Bénédicte Prot
13/02/2017 15:33

Danny Boyle retoma con T2 Trainspotting (2017) los puntos suspendidos que dejó al final de su película de culto, Trainspotting (1996), hace veinte años en una secuela que plantea la noción de un nuevo comienzo.

T2 Trainspotting

(2017)

Danny Boyle nos había dejado hace veinte años, con Trainspotting, no sólo una película de culto que vimos mil veces (¡y escuchado otras tantas!) durante los diez años que siguieron a su aparición sino también unos puntos suspensivos sobre la existencia futura de Mark Renton (Ewan McGregor). Después de haber dejado la heroína y traicionado a sus amigos (salvo Spud) yéndose con el botín, uno podía preguntarse si había “elegido la vida, una carrera, una familia, un televisor grande que te cagas, etc.", pues, dicho así, el proyecto parecía más atractivo que seguir montando los cuatrocientos golpes con sus amigos de siempre, olvidándose de la dependencia y la falta de perspectivas de un futuro.

Así pues, cuando vemos a Renton aterrizar en Edimburgo al principio de T2 Trainspotting, proyectada fuera de concurso en la 67 Berlinale, experimentamos sin remedio un golpe de cariño, sobre todo al reconocer en el rostro de Renton el de McGregor, como si veinte años prestando sus rasgos a papeles de lo más variopinto se borraran de golpe para devolverlo a su primera encarnación. Y a pesar de la eslovena que le tiende un folleto sobre la ciudad de sus cuatrocientos golpes toma un acento escocés, sugiriendo una mutación hacia el multiculturalismo y el dinamismo, como era de prever, nada ha cambiado, sino tan solo envejecido: el campo frente al edificio cada vez más desvencijado en el que no vive nadie más que su padre se ha convertido en un basurero que crece a mera vista; Spud (Ewen Bremner sigue siendo un yonqui con tendencias a ahogarse en su propia mierda; Begbie (Robert Carlyle) está en la cárcel desde que se marchó Renton, desbordado por la misma violencia explosiva que aterroriza a su abogado; Simon "Sick Boy" (Jonny Lee Miller), por último, gestiona el pub desierto de su tía y gana el dinero de su nueva amiga la cocaína haciendo cantar cancioncillas que filma en compañía de su novia prostituta (Anjela Nedyalkova). Evidentemente, todos explotan al pensar siquiera en la huida de Renton.

La venganza, sin embargo, es un plato que se sirve frío y cuando Mark reaparece, sin muchos cambios a como cuando desapareció, todas sus amistades (o casi todas) y los embrollos que las acompañan se retoman allí donde fueron dejadas. De hecho, en la narración aparecen intercaladas imágenes del primer Trainspotting y vídeos familiares en los que vemos a Mark y Simon de niños… y temperatura no falta, y hasta aquí podemos decir. Desde el momento en que Renton entra en el bar de su viejo amigo, arranca toda una serie de peripecias, persecuciones y golpes con la misma exuberancia que en la novela de Irvine Welsh, una exuberancia en ocasiones tiznada de nostalgia pero en la que no hay rastro de amargura a la hora de constatar que ningún miembro del grupo tiene ni indudablemente tendrá más el futuro que ya sabían no tener veinte años atrás. Lo cual les sigue dando lo mismo tanto o más que antes: no hay tiempo que perder en pensar nada cuando uno corre delante de un madero enfurecido.

Aunque Danny Boyle haya afirmado en su rueda de prensa en Berlín que quiso hacer una película que funcionara igual de bien que la primera Trainspotting (de cuyo título no ha logrado desembarazarse totalmente, a pesar de las veleidades de distanciarse) y aunque haya incluido en T2 Trainspotting los cambios sociales acontecidos en estos veinte años, las nuevas tecnologías y la evolución de la música, la emoción de los reencuentros es demasiado fuerte para llegar a definir si ha tenido éxito en su particular empresa o no. Simplemente, hace bien revivir la exaltación del pasado, elegir volver a empezar de cero y subir el volumen.

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