Benjamín Harguindey
30/01/2017 14:17

Dentro del ciclo Los malditos, sobre el cine de Abel Ferrara que realiza el área audiovisual del Macba (San Juan 328-CABA), se proyecta este jueves 2 de febrero  a las 19 hs Pasolini protagonizada por Willem Dafoe en la piel del genial director italiano.

Pasolini

(2014)

El director y su frecuente colaborador Willem Dafoe se reúnen en circunstancias increíbles para llevar al cine los últimos días en la vida del controversial realizador y teórico italiano Pier Paolo Pasolini, asesinado en las playas de Ostia semanas antes de lo que resultó ser el póstumo estreno de su infame Salò (1975).

No se trata de una biopic o “film biográfico” en la noción clásica de la palabra. Pasolini es al hombre lo que Los últimos días (Last Days, 2005) fue a Kurt Cobain. Se trata de una experiencia lírica, surreal en su entramado, y no se sale de la sala ni más sabio ni más informado, sino en estado de shock (o sopor). La idea es degustar en tiempo relámpago – 86 minutos apenas – las sensaciones del mundo interno y externo de su protagonista, que permanece tan enigmático de entrada como de salida. Una gran subjetiva indirecta libre si se quiere, lo cual es del todo apropiado, ya que Pasolini inventó el término.

Dafoe le interpreta como un hombre intelectualmente inconsolable. Se la pasa dando entrevistas y explicándose a sí mismo. ¿Considera a su cine político? “Todo es político”. ¿Por qué ha dejado de militar en el partido comunista? “Me encuentro más activo que nunca”. ¿Se considera poeta, cineasta, crítico, filósofo, ensayista, intelectual? “En mi pasaporte pongo escritor”. Escribe en casa, cena con amigos, sale por la noche con un mancebo. Se ha entusiasmado últimamente por un guión, el cual se dramatiza de a intervalos a lo largo de la cinta. No queda claro si está basado en un proyecto real de Pasolini o es un invento de la película.

La presentación del film es preciosa y recuerda mucho al estilo del propio Pasolini, que trataba a sus películas como ensayos que rehuían la narración clásica (“El arte narrativo está muerto,” sentencia) y exploraba las posibilidades del medio, tratándolo como algo emergente en proceso de construcción, afectado por la contingencia de la realidad. De allí que la película se vea como a través de un vidrio esmerilado, rajado por la repentina muerte de su protagonista, barajando manifiestos, tiempos muertos y dramatizaciones.

Como testamento y libre homenaje, Pasolini resulta altamente satisfactorio. Como cualquier otra cosa es una rotunda decepción. Opaca, excluyente y difícil de querer: no nos enseña nada de Pasolini. Pero Ferrara no quiere otra cosa, quiere exactamente la película que ha logrado junto a Dafoe. Es como un tributo silencioso al que uno se acerca con reverencia, y cuya apreciación depende de nuestra religiosidad.

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