Juan Pablo Russo
22/06/2016 10:49

México resultó ser el país invitado del 26º Cine Ceará - Festival Ibero-Americano de Cinema, que se realiza del 16 al 22 de junio, y que proyectó films de cineastas consagrados de la talla de Arturo Ripstein, Carlos Reygadas, Alejandro González Iñárritu, Nicolás Pereda y Amat Escalante, junto a los de noveles como Pedro Chavarría, Joshua Gil o Gabriel Ripstein.

Las letras

(2015)

La muestra de cine mexicano se llevó a cabo del 7 al 19 de junio y proyectó más de 20 films de producción reciente, ganadores en prestigiosos festivales internacionales y aclamados por la crítica.

Durante 13 días, la ciudad de Fortaleza, Brasil, disfrutó, de manera gratuita, lo mejor de las nuevas voces del cine mexicano, con obras como La maldad, de Joshua Gil; AlexFilm y Las letras, ambos de Pedro Chavarría y Te prometo anarquía, de Julio Hernández Cordón.

Las letras es el recorte documental que el cineasta mexicano Pablo Chavarríaa realiza sobre el caso de Alberto Patishtán, un profesor y activista indígena oriundo de El Bosque, Chiapas, que resultó condenado arbitrariamente a 60 años de prisión por el asesinato de varios policías y luego de 13 años indultado por el Poder Ejecutivo Federal de México.

El ultra independiente Pedro Chavarría construye un documental de una belleza visual inusitada en donde la forma sobrepasa a la narración. La cámara actúa como si sus movimientos estuvieran cronológicamente coreografiados. Sin duda la comparación con las formas de sus compatriotas Emmanuel Lubezki y Alejandro González Iñárritu en Revenant: El renacido (2015) resulta inevitable. Pero conceptualmente Las letras va por otro carril.

El joven director filma la ausencia de este hombre dentro de su comunidad, como sigue la vida sin su presencia física en ese espacio y hasta reconstruye el crimen de una manera alejada de toda convencionalidad. En Las letras no hay palabras, o al menos nadie que narre lo hechos ni preste testimonio, sólo tres cartas enviadas a su familia cuyas letras plasmadas en la pantalla serán las encargadas de darle cohesión a una trama cargada de símbolos y metáforas.

La gran virtud de Chavarría es la poética visual en la construcción de un relato donde la narrativa lineal está ausente y fragmentada. Un documental atípico que reconstruye la realidad.

Otro de los films presentados resultó Te prometo anarquía, de Julio Hernández Cordón, una fallida historia de amor gay entrelazada con el tráfico de sangre que no define ni el tono adecuado, ni que historia se quiere contar.

Miguel y Johnny son amigos desde siempre. Son jóvenes, de clases sociales diferentes, ambiguos sexualmente, se drogan, tienen sexo entre ellos (uno también con una chica), patinan y venden sangre a una red que se dedica al tráfico ilegal de ésta. Todo parece estar bien hasta que un día las cosas se complican.

El principal problema al que se enfrenta la película es a una indefinición en saber lo que quiere contar. Ese deambular entre la historia de amor de dos amigos que no paran de experimentar sexualmente y el negocio de la venta de sangre hace que Te prometo anarquía nunca encuentre el tono y todo se vuelva difuso, superficial y tratado con leves pinceladas. Nada es abordado con profundidad, todo se mezcla y se vuelve insosteniblemente banal.

Te prometo anarquía no es más que un fresco de color confuso, ya visto en miles y mejores películas (Larry Clark, Gus Van Sant...), donde los temas son expuestos pero no desarrollados, las historias no se definen (ni tampoco los personajes), en muchos casos con resoluciones forzadas, y todo deriva en una suerte de caótica anarquía cinematográfica.

También el 26º Cine Ceará - Festival Ibero-Americano de Cinema programó La maldad, ópera prima del director mexicano Joshua Gil. Un film de escenas largas y donde la historia apenas es sugerida. Lo que lo personaliza es tal vez su estética, y principalmente su fotografía, pero que no termina de definir un camino para la película, dejando sentidos muy abiertos que no logran darle solidez ni atractivo.

