al máximo el empleo joven, aunque su verdadera vocación es llegar a ser escritor algún día. En una de sus entregas se cruza con una antigua compañera del colegio, Haemi, un patito feo que se ha transformado con la edad en atractivo cisne, y el flechazo es instantáneo. Haemi tenía previsto desde hace tiempo un viaje por África y el joven enamorado espera ansioso su vuelta. Su sorpresa no puede ser mayor, cuando descubre en el hall de arribos del aeropuerto, que Haemi viene acompañada de Ben, joven diletante, afortunado y curioso personaje, que entre sus aficiones se encuentra quemar granjas... En lugar del choque previsible, se instala entre el trío una relación mezcla de amistad, fraternidad, intimidad, y también, una dosis de celos. Todo cambia cuando Haemi desaparece sin dejar rastro alguno, ni explicación alguna.

El tema primordial de la historia parecen ser las jerarquías de clase y privilegio. Lee Chang-dong, después de todo, convierte el estatus social en factor clave de cada interacción, y colorea la relación entre sus tres personajes con un acusado desequilibrio de poder: por un lado, Jong-su y Hae-min sueñan con una vida muy por encima de sus posibilidades; por otro, la riqueza de Ben le otorga el poder de crear y destruir a su antojo. Sin embargo, desde un punto de vista más puramente existencial, puede describirse como la historia de un hombre encerrado en sí mismo que finalmente se abre el mundo, solo para descubrir que el mundo no tiene otra intención que aplastarlo.

A medida que la historia avanza, los enigmas (un gato, un pozo, un reloj) y las posibles lecturas de esos enigmas (¿podría ser todo parte de la febril actividad creadora que se apodera del escritor?), se van sucediendo hasta formar un rompecabezas al que le faltan piezas. El naturalismo inicial de las imágenes y su cristalina narrativa se va haciendo cada vez más compleja a medida que la sencilla historia de amor del principio se va transformando en algo mucho más extraño y ambiguo.

Director de Peppermint Candy (1999) y Secret Sunshine (2007), Lee Chang-dong, el cineasta coreano más sugerente de su generación, teniendo por costumbre sorprender con cada uno de sus obras, ha tomado una historia melodramática como las que surcan toda su filmografía, y la ha incendiado utilizando elementos de thriller como combustible. El resultado de este incendio es una cautivadora película de misterio, lucha de clases y ardor romántico a través de un inquietante triángulo amoroso.

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