Andrés Nicolás Martín
20/05/2014 12:34

Pablo Fendrik tiene una fascinación con la violencia. En sus películas anteriores (El Asaltante y La Sangre Brota) desarrolla historias de gente hostil encerradas en un contexto urbano asfixiante. Está claro que el director argentino tiene una estética muy marcada. Su cámara en mano acelerada es acorde al pulso que se respira en sus películas. Pero a diferencia de los Relatos salvajes de Damián Szifrón, el registro de las películas de Fendrik es más realista, coloca al espectador en un lugar muy cercano a los protagonistas. Los sigue, los persigue, les respira en la nuca.

El Ardor

(2014)

Pero es momento de dedicarnos lo que nos atañe: El Ardor, su última película y su presentación en la 67 edición del Festival de Cannes.

Al igual que Relatos salvajes y Jauja, El ardor también pega un salto en el modo de producción de sus directores. Aparecen productores asociados de renombre y presencia de actores de nivel internacional, como es el caso de Gael García Bernal y Alice Braga.

Por todo ello, El Ardor es una apuesta. Y porque además, por primera vez en su corta pero determinante filmografía, Fendrik abandona lo urbano (selva de cemento) para meterse en la selva, en la verdadera, en esa en que las leyes son determinadas por el que manda, a veces le toca al más fuerte y en otras ocasiones, a los más sabios.

Ya en las primeras tomas de la película sabemos que la presencia de la naturaleza tiene connotaciones hostiles. Todo lo que se mueve es sinónimo de peligro.

Y allí es donde aparecen arrendadores que quieren quedarse con esas tierras salvajes para instalar una planta (industrial, suponemos). Entonces es donde se da la confrontación entre los lugareños y los usurpadores, civilización y barbarie. Y ahí es cuando surge la figura de un especie de protector (Gael García Bernal) de raíces aborígenes y místicas para defender lo que está en juego. Así, se inicia una historia de resistencia con toques de romance, violencia y furia, e inclusive elementos fantásticos y hasta una aparición de un amenazante jaguar.

Queda claro que El Ardor bebe cosas del western. La irrupción de las topadoras funciona como una evidente alegoría sobre el avance de la civilización, tal como sucede en los exponentes más clásicos de este género pero con la presencia de la locomotora. Igualmente, vale dejar claro que las partículas genéricas del western presentes en El Ardor son bien, bien prototípicas.

Por otro costado, observamos que hay elementos que hacen tambalear un poco a la película de Fendrik. La presencia asfixiante de la música desde los primeros minutos no es un detalle menor. Los acordes musicales aplicados a resaltar momentos de violencia y peligro están acentuados de una manera poco delicada. La música demasiado intrusiva no permite que lo que vemos respire por sí mismo, como si ocurría en sus películas anteriores. Pero claro, el registro realista urbano lo favorecía. Acá en la selva la cosa es otra. Desperdicia esos sonidos amenazadores que salen del ambiente transformándolos en molestas interrupciones musicales con olor a cliché.

Y hablando de clichés, hay algo también de esto en el registro de las actuaciones. El romance entre la especie de chamán (García Bernal) y la lugareña reprimida (Alice Braga) camina por sitios ya conocidos. Lo mismo ocurre con el desarrollo de los conflictos que empiezan a explotar, casi como un fixture en el que todos sabemos cómo y cuáles serán los próximos pasos que vendrán.

Igualmente, a veces en cine se confunde previsibilidad con falta de sorpresa y ausencia de emoción. Esto en El Ardor no pasa pero concluyamos que la lectura del género que hace Fendrik tiene algo de facilismo yendo a lugares comunes. Pero está claro que esto no significa que la película cause poco interés en el espectador. Porque a pesar de ello, El Ardor demuestra que Fendrik sabe como moverse en medio de la selva tal como lo hace ese atractivo y peligroso jaguar.

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