De manera fragmentada la cámara presenta al anciano Rafael (Rafael Gil Morán). A pesar de los claros signos de su avanzada edad, él no parece darse por vencido frente a la vida ya que su deseo es realizar una película con doce canciones compuestas por él y que hablan de un amor que ya no es. Allí, en el medio del campo también está Raymundo (Raymundo Delgado Muñoz), quien a diferencia de Rafael sí quiere morir, y ya sabe cómo hacer para que eso suceda.

Frente a la estética mencionada del film hay una referencia que tiene que ver con el juego entre ficción o realidad. El director decide iniciar la película con un plano secuencia de diez minutos del incendio de un cañaveral. Luego las escenas donde aparece Rafael no parecen estar guionadas y tanto su idiosincrasia como ese lugar inhóspito donde habita generan una idea fuerte de documento, donde ya no es claro si la cámara llegó primero o si eso preexistía a ella, generando una interrogación sobre lo real. Pero lo cierto es que este planteo tampoco marca un camino al film ni resulta clave para acercarse al mismo.

Todas las imágenes sugieren dejando demasiado abiertos los sentidos y todo se cuenta de modo fragmentado generando confusión. Vemos a Rafael hablando con Raymundo sobre su idea de hacer una película y cantando. En la siguiente escena está siendo auscultado por un médico, poniendo su deterioro físico en primer plano. Hay también dos referencias al momento político de México previo a las elecciones del 2012: dos campesinos hablando del gobierno y de su penosa situación y el final del film donde se ve a Rafael pasando por una protesta contra el actual gobierno. Es difícil generar una integración de la totalidad y la película se termina regocijando en planos largos que no aportan a formar una clara idea de lo que se quiere mostrar realmente.

Siempre es osado retratar en cine el deterioro, el fin de la vida, la soledad, sin caer en tiempos aletargados o tal vez en lo solemne. Pero La maldad solo apunta a la sugerencia y al simbolismo, como si el espectador todo lo pudiera y todo lo resistiera. Tal vez olvidar eso sea lo malo.

La muestra mexicana se completó con  Mañana psicotrópica, de Alexandro Aldrete; Amores Perros, ópera prima del doblemente ganador del Oscar Alejandro González Iñárritu; y Tempestad, de Tatiana Huezo Sánchez; Matar extraños, de Nicolás Pereda y Jacob Secher Schulsinger, Historias de dos que soñaron, de Nicolás Pereda y Andrea Bussman y Los muertos, de Santiago Mohar. Además, incluyó  La calle de la amargura, último opus de Arturo Ripstein, y 600 millas, ópera prima de Gabriel Ripstein.

Siguiendo la línea de su último film, Las razones del corazón (2011), Arturo Ripstein retoma el uso del blanco y negro en La calle de la amargura (2015) pero no será para disminuir matices sino para resaltarlos. La expresiva iluminación destaca figuras en el ambiente, dibujando de manera poética formas y texturas en los decorados angustiantes donde viven los personajes.

Por momentos utilizando recursos del expresionismo alemán, trazando líneas oblicuas con las sombras sobre escaleras y personajes; en otros trasmitiendo la densidad del ambiente opresivo, resaltando manchas de humedad en las paredes, o goteras interminables, al mejor estilo Andrei Tarkovski en Stalker, La Zona (Stalker, 1979).

La historia nos trae a dos mujeres (las actrices mexicanas Patricia Reyes Espindola y Nora Velázquez), prostitutas en edad madura que subsisten con su trabajo a duras penas, mientras drogan a sus clientes para quitarles algo más de dinero. Por otra parte están los “enanitos”, dos peleadores de catch “La Parkita” y “Espectrito Jr.”, que no se quitan la máscara por ningún motivo. También estarán la hija adolescente de una de las mujeres, su marido que gusta vestirse de mujer y encerrarse con “chamacos”, y la anciana madre y ex prostituta que se encuentra postrada en un carro con el que pide limosnas a diario. La historia se basa en un caso real ocurrido en 2009 en la Ciudad de México.

