Fabien Lemercier - Cineuropa
27/05/2017 12:34

François Ozon  vuelve a probar con un género nuevo con una virtuosidad formal de arquitecto y unas perturbadoras pulsiones viscerales. Mientras que la escocesa Lynne Ramsay hace pasar Nueva York por el filtro de un thriller de una gran crudeza, con una puesta en escena brillante y un Joaquin Phoenix enorme.

You Were Never Really Here

(2017)

Amante doble, presentada a concurso, arranca con una escena de un corte de pelo que permite transformar en una joven mujer adulta, Marine Vacth, la hija  de Joven y Bella, y exponerla a nuestra mirada en cuerpo y alma (dolorosos sudores de su intimidad se desprenden; su mirada humilde nos deja ver sus dudas y su incomprensión como platos). Así es como François Ozon marca el tono de una película tan magnífica en lo estético que se acerca a una obra maestra arquitectural, con sus rectas y sus fríos espirales y, sobre todo, sus juegos de simetrías imperfectas y espejos (reales y figurados, hasta el museo del hombre en París, donde Chloé trabaja como vigilante de una exposición sobre “la carne y la sangre”). El tema de los gemelos es central, por no decir visceral, en esta historia que se cuenta como un thriller erótico desinhibido a partir de la adaptación de una obra policiaca escrita bajo seudónimo por Joyce Carol Oates que ya fue objeto de transposición a la gran pantalla por David Cronenberg.

A sus 25 años, Chloé suele escaparse por la mañana a la consulta de un psicoanalista llamado Paul (y formidablemente encarnado por Jérémie Renier). Allí se desnuda, tiempo después de que todos los especialistas de la medicina que ha consultado renunciaran a entender la angustia que corroe sus entrañas desde que tiene memoria. La paciente y el misterioso terapeuta no tardarán en sucumbir a la llamada de los sentidos, hasta irse a vivir juntos en compañía del gato de Chloé, que despierta en Paul una antipatía sospechosa y llama la atención de una vecina fisgona y malsana, asimismo vigilante de una habitación-mausoleo para gatos disecados. Cuando la protagonista cree ver a Paul en un lugar en el que no debería estar, empieza a obsesionarse con jugar a los agentes dobles para resolver el misterio, desdoblando a su compañero en el marco del psicoanálisis que lleva a cabo con un gemelo perverso. La cinta se vuelve ácida e inquietante y se llena cada vez más de sombras. Ozon mantiene el misterio articulando soberbias composiciones en torno a reflejos, facetas y vertiginosas superposiciones de rostros (incluido el de Jacqueline Bisset, que regresa en dos ocasiones como madre) y cuerpos con un trasfondo de canibalismo prenatal.

No diremos sobre la intriga nada más que transcurre de la manera susodicha, magistral en su corporeidad espeluznante como en su implacable geometría sin alimentarla ni justificarla, y que tal vez por ello no llegamos a entrar del todo en el suspense que intenta instaurar, hasta un final en que Ozon desvela el misterio (de forma decepcionante, evidentemente) con rapidez. El director retoma a la perfección (demasiado, justamente) los motivos del thriller de terror con personajes desdoblados para trazar un rosetón de espirógrafo: una figura fascinante cuyas circunvoluciones vertiginosas y regulares cautivan un momento la mirada y producen casi un efecto óptico, sin otro fin, por desgracia, que él mismo.

You Were Never Really Here, que la escocesa Lynne Ramsay ha presentado como última cinta en liza en la competición del 70 Festival de Cannes. Rindiendo homenaje a Taxi Driver, de Martin Scorsese, la cineasta ha creado un thriller con un diseño unidimensional que no se desvía jamás de su tenebrosa línea de espejo roto, en un mundo en descomposición avanzada que aparece, apenas bosquejado, de fondo, un mundo en el que la cuenta atrás ya ha comenzado.

“Podrías llamarme directamente, como a una persona normal”. El jefe de Joe (Phoenix) sabe sin embargo que su sabueso con apariencia de oso, que no ve a nadie más que a su anciana madre (la cual mira Psicosis en la televisión, cosa que a él le hace gracia), no tiene nada de persona normal. Poco importa, Nina (Ekaterina Astakhova), la hija de un senador en plena campaña electoral para lograr su reelección, se ha fugado, y se trata de encontrarla discretamente, porque no es su primera desaparición, y una llamada anónima ha localizado a la adolescente de 13 años en un edificio de muy mala reputación. Tras algunos preparativos, un poco de investigación y una espera paciente, Joe se introduce en el edificio, se libra de un golpe de martillo de dos guardias y un visitante desnudo y enmascarado y recupera a la pequeña rubia, diáfana y lacónica. Un rescate violento, mostrado a través de las cámaras de vigilancia, que desata una espiral caótica, pues el padre de Nina se suicida esa misma noche, unos grandes y ensangrentados brazos retoman la posesión de la adolescente, y el círculo se cierra en torno a los próximos a Joe, que se ha topado con la raíz del mal en una ciudad en la que la inocencia se sacrifica en los intercambios.

Extraordinariamente filmada, con un trabajo maravilloso del director de fotografía Thomas Townend, You Were Never Really Here evita todas las trampas que a menudo resultan fatales a los cineastas europeos, adentrándose en el lado más oscuro del magma neoyorquino. Despreciando la línea narrativa clásica e insistiendo incluso en las coincidencias, la realizadora se ha decantado por un planteamiento estructural más radical que enfadará sin duda a los amantes de un conjunto sólidamente argumentado. Pero el mensaje no es ese, sino el de un hombre profundamente turbado, un Travis Bickle de nuestro tiempo, una lucha contra sus propios demonios, la proyección del sufrimiento en un entorno putrefacto donde los guardias no hacen su trabajo, donde los antiguos hermanos de armas se enfrentan a causa de las fuerzas ocultas dominantes, y donde las peores infamias se suceden bajo la superficie de una historia bonita. También cabe destacar la gran contribución de la música, firmada por Jonny Greenwood, en el éxito de una cinta tensa como un arco que se apunta contra un blanco oscuro.

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