EscribiendoCine
15/12/2015 12:48

El autor asturiano glosa una década larga de amistad con el realizador neoyorquino en un libro que revela sentimientos y esquiva amarillismos; Natalio Grueso se recrea con éxito en esos detalles que separan a una pincelada tímida de un trazo firme y luminoso. Edita Plaza & Janés.

Annie Hall, dos extraños amantes

(1977)
9.0

El asturiano Natalio Grueso es amigo de Woody Allen. Lo puede decir el voz alta, porque el propio míster Königsberg, recién entrado en las ocho décadas de vida, así lo califica públicamente: desde que el neoyorquino recibiera en Oviedo allá por 2002 el premio Príncipe de Asturias de las Artes, ha compartido con Grueso (antiguo director del Teatro Español, novelista y gestor cultural) multitud de vivencias y confidencias.

En este volumen, el autor ahonda en todas las vertientes del inolvidable creador de Annie Hall, dos extraños amantes: monologuista, contador de historias, cómico, realizador, lector, músico y melómano (no siempre van unidas ambas condiciones), epicúreo en la mesa e hispanófilo devoto. No hay quiebros a la curiosidad (sana e incluso algo insana) dentro del texto, que se nutre igualmente de charlas con la esposa de Allen, Soon Yi, y otros familiares, amén de personajes de su cotidianeidad como el oftalmólogo que le diseña las gafas o el camarero que le sirve las cervezas en el Carlyle, su bar de referencia en Manhattan, donde cada lunes (si los imponderables de su agenda no lo impiden) toca el clarinete con la Eddy Davis New Orleans Jazz Band para audiencias selectas, que pagan gustosamente entre 150 y 200 dólares por un asiento.

El Allen adolescente escribía chistes en el metro desde Brooklyn para ganarse sus primeros salarios: el octogenario lidia con sus omnipresentes pensamientos fúnebres siendo fiel a sí mismo, contando lo justo y esperando a las musas el tiempo justo de cortesía antes de retarlas con una nueva idea.

Comentarios