En este particular universo se desarrolla la trama escrita por la habitual guionista de Ripstein, Paz Alicia Garcíadiego, y dirigida por él con su particular estilo de pocos planos y movimientos leves de cámara por el interior de las habitaciones, siempre manteniendo una distancia prudencial de los personajes. Las máscaras, disfraces y espejos, como en sus anteriores films, vienen a expresar la "doble cara" del mexicano y con ellas su hipocresía, presente en la imagen social construida tanto para el resto como para sí mismo, que difiere de la realidad. Es en esa realidad, en ese reflejo oculto donde el director posiciona su cámara.

La subversión del melodrama transitado una y otra vez el director para dar una mirada crítica de “la mexicanidad”, no está trabajado esta vez en el sentido estricto de la palabra. No hay aquí una tragedia que va creciendo en tensión y angustia, sino una historia con forma de costumbrismo, cercano al grotesco y -con él- a la comedia.

La calle de la amargura no genera el impacto de otros films del director de Profundo Carmesí (1996), pero sigue fiel a su estilo y particular visión de su mundo.

Mientras que el debut en la dirección de Gabriel Ripstein marca un camino propio y a la vez una diferencia significativa con el cine de su consagrado padre. 600 millas (2015), en competencia latinoamericana del 30 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata y en Horizontes latinos del 63 Festival de San Sebastián, describe el universo armamentista del sur de Estados Unidos en su tan cinematográfica frontera con México.

La primera imagen del film nos introduce en una armería, aquella en la que entra un adolescente norteamericano a comprar armas con una facilidad sorprendente. Sin información adicional, vemos al joven salir y dejar las armas en una camioneta conducida por otro chico, Arnulfo Rubio, un mexicano que se encarga de transportar “el encargo” como parte de un negocio ilegal. Un día empiezan a ser observados de cerca por el policía americano Hank Harris, que compone Tim Roth. La película va pasando de uno a otro punto de vista para no juzgar la situación y mostrar los diferentes aristas del tema. El conflicto se precipita y empiezan a rodar las 600 millas del título.

El policía, encargado de supervisar la compra de armamento, intercepta a los muchachos traficantes y termina siendo capturado por el joven mexicano. El chico lo transporta a territorio mexicano con el fin de llevarlo con su tío y jefe del negocio. Un extraño vínculo se genera entre ambos en un mundo desalmado y violento.

El film de Gabriel Ripstein acentúa la tensión, manejando la cámara con cautela, con silencios sórdidos y cautivantes. Pero no son los recursos utilizados lo que produce la mayor intranquilidad, sino la naturalidad en la descripción de los hechos. Vemos a los personajes comprar balas en un supermercado sin ningún tipo de cuestionamiento, o preparar la comida de manera cotidiana mientras se precisan situaciones aún más aberrantes. Es la naturalización de la inevitable tragedia lo que angustia, y la ceguera social al respecto.

Además de los chicos mencionados y el policía, están los familiares del mexicano, la mujer del policía, los policías fronterizos, los empleados de aduana. Toda una gama de personajes moviéndose con una impunidad asombrosa en un lugar donde la humanidad parece ausente. Desde ahí el director impone su mirada y marca con soberbia y agudeza su crítica sobre el tema.

En la similitud con el cine de su padre, Gabriel Ripstein construye el espacio también de forma laberíntica. No serán espacios interiores sino la frontera de un país con otro. No será el melodrama el género sino el thriller policial. Pero el fin es el mismo, escarbar en los mecanismos sociales que posibilitan estas situaciones, y obligar al espectador a reflexionar sobre ellos.

Asimismo, e26º Cine Ceará - Festival Ibero-Americano de Cinema organizó un par de retrospectivas a dos de los cineastas más reconocidos a nivel internacional: Carlos Reygadas y Amat Escalante con obras como Luz silenciosa, Japón, Post Tenebras Lux, Batalla en el Cielo, Heli, Los bastardos y Sangre.

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