Fabien Lemercier
26/05/2017 14:54

Los representantes de la ley tratan de penetrar en la bruma eléctrica de la mente y evaluar su densidad para decidir si se le concede o no la libertad a individuos hospitalizados en psiquiatría sin su consentimiento: tal es el tema de 12 jours, el nuevo documental del veterano Raymond Depardon —cuyo dominio del género es patente (en junio estará de visita en El Recoleta con muestra y retrospectiva de su obra)—, que ha sido presentado en una sesión especial de la Selección Oficial del 70 Festival de Cannes. En competición se vio un impactante y eficiente drama de Fatih Akin sobre un atentado neonazi en el que se mezcla el retrato femenino, el cine judicial y el thriller político.

12 jours

(2017)

Cada año 92.000 personas son ingresadas a la fuerza en Francia. Pero, desde una ley promulgada en 2013, deben ser presentados antes de 12 días, y luego cada seis meses si fuera necesario, ante un juez de libertades y prisión, encargado de verificar la regularidad del procedimiento y de aprobar o no la continuidad de la hospitalización. Se trata de un cara a cara muy particular: el juez no cuenta con formación sanitaria (aunque dispone de informes clínicos), y ante él o ella comparecen personas con problemas psicológicos (acompañadas de un abogado), con las cuales debe establecer un diálogo que puede resultar muy delicado, según la profundidad de los problemas que padezcan.

Diez hospitalizados a la fuerza (elegidos a lo largo de 72 sesiones grabadas), cuatro jueces y tres cámaras (una dirigida al paciente, otra al magistrado y la tercera capturando un plano general, a fin de no establecer un punto de vista dominante): este es el dispositivo empleado por Depardon para reflexionar sobre esta situación y dejar que el espectador se forme una opinión personal. Esta simple observación, que crea de manera inevitable un efecto polarizante entre una racionalidad más o menos enfática y una irracionalidad de grado variable, permite medir la dificultad del trabajo del juez (que casi siempre debe tomar una decisión inmediata), pero sobre todo supone la oportunidad de dar la palabra a individuos que el resto del tiempo deambulan ociosos por los pasillos y los patios enrejados de la institución (localizaciones que vemos entre los fragmentos de audiencias, al ritmo de la bellísima música de Alexandre Desplat).

A un tiempo fascinante y conmovedora, esta verbalización de la interioridad de los pacientes siempre acaba evidenciando sus problemas, aunque intenten enmascararlos, y eso sin hablar de dos casos pasmosos, turbadores, de delirio muy avanzado. Unos retratos rápidos, de una gran humanidad y respetuosos con la dignidad, que permiten atisbar la violencia de los sentimientos de persecución, de la paranoia, la esquizofrenia, los impulsos suicidas, las consecuencias del acoso en el trabajo o de la separación forzada de un progenitor o un hijo, las tendencias a la mutilación, etc. Sopesando, en nombre de la sociedad, la peligrosidad para sí mismos o para los demás de estos pacientes, con los que deben establecer el diálogo con paciencia y eficacia (y entre los cuales figura un asesino), los jueces afrontan la fragilidad humana y la finísima línea que a veces separa la razón y la sinrazón; y, a pesar de todo, ciertas verdades traspasan la niebla más densa.

El alemán Fatih Akin regresó a la compencia del festival de Cannes con En Pedazos, ofreciendo un ángulo y un estilo totalmente distintos para abordar el tema de la doble cultura, que es la suya propia, la germano-turca, y denunciar esta vez a los grupúsculos que siembran el odio en Europa.

Descompuesta en tres partes ("la familia", "la justicia", "el mar"), En Pedazos entra casi inmediatamente en el corazón de su tema tras un prólogo lírico en que muestra la boda en prisión de la rubia Katja (una joya de papel para Diane Kruger) y el kurdo Nuri (Numan Acar). Seis años más tarde, la pareja interétnica sigue viviendo su amor, enriquecido ahora por un hijo único. Es entonces cuando el atentado rompe en mil pedazos la felicidad de la joven (una personalidad bastante "bruta", con sus tatuajes y su falta de pelos en la lengua), lo que la precipita no sólo en un descorazonamiento profundo sino también en los tejemanejes de la investigación policial, interesada en los antecedentes de tráfico de droga de Nuri. Katja, sin embargo, se dio cuenta de que antes de la explosión, una mujer abandonó en bicicleta el escenario y pasó justo delante de la puerta de la pequeña agencia de asesoría fiscal, traducción y venta de billetes de avión que Nuri dirigía. Los culpables no tardarán en ser llamados a juicio: una pareja de neonazis formada por Edda y André. El juicio empieza poco después. ¿Obtendrán justicia Katjia y su abogado Danilo (Dennis Moschitto)?

Fatih Akin destila con habilidad las falsas pistas durante la fase inicial de la investigación del atentado y la identificación de los culpables y evita con cuidado un enfoque demasiado demostrativo en un único sentido (es el padre del joven neonazi quien permitió su detención) para interesarse especialmente por la angustia de una mujer desprovista brutalmente de familia (como un país dividido) y por las decisiones que tomará en consecuencia. El cineasta filma este asunto con una atmósfera "a la americana" (lluvias torrenciales durante las primeras secuencias, escenas de procesos judiciales y cine de acción en el broche final) en torno a tres decorados principales y variopintos (la casa de Katja, el tribunal y la orilla del mar en Grecia). A pesar del coqueteo con la inverosimilitud en su giro final de la acción al suspense, la película es de una eficacia incontestable y tiene, además, la imparable virtud de la emocionante situación melodramática de la protagonista: el cruel lugar que ocupa no puede dejar indiferente en un entorno europeo contemporáneo en el que las vidas caen desgraciadamente a menudo bajo las bombas, detonadas todas ellas por distintas ideologías pero por el mismo odio.

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