Bénédicte Prot
26/05/2017 01:58

Laurent Cantet vuelve al 70 Festival de Cannes, en la sección Un Certain Regard, con un film impresionante por la compostura con que aborda —tranquilamente, sin grandes aspavientos, con un sentido admirable de la matización y en el marco de un curso de escritura impartido a un pequeño y variopinto grupo de alumnos— un tema que se cuenta entre los más graves de nuestro tiempo. Mientras que el la Quincena de los Realizadores Bruno Dumont hizo reír con una comedia musical pastoral basada en una obra de Charles Péguy.

Jeannette, la infancia de Juana de Arco

(2017)

La primera gran elegancia de la película reside en atenerse casi únicamente, para desarrollar su mensaje de una urgencia y universalidad absolutas, a la regla de las tres unidades. La historia transcurre en efecto en el contexto sereno de un taller de escritura de novela policíaca impartido en un jardín, en verano, en La Ciotat, por una novelista llamada Olivia (Marina Foïs) a un pequeño grupo de jóvenes adultos de estratos diferentes, que acuden al curso por una variedad de razones. Ya en ese punto, partiendo de esta sencilla premisa literaria, el guion, coescrito por Laurent Cantet y Robin Campillo (120 pulsaciones por minuto), desarrolla cuestiones cruciales: la relación entre realidad y ficción, la posición moral del autor y, finalmente y sobre todo, el espíritu crítico, cuya progresiva pérdida —puesta audazmente en paralelo con el destino de la célebre villa portuaria donde se ambienta la historia— afecta con tanta crueldad al mundo en que vivimos, de suerte que los profesores y “guías” como Olivia tienen una misión cuya importancia supera con mucho las paredes de sus aulas.

Conforme avanza el film, vamos comprendiendo con mayor claridad que el homicidio que nuestro pequeño grupo debe resolver bien podría ser el asesinato, terriblemente trágico, del pensamiento crítico, mientras que, a partir del humilde proyecto de creación colectiva al que asistimos, emanan dinámicas y temas cada vez más fundamentales y apremiantes, provocando subidas de tono y divisiones entre los alumnos: las aspiraciones profundas de los individuos —y su coincidencia o ausencia de la misma con un horizonte existencial universal a todo el género humano, más allá de las determinaciones—, la relación de las personas con el pasado, su capacidad de encontrar un terreno común y entenderse más allá de las diferencias de cualquier orden que les oponen, y la reciente oleada de atentados, la violencia, las razones de un posible deseo de violencia en ciertas personas...

El catalizador de todas estas problemáticas, y de las apasionadas opiniones que suscitan, es un personaje a un tiempo dócil e indescriptiblemente perturbador, aterrador incluso (según leemos en la mirada de Olivia), que no tarda en oponerse al resto de sus compañeros. Se trata de Antoine, un chico solitario y un poco demasiado fascinado por el mundo de los videojuegos de guerra, que se mueve en un entorno de extrema derecha, sin imbuirse por ello de esa ira orientada firmemente contra su objeto que caracteriza a esta ideología: Antoine apunta su arma contra la luna como la apuntaría contra su profesora rubia y de ojos azules, con la más terrible de las indiferencias. Es en este vacío, en este temible abismo que Camus fue el primero en presentar en estado bruto, sin máscara, donde se encuentra la clave de todas las antedichas cuestiones; pero, al contrario que El extranjero, El Atelier deja entrever una discreta luz de esperanza, capaz de imponerse al deslumbramiento homicida. El Atelier es sin duda un film increíblemente logrado, sólido, brillante.

Como sugiere un familiar de la joven heroína de la nueva experiencia fílmica de Bruno Dumont, una comedia musical histórico-literaria que se proyecta en la 49ª Quincena de los Realizadores, ella se merecería dos o tres tortas y que la mandaran a paseo. Nos referimos a la pequeña pastora que se desgañita en Jeannette, la infancia de Juana de Arco, vestida con una humilde túnica de arpillera, entre las dunas de la costa de Ópalo, pues el realizador de La Bahía ha relocalizado el río Mosa frente a Inglaterra, allí donde se detienen, les guste o no, los viajeros llegados de otras tierras, que las “hijas de Francia” como ella querrían echar a patadas de su país.

Esta chica cargante, supuestamente perfecta —lo diré, una pelota relamida—, nos fastidia, con sus beaterías como único estribillo, repetidas hasta la saciedad en una voz chillona —en falsete y leyendo la letra, como en un karaoke— las melodías de un gran espectáculo musical de Garou. La cosa apenas mejora cuando llega a la adolescencia: la vocecilla de la actriz que sustituye a la primera se parece todavía más a las empalagosas vocalizaciones de los concursantes de Operación Triunfo y similares, compensadas de vez en cuando —con gran hilaridad— por acordes salvajes de guitarra, a cuyo son la joven sacude la cabellera como en un concierto de Cradle of Filth.

Eso es lo más gracioso de la película, eso y el amateurismo de las coreografías, sobre todo las de Gervaise, la monja desdoblada, y las del tío en plena pubertad, que baila tecktonik rapeando en un cerradísimo acento del norte de Francia. También cuesta tomar en serio las letras, plagadas de ripios, con una sintaxis insólita, súper kitsch, como de canciones de catequesis.

Aunque el ambiente de la película recuerda por momentos a Los caballeros de la mesa cuadrada, de Monty Python, cabría preguntarse en qué medida el tono es burlón, y la sátira, deliberada, ya que Dumont ha decidido (seriamente) basar su libreto en El misterio de la caridad de Juana de Arco, de Charles Péguy. Solo hay dos opciones: o se trata de una inmensa broma que se burla de la retórica (fundada sobre una definición discutible de nación) de los partidos de extrema derecha, ridiculizando la gran misión mística de su figura más emblemática —lo cual tampoco justificaría la prolongada rotura de los tímpanos de los espectadores—, o el film no tiene un segundo nivel de lectura.

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