Juan Pablo Russo
10/08/2017 18:42

El informe periodístico que escucha Miguel (Patricio Wood) al principio de la película se pronuncia claramente sobre la cuestión: Cuba ya no es lo que era, pero todavía no sabe qué será. En esa tierra de nadie en la que el tiempo queda en suspenso, Fernando Pérez nos lleva de paseo, en Últimos dias en La Habana, presentada en la última jornada del 27 Cine Ceará - Festival Iberoamericano de Cine , por dos Habanas que coexisten: una ciudad alegre en la que se es feliz con poco (una bicicleta, unas ganas de bailar que contagian a todos los clientes de un negocio) y una capital abandonada a su suerte, cuya arquitectura, en el pasado fastuosa, se cae a pedazos.

Últimos dias en La Habana

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Las dos facetas de la isla son representadas en este film por dos amigos de infancia, ahora con cuarenta y muchos años, que comparten el mismo departamento, al menos por un tiempo. Primero conocemos a Miguel, taciturno y siempre agobiado, que lava platos en un restaurant y cuida a su amigo Diego, contando los días y las horas que faltan para obtener su visa para Estados Unidos y acariciando una postal de “yanquilandia” que cuelga de la pared de la cocina, su fiel aliada en una anodina rutina.

Diego (Jorge Martínez), por su parte, vive otros “últimos días”: postrado en su cama, pasando por la fase terminal del sida, este homosexual que ha tenido que aferrarse a su vitalidad e independencia para afrontar el rechazo de su familia trata todavía de aprovechar al máximo una vida que tendrá que dejar, por más que le pese, y a la que ha amado con todas sus fuerzas; esto es así hasta tal punto que el espectador disfruta cada momento que pasamos junto a este moribundo divertido y tierno, de una traviesa ironía.

Y, mientras que esperamos junto a los dos hombres, descubrimos, a lo largo de las visitas al enfermo y de las expediciones de Miguel al exterior, a otros personajes y fragmentos de la Cuba actual, donde la gente llega a no sentirse contradictoria al reclamar dinero e invocar la religión, criticando al mismo tiempo a los sospechosos de haber traicionado a la revolución. Algunos se marchan (quizás para hacer lo mismo en otra parte) o eligen salir adelante como sea (como el muchacho que prefiere vender su cuerpo en La Habana a quedarse estancado). Otros no se van, como la sobrina Yusisledi (Gabriela Ramos), una adolescente descarada que no tiene pelos en la lengua, sino cariño en venta, y lleva ya en sí misma a la siguiente generación. Es ella la que un día logra reunir en casa de Diego a toda la “familia” que hemos conocido durante el film, ella es quien ha elegido Pérez como habitante temporal de este mundo en transición, con su alegría de vivir, que pervive a pesar de todo, pero también con su canciones tristes.

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