Benjamín Harguindey
01/09/2016 14:51

La segunda jornada de la 73 Mostra de Venecia mostró una de cal y otra de arena. Por un lado se pudo ver lo nuevo del canadiense Denis Villeneuve, La llegada (Arrival, 2016), donde incursiona en la mejor ciencia ficción, mientras que la decepción resultó Los bellos días de Aranjuez (Le Beaux Jours D´Aranjuez, 2016), fallido experimento en 3D del alemán Wim Wenders, ganador del León de Oro en 1983 por El Estado de las Cosas.

La llegada

(2016)

La llegada es la versión pensante de las películas de ciencia ficción en las que alienígenas invaden la Tierra. Se preocupa por la ciencia detrás de semejante encuentro – ¿cómo funciona la comunicación? ¿Cómo aprendemos su idioma, cómo les enseñamos a comprender el nuestro? ¿Cuánto margen de error le damos a la interpretación? Y la pregunta del millón de la película: si el habla define al pensamiento, ¿qué tipo de salto astronómico significaría para la evolución de la humanidad aprender un lenguaje que no es humano?

Éste es el tipo de ciencia ficción interesada más en la ciencia que en la ficción. En este sentido se parece mucho a Contacto (Contact, 2001), de Robert Zemeckis, en la que una científica (Jodie Foster) intenta contactarse y comprender señales de vida extraterrestre. También se parece a Sicario (2015), la anterior película del director Denis Villeneuve. Su nueva película comienza con una joven heroína siendo reclutada para una misión sospechosa, sólo que Amy Adams reemplaza a Emily Blunt y su personaje es considerablemente más proactivo.

La película es en enorme misterio que retrucando cada enigma que devela. Hablar en cualquier grado de detalle sobre la trama sería arruinarla. Basta decir que Louise (Adams) es una lingüista llamada a descifrar un lenguaje alienígena, que coopera con un científico (Jeremy Renner) y que sus superiores son un coronel que ilustra por qué “inteligencia militar” es un oxímoron (Forest Whitaker) y un patético esbirro de la CIA (Michael Stuhlbarg). Y que hay un muy buen giro hacia el final que va más allá de la sorpresa y complejiza la lectura de la película.

Similar al estilo impromptu de Sicario, La llegada discrimina entre qué mostrar y qué sugerir; qué va en primer plano y qué ocurre en el fondo. La película se desarrolla principalmente en la base militar establecida entorno a un gigantesco monolito (éste tiene forma de óvalo y levita a unos metros del suelo) en el medio de un valle inundado por ráfagas de neblina. Acompaña la música de Jóhann Jóhannsson, a base de alarmas y sirenas que van reptando insidiosamente a lo largo de la banda sonora. A través de transmisiones televisivas, llamadas telefónicas y emisiones de radio vamos atestiguando el descenso de la humanidad a la histeria, lo cual agrega un elemento de urgencia a la investigación de los héroes, que a su vez tienen que lidiar con las bravuconeadas de los militares y la paranoia de los gobiernos. Louise a su vez se ve atormentada por visiones de su hija muerta, las cuales no son un mero detalle trágico para caracterizarla sino que terminan relacionándose con el resto de la película de manera inesperada y efectiva.

Lo único tachable de la película es el diseño artístico de ciertos elementos alienígenos. Uno creería que la producción estaría más allá de caer en lugares comunes del orden monstruoso. Está la eterna queja de que EEUU parece tener el monopolio de los encuentros cercanos del tercer tipo. Y que el co-protagónico de Renner es relativamente blando al lado de Amy Adams. Más allá de eso la película – escrita por Eric Heisserer, basada en un cuento de Ted Chiang – es sumamente creativa en el planteo y trato de su historia, que se interesa genuinamente por cuestionar la percepción humana y explorar los límites de la ciencia ficción.

Todo lo contrario a La llegada es Los bellos días de Aranjuez, donde un escritor mira por la ventana y se inspira. El paisaje es precioso – un jardín en la costa francesa, inundado por el sonido del viento y los pájaros. Se sienta a teclear en su máquina de escribir y conjura a un hombre, una mujer y una manzana en el jardín, que ahora se asemeja más a un Edén bíblico. Y los pone a dialogar.

Quizás diálogo es la palabra incorrecta. El hombre y la mujer no intercambian diálogo, intercalan monólogos difusos a la vieja usanza de la nouvelle vague. Hablan de lo primero que se les viene a la mente – sueños, recuerdos, el pájaro que acaba de posarse. La propuesta (según la narración del escritor) es una puesta en escena sin ningún tipo de contexto o marco narrativo. Estas personas existen fuera del tiempo o el espacio; sus pensamientos también.

El texto es del dramaturgo austríaco Peter Handke, la dirección es del alemán Wim Wenders. La película fue filmada en 3D porque, según el director, “era la única forma de llevar al espectador al sitio”. Es raro pensar en el 3D como un recurso menos que efectista (y aplicarlo exclusivamente a algo tan mundano como una conversación de sobremesa) y el procedimiento resulta apropiado, tiñendo la escena de un hiperrealismo atractivo. Pero el que Wenders declare que con esta película ha “hecho las pases con el 3D” suena a ostentación publicitaria más que nada, considerando su excelente documental Pina (2011), que celebra y amerita el 3D en un 100%.

Hacia el final la película se pone más y más meta-narrativa, desde la súbita e inexplicada aparición del músico Nick Cave para tocar “Into My Arms” junto a la rocola que está reproduciendo el mismo tema, y la amonestación que recibe el hombre al levantarse de la mesa y osar introducir “acción” a lo que debería ser puro diálogo. El fin mismo sugiere que la película es un experimento frustrado, que ineludiblemente toda ficción se ve contaminada por fuerzas externas.

Dicho todo esto, Los bellos días de Aranjuez es recalcadamente aburrida. En sus 98 minutos de duración hay quizás 30 minutos para hacer un buen mediometraje, igual de efectivo y más eficiente. Como gran parte del catálogo de la nouvelle vague, el film es un chiste intelectual a expensas de los intelectuales. La afiliación debe ser deliberada – ¿por qué sino usar actores franceses y ambientar la película en un jardín, la locación preferida de Eric Rohmer?

La Sala Grande del Casino-Lido en la que se proyectó la película fue perdiendo concurrencia a medida que los peores temores del público se confirmaban, de que la siguiente hora no introduciría variación alguna al patrón y que ése era el punto. Wenders obtiene exactamente la película que quería, pero no da ningún buen motivo para verla.

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