EscribiendoCine
20/05/2013 17:21

Silbidos y críticas negativas han rubricado a la nueva película del japonés Takashi Miike Wara no tate, un thriller sobre un psicópata detenido cuya cabeza es puesta a precio por el padre de la infantil víctima. La jornada competitiva se completó con Valeria Bruni Tedeschi Un castillo en Italia, en su doble faceta de directora y protagonista, contando una historia que si no es la suya se parece mucho.

Un castillo en Italia

(2013)

"Mate a este hombre y recibirá 1 millón de yens como recompensa". Con esta publicidad publicada en todos los periódicos japoneses, el multimillonario Ninagawa pone un precio a la cabeza de Kiyomaru, El presunto asesino confeso y detenido de su nieta. Millones de enemigos potenciales van a obstaculizar la ruta de los policías responsables de escoltar a Kiyomaru hasta Tokio, transformando el periplo en una persecución infernal, en la que cualquiera puede ser el asesino "aficionado".

"Es una historia de policías y criminales, pero son personas comunes y corrientes, con una vida privada, una vida diaria. Es lo que quise mostrar", ha dicho Miike en rueda de prensa.

Miike incide en la relación entre el criminal que se ha entregado y que se expone a su vez a ser asesinado tras la oferta del padre de la víctima, y los dos policías que le custodian, quienes asumen ellos mismos -con sus propias cruces personales que portar- que por su posición se arriesgan a ser "daños colateral", pero lo aceptan por ese tan alto sentido nipón de la responsabilidad, quizás el mismo por el que trabajadores de Fukushima fueron a limpiar los restos de la central, sabiendo que tenían todas las papeletas para perecer a medio o largo plazo.

El caso es que Wara no tate podría haber sido una peliculita de sábado tarde, para pasar el rato, si Miike no estuviera empeñado en mezclar la acción con largas parrafadas filosóficas que lastran su cinta. Treinta años atrás, alguien en Hollywood hubiera hecho una buena remake con el inspector Harry (Clint Eastwood) y la vigésima parte de líneas de diálogo, pero más persecuciones y tiros, lo que el público hubiera agradecido infinitamente.

Dirán que quizás no es mala idea darle la vuelta al cine de género para convertirlo en profundo cine de autor. El problema es que Takashi Miike no era el más indicado, y se ha quedado a medio camino, con lo cual ni se ha ganado los favores de la crítica especializada ni la del aficionado amante de pasarlo bien en un cine. Y de nuevo vuelve la pregunta: ¿Qué hace una película así en un festival como este?

Valeria Bruni Tedeschi ya era famosa en Francia bastante antes de que su hermana, Carla Bruni se casara con quien fue Presidente de la República, pero ahora ha pasado a ser "la hermana de la exprimera dama", lo cual no deja de ser injusto para una actriz talentosa que ha sido capaz de construir una estimable carrera tanto delante como detrás de la cámara.

En Un castillo en Italia, Bruni-Tedeschi -también guionista- cuenta la historia de una solterona madura que justo cuando su tradicionalmente rica familia de la alta burguesía italiana se empieza a desgajar en todos los sentidos conoce a un hombre más joven, del que se enamora. También es la historia de su hermano mortalmente enfermo y de su madre, y del destino familiar, de un mundo que se termina y de un amor que comienza.

De sus tres películas como directora (por cierto, ella es la única mujer entre los cineastas de las 20 contendientes por la Palma), dos han estado en Cannes, pero esta es su primera selección a concurso. Se supone que todas tienen bastante de autobiográfico, y en este caso, la propia Valeria es hija de una familia poderosa en Italia, con un castillo (como el del título) y también tuvo un hermano enