Benjamín Harguindey
19/09/2014 22:50

El 62 Festival Internacional de Cine de San Sebastián dio comienzo a su Competencia Internacional con el estreno de la local La Isla Mínima (2014), de Alberto Rodríguez (Grupo 7), un policial con un marco histórico, últimamente un género muy popular en el cine iberoamericano. La primera jornada siguió con el drama Corazón silencioso (Stille hjerte, 2014)), del danés Bille August. y Une nouvelle amie (2014), del francés François Ozon.

La Isla Mínima

(2014)

El marco es nuevamente la dictadura militar, específicamente el franquismo o en su defecto la remanencia franquista a comienzos de los 80s. Hay buenas y malas formas de tratar el contexto histórico en una película de género: o le da relevancia a la historia, o se trata de un detalle meramente cosmético. La Isla Mínima va por el primer carril.

20 de septiembre de 1980, vísperas de la transición española hacia la democracia. Dos policías de homicidio se hayan camino a un recóndito pueblo en los pantanales de Sevilla. Han sido enviados de Madrid a investigar la reciente desaparición de dos hermanas con “fama de fáciles”. El cínico veterano es Juan (Javier Gutierrez), el joven idealista es Pedro (Raúl Arévalo). Los distinguirán enseguida.

La estética de la película, así como el aguileño y taciturno Pedro, sugieren True Detective, la serie de HBO. Se cambian los pantanos de Louisiana por Las Marismas de Guadalquivir, pero nuestros héroes no dejan de recorrer bosques, ríos y pastizales; experimentar portentosas visiones y reñir con los intereses de la policía local mientras persiguen a un asesino serial de jovencitas. La película incluso comparte el mismo tono, fatal y apesadumbrado, acerca de su propia resolución.

Por otra parte la dinámica entre los protagonistas recuerda a la de los detectives de Gene Hackman y Willem Dafoe en Mississippi en llamas (Mississippi Burning, 1988): representan ideologías opuestas, no personajes. Y a veces ni siquiera muy buenos detectives. Como diría Rust Cohle, “Empiecen a hacer las putas preguntas correctas”. El misterio se resolvería en la mitad del tiempo si Juan y Pedro no dejaran de interrogar a los sospechosos más obvios tan rápido. Muchas escenas concluyen antes de tiempo sin una buena razón, excepto la de alargar la película 30 o 40 minutos más. Algunas escenas empiezan y terminan tan rápido que uno se pregunta para qué están ahí en primer lugar, y si realmente afectan a la trama.

No es que las influencias o alegres coincidencias que cunden en La isla mínima socaven demasiado el efecto de la película. El director Alberto Rodríguez y co-guionista junto a Rafael Cobos crean un mundo urgente, intrigante y peligroso, que ha sido preciosamente ambientado, fotografiado y caracterizado por los personajes secundarios que le dan sabor. La película se ha apropiado de los recursos exactos para contar una historia que se siente propia y genuina, y se ve atravesada por la problemática histórica que plantea en vez de simplemente utilizarla a modo de escenario.

Por otro lado se vio la nueva película del realizador danés Bille August, Corazón silencioso (Stille hjerte, 2014), un drama de recámara acallado y melancólico, bien alejado en tono y espíritu de la rimbombante La celebración (Festen, 1998) de Thomas Vinterberg, pero acorde en el desarrollo de su trama y las tramas secretas entre sus personajes. Se trata de una reunión familiar entorno a una Navidad falsa que sirve de pretexto para velar la inminente eutanasia de la matriarca de la familia, que ha sido diagnosticada con una enfermedad terminal.

La matriarca es Esther (Ghita Nørby), que ha decidido quitarse la vida el próximo domingo. Su marido es Poul (Morten Grunwald), médico. Llegan sus dos hijas: Heidi (Paprika Steen, la inestable oveja negra de La celebración, ahora la doméstica hija mayor), y Sanne (Danica Curcic, la depresiva hija menor). Heidi llega con su marido e hijo digitalmente enajenado; Sanne trae consigo a Dennis (Pilou Asbaek), su novio fracasado. El elenco se cierra con Lisbeth, una vieja amiga de Esther.

Vamos descubriendo el rollo entre cada uno. Esther acepta el regalo de Lisbeth, pero ignora el de Heidi. Heidi no aprecia la presencia de gente que no es familia, como Lisbeth, o el novio de Sanne, que por cierto está llegando muy tarde. Sanne es la única que se opone abiertamente a la eutanasia, y planea abortar el suicidio de su madre con una llamada a la ambulancia. Dennis es su confidente, pero preferiría ni estar allí y pasársela drogado en otro sitio. Y así.

