Fabien Lemercier - Cineuropa
20/05/2017 19:52

El actor argentino Nahuel Pérez Biscayart brilló en el 70 Festival de Cannes como protagonista de 120 pulsaciones por minuto, el film dirigido por el francés Robin Campillo que se exhibió este sábado con excelentes críticas y rumores del premio a la mejor actuación masculina. Robin Campillo pasa claramente a un nivel de maestría en el que su inmensa empatía por lo humano entra en perfecta armonía con una voluntad política de lucha contra la indiferencia, en una vorágine pasional y a menudo desgarradora, puesta en escena con soltura, rigor e inventiva.

120 pulsaciones por minuto

(2017)
10

La película exhibida durante la cuarta jornada de la mayor muestra mundial de cine es una ficción en la que Nahuel Pérez Biscayart, que interpreta a uno de los miembros más activos de la asociación Act Up infectado con el virus del sida, se enamora de un nuevo integrante, libre de la enfermedad.

“No tenemos tiempo, nos estamos muriendo”. Estamos en 1992, el sida hace estragos en Francia (el país más afectado por la enfermedad por aquel entonces) y los seropositivos tratan de vivir con los violentos efectos secundarios de la zidovudina. Creada tres años antes, la sección parisina de Act Up realiza sucesivas acciones de choque para visibilizar el problema e impulsar la investigación y la prevención. Lanzamiento de bolsas de sangre en instituciones poco comprometidas, invasión de laboratorios para presionar a grupos farmacéuticos por sus intereses económicos, intrusión en los colegios para vehicular de manera directa el mensaje de la protección sexual, interpelación a los medios para denunciar la asimilación de la epidemia exclusivamente a los homosexuales, drogodependientes, prostitutas y prisioneros... A través de una decena de personajes de activistas emblemáticos, encarnados, entre otros, por Nahuel Pérez Biscayart,  detalla con inteligencia la vida cotidiana en este campo de batalla en el que las tácticas y los desacuerdos se discuten en común —enfrentando a los más radicales con los lobistas y los negociadores—, en el que las acciones son realizadas con una intensidad y una eficacia extramadamente profesionales, en el que la solidaridad, el humor y el espíritu festivo están mucho más presentes, a causa del acecho de la desesperación y de la muerte. Todo ello sin olvidar el amor de Sean y Nathan, que se convierte progresivamente en la columna vertebral del film.

Montada de manera brillante por el propio cineasta, que se sirve de una gran variedad de procedimientos (magníficas transiciones, metraje de archivo, etc.) y equilibra a la perfección el retrato del grupo y el de los individuos que lo componen, 120 pulsaciones por minuto es a un tiempo un homenaje muy bien documentado que pone un rostro a estos luchadores en la sombra y una obra de una sensibilidad tanto púdica como impúdica, según haga falta. La fotografía de Jeanne Lapoirie realza un conjunto muy sólido en el plano dramático, pero que no peca de dramatismo, contentándose con recrear una realidad que habla por sí misma. Y la película llega incluso a abrirse secretamente unos horizontes más vastos: “como en toda guerra, hay colaboradores, aprovechados y demás que avivan el odio y la discriminación. Debemos unir fuerzas para resistir a la epidemia, formar una comunidad y desarrollar acciones positivas”. Un mensaje que es puesto en perspectiva mediante otra mención fugitiva que recuerda que la Revolución de 1848, que hizo caer la Monarquía de Julio en Francia, comenzó con tan solo una cincuentena de manifestantes.

120 pulsaciones por minuto muestra con crudeza cómo el virus consume poco a poco el cuerpo hasta la muerte. Pero también celebra la lucha del colectivo de homosexuales por acelerar la investigación médica y activar las indispensables campañas de prevención.

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