Ezequiel Obregón
12/03/2016 16:46

El documental de Eduardo L. Sánchez que se vio en la 12 Pantalla Pinamar revisa la relación entre el escritor Raúl Barón Biza y la actriz y aviadora de origen suizo Myriam Stefford, quien murió en una tragedia aérea el 26 de agosto de 1931.

Agosto final

(2016)

"Las motivaciones para hacer la película fueron absolutamente personales. Mi vínculo con uno de los personajes del documental fue la motivación para llevar esta historia. Me refiero a la identidad de mis abuelos maternos. El momento en el que hice click para decidirme a filmar tiene que ver con la discusión que tuve con mi equipo de producción, desde el principio y cuando decidimos hacer Agosto final, que era hasta dónde me involucro yo", aseguró hoy el documentalista en rueda de prensa.

Raúl Barón Biza es, posiblemente, mucho más conocido por el caso vinculado a su segunda esposa, Clotilde Sabattini. Aristócrata con aura de “escritor maldito”, cuando estaba pautado un encuentro con ella para iniciar los trámites de divorcio, le arrojó ácido a la cara y posteriormente se suicidó. La mujer, que sufrió daños severos, también se suicidaría algunos años después, al igual que otros integrantes de la familia. En Agosto final (2016), Eduardo L. Sánchez posa su mirada sobre lo que ocurrió mucho tiempo atrás. El punto de partida es una miniatura del monumento/mausoleo que Biza construyó para su primera esposa, y que Sánchez tenía en su casa, cuando era un niño.

La relación entre Biza y Stefford tuvo su inicio en Venecia, en un ambiente vinculado al lujo, del que él fue testigo directo (en el film, se lo señala como el inventor de la frase “tirar manteca al techo”). Un “flechazo” selló el destino de ambos, que llegaron hasta Buenos Aires y se convirtieron en marido y mujer. Ella alimentó su fama de actriz mundial, al tiempo que ofrecían fastuosos agasajos que sirvieron para poner en escena sus excentricidades. Stefford murió en un accidente de aviación, en el que junto a su instructor planeaba unir varios puntos de Argentina. Pronto se dijo que su compañero de viaje era más que eso, y que se trató de un asesinato disfrazado de accidente. Asesinato, por cierto, que habría sido perpetrado por el marido despechado.

"Esta historia se puede contar desde diferentes lados. Solamente la historia justifica una película, y esta historia se contó muchas veces. Lo que la hacía diferente era desde dónde la contábamos nosotros. Y la idea fue involucrarme progresivamente, hasta que la película fue formándose sola. Hace unos tres años atrás ocurrió ese "click" del que hablaba, pero como proyecto comenzó en el 2006. Un amigo me dijo entonces, ¿cómo no vas a hacer una película con esto?", sostuvo.

Con tamaño acontecimientos y esos protagonistas, el documental ya tiene –casi inevitablemente- un punto a favor. La inclusión de entrevistados es de carácter historicista; hay forenses, periodistas, archivistas, bibliotecarios, etc. Los testimonios esbozan una mirada sobre la pasión que los unió, pero también arrojan luz sobre la muerte de ella. Hacia el final, lo que se pone bajo la lupa de la investigación (con resultados “certeros”) es parte de la identidad familiar del propio director del film.

Sánchez conduce el documental por la senda del policial, con una fluidez que en varios momentos se ve amenazada por un montaje un tanto disruptivo. También aparecen intervenciones del actor Daniel Aráoz y de la periodista Emilia Claudeville, quienes dramatizan encuentros entre Biza y Stefford: otro punto en contra. El espectador es obligado a confrontar la imagen que se hizo de los verdaderos protagonistas con la que le ofrecen los actores. Y el resultado, inevitablemente, ofrece un saldo negativo. Si la balanza se inclina a favor del film, es por lo álgido en términos dramáticos de la historia; su eterna aura de duda, la seducción que ejercen las historias de amor que terminan mal, aún cuando están selladas con un final trágico.

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