Juan Pablo Russo
01/12/2014 00:11

Con una variada programación que incluyó cine para todos los gustos finalizó, con éxito artístico y 130.000 espectadores, el 29 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, una edición que a diferencia de otras mostró una selección de películas de altísimo nivel con un abanico de títulos que tuvo desde grandes autores a noveles desconocidos.

Su realidad

(2014)

Más allá de que algunos crean que un festival de cine tendría que ser un catálogo visual de un cine condescendiente con el espectador, fácil de digerir y lineal, la función de un festival es el de mostrar las películas que no tienen acceso a las salas del circuito comercial, que asuman riesgos, que provoquen quiebres, que experimenten y se jueguen por nuevas formas. Y esto es lo que se vio en el 29 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, edición que mostró una de las programaciones más atractivas en muchos años.

Títulos de autores consagrados como Pedro Costa, Sion Sono, Bruno Dumont, Mia Hansen-Løve, Xavier Dolan, Alejandro González Iñárritu o Takashi Miike se mezclaron acertadamente con otros de desconocidos para el público argentino que este año el festival ayudó a descubrir.

Pero sin duda uno de los platos fuertes resultó el cine argentino que, a pesar de la eterna estigmatización que viene sufriendo desde hace meses algunos medios con sistemáticas campañas en su contra, fue una de las grandes estrellas del 29 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata donde, más allá de algunos pocos casos, se vio una selección de películas de gran calidad técnica pero sobre todo con una fuerte apuesta cinematográfica y de rupturas estilísticas.

Resultó muy difícil este año preguntarse qué hace esta o tal otra película en el festival porque la gran mayoría eran muy buenas. Algo que no se veía desde hace mucho tiempo. Aparecieron algunas obras tapadas como La huella en la niebla, de Emiliano Grieco; Mechita, entre la tierra y el cielo, de Mariano Gerbino; El hijo buscado, de Daniel Gaglianó; Salud rural, de Darío Doria; Su realidad, de Mariano Galperín, o Yo sé lo que envenena, de Federico Sosa, por citar algunas. Donde más allá de la diversidad de temas y estilos, cada una mostró personalidad e hizo que se pudiera discutir de y sobre cine. También estuvieron las esperadas Jauja, de Lisandro Alonso; La vida de alguien de Ezequiel Acuña, o la nuevo José Celestino Campusano y Raúl Perrone, que mostraron a autores muy diferentes entre sí pero que siguen siendo fieles al tipo de cine que los llevó al lugar que hoy ocupan. Y que por supuesto no defraudaron.

El buen cine argentino también se pudo apreciar en los cortometrajes (una de las competencias más parejas y eclécticas de mucho tiempo) y dentro de Panorama aparecieron films como Naturaleza muerta, de Gabriel Grieco; Relámpago en la oscuridad, de Germán Fernández y Pablo Montllau; Ícaros, de Georgina Barreiro; Los monstruos, de Juan Schmidt; Pequeña Babilonia. 30 años de Rock Platense en Democracia, de Hernán Moyano; Osvaldo Bayer: La livertá de Gustavo Gzain; Here, Kity Kity, de Santiago Giralt, o Vóley, de Martín Piroyansky, entre otros.

También se vio lo mejor del cine latinoamericano reciente como Los Hongos, de Oscar Ruiz Navia; Gente de bien, de Franco Lolli; Las búsquedas, de José Luis Valle; Mr. Kaplan de Álvaro Brechner; Vientos de agosto, de Gabriel Mascaro, o Matar a un hombre, de Alejandro Fernández Almendras.

Sin duda hay una idea sobre cual es el fin de un festival de cine que Mar del Plata y el público empezaron a entender. Ya no se habla de si viene tal o cual actor de moda, si hay estrellas o no, o de por qué no hay fiestas y si la comida del cocktel alcanzó. Sino que se habla de cine, del buen cine que este año se vio.

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