Fabien Lemercier - Cineuropa
19/05/2017 11:09

Lo que fascina de Philippe Garrel, que ha estrenado hoy su 26 largo, Amantes por un día, en la Quincena de los Realizadores del 70 Festival de Cannes, es a un tiempo su estilo intemporal, caracterizado por un espléndido blanco y negro y la puntuación muy literaria de la narración en voz en off, y la sencillez cada vez más profunda y apacible de su estudio de las circunvoluciones del amor.

Una aproximación sutil y delicada a los dolores de la pasión que permite al cineasta rejuvenecerse y ofrecer roles privilegiados a sus intérpretes femeninas, que se constituyen en motor de la trama, mientras que el hombre en el centro de la narración, amante y padre, parece someterse a los acontecimientos, creyendo saber pero sabiendo más bien poco, haciendo todo lo que está en su mano pero no teniendo ninguna influencia real sobre los procesos que operan a su alrededor.

Este hombre, Gilles (Eric Caravaca), es profesor de filosofía, y esta es evidentemente una de las ironías de la trama, puesto que no por ello es menos hombre (“la filosofía no está divorciada de la vida”), y la cinta comienza con una sesión de sexo en los baños de la universidad entre él y Ariane (la actriz revelación Louise Chevillotte), una de sus alumnas, con quien mantiene un amorío secreto desde hace tres meses, relación a la que Gilles se resistía al principio —según descubrimos más tarde—. Pero este amante también es un padre, y una noche su hija Jeanne (Esther Garrel) aparece en su casa, llorando, con una maleta, tras pasar por una ruptura sentimental.

Instalándose inoportunamente en el salón, irrumpiendo en la vida de los dos amantes, Jeanne inunda la casa con su profundo y obsesivo sufrimiento (“él mostraba una absoluta indiferencia”, “no quiero tener más historias si van a terminar así”, “he caído en la mentira del amor”). Ariane, que al principio trata de consolarla y escuchar sus penas, va experimentando cada vez más celos por el afecto paternal de Gilles por su hija, y comparte además grandes secretos con Jeanne, que empieza a tejer estratagemas —conscientes o inconscientes— para seguir siendo el centro de atención. Porque si ambas comparten aparantemente la cercanía y complicidad de estar en un momento de la vida en el que el deseo las domina, las dos jóvenes protagonizan en realidad una guerra subterránea, pues el enemigo sigue siendo “el enemigo, aunque uno sepa que está ocupando indebidamente su territorio”.

Desplegando con gran habilidad la trama (a partir de un guion que ha coescrito con JJean-Claude Carrière, Caroline Deruas-Garrel y Arlette Langmann), Garrel pone en cuestión una multitud de temas de la vida afectuosa —la libertad amorosa, la diferencia de edad, las relaciones físicas, la intelectualidad, etc.— sin emitir juicio en ningún momento, limitándose a erigirse en espejo de las sutiles inflexiones de la vida y del ciclo sempiterno del deseo y el amor. Y esta novelación de la vida es envuelta por el cineasta en una forma visual que demuestra un dominio y una depuración excepcionales, sobre todo gracias a la excelente fotografía de Renato Berta. Un estilo que hace de Amantes por un día una obra que va completamente contra la corriente predominante de un cine moderno lleno de ruido y de furia, pero que aun así se inscribe plenamente en el rumbo de la historia intemporal del séptimo arte.

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