La película se apoya sobre las interpretaciones de las tres actrices principales, todas agobiadas por el pathos de la muerte: Nørby en el papel de una mujer que quiere y teme el suicidio, Curcic en el papel de una mujer traumada por su propio intento de suicidio, y Steen, que aprueba del suicidio de su madre con sobriedad hasta que descubre información secreta acerca de las motivaciones de ciertos personajes.

Es más o menos a esta altura que la película cobra interés en su desarrollo. Hasta entonces tenemos una situación tensamente sostenida en la que cada personaje reafirma una y otra vez su relación con el resto y con el tema central de “dejarse morir”. Es cuando los personajes hacen un giro abrupto en su posición que el film despega: quizás Heidi no está de acuerdo con la eutanasia, quizás Sanne es capaz de tolerarla, quizás el miedo puede más en Esther. “Tuvimos un día tan lindo, ¿por qué no podemos tener otro más? ¿Por qué hay que terminar de vivir mañana?”.

El libreto de Corazón silencioso – escrito por Christian Torpe – es sentimental y melodramático, efecto que se sostiene perfectamente sin ningún tipo de falsa pretensión gracias a las actuaciones del trío protagónico y un prolijo guión que cierra por todos lados hacia el final, y le da al público exactamente lo que esperaba, de la forma que lo esperaba.

Para cerrar la primera jornada competitiva se vio Une nouvelle amie (2014), de François Ozon. El mensaje de la película es sano: sé quién sientes que eres, o como dijo La Agrado en Todo sobre mi madre (1999), “Una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”. El tema es cuando una película se comporta inauténticamente, y decide explotar el sensacionalismo mientras pretende una apertura de mente que no posee.

Abrimos con planos muy cerrados de una mujer vistiéndose de novia al compás de una marcha de bodas. Una mano cierra sus ojos. La cámara se aleja. Se encuentra dentro de un ataúd. Es Laura – joven, bella, muerta. Su amiga Claire (Anaïs Demoustier) lee su panegírico. Nos explica con lujo de flashback que ella y Laura se enamoraron a primera vista de pequeñas, o al menos ella lo hizo, a juzgar por la sarta de noviazgos que las separaron a lo largo de su vida. Laura ha muerto al dar a luz a una beba, y Claire jura solemnemente velar por ella y por el viudo, David (Romain Duris).

Y así pretende hacerlo un día, cuando encuentra a David travestido con peluca y maquillaje, dándole la mamadera a la beba. Otro flashback: David siempre ha tenido impulsos travestis, pero ha reincidido desde la muerte de su esposa, en parte para suplir a su hija con una madre que ya no tiene, en parte por goce propio. Claire huye despavorida, pero continúa deprimida por la muerte de su amiga, y comienza a apreciar al travestido David como un reemplazo digno. Salen de compras, de fiesta, de cenar. Claire le ayuda a presentarse al mundo exterior como travesti.

Planos remitentes a Vértigo (1958) sugieren que Claire posee un placer necrófilo por David, a quien viste y peina como Laura. ¿Pero qué está reemplazando David? ¿A una amiga o a una amante? ¿Y dónde terminan los sentimientos por Laura y empiezan los de David? Preguntas intrigantes, pocas respuestas. ¿Pero qué sentía ella por Laura, y qué está reemplazando David? ¿A una amiga o a una amante? ¿Y dónde terminan los sentimientos por Laura y empiezan los de David? Preguntas intrigantes, pocas respuestas.
Ahora entra en juego el marido de Claire, Gilles (Raphaël Personnaz), que tiene el porte, las gafas y la misma constitución pánfila de un Clark Kent francés. Claire le esconde (torpemente) la doble vida de David, así como sus propios anhelos lésbicos hacia un hombre que se identifica como mujer pero no es homosexual ni puede satisfacer a una mujer que sí lo es a pesar de reencarnar superficialmente a su amante muerta, que tampoco era lesbiana de todas formas. Mientras tanto el pobre Gilles asume que David es gay, y sus miradas de complacencia arrogante son lo más divertido de la película por lejos.

Hay hilacha para rato. La película dura 107 minutos. Parece el doble, aunque nunca resulta aburrida. La situación se expande y escala y se problematiza a buen ritmo. David es un personaje tierno y sencillo con un único deseo que motiva sus acciones. Fácil de empatizar. La película es algo hipócrita y se ríe más de él que con él. Al menos la audiencia en San Sebastián se desternillaba de la risa cada vez que aparecía con ropa de mujer. Claire es más complicada, y nada en el guión sugiere que ella o la propia película saben muy bien lo que quiere, ni siquiera el final, que posee una resolución confusa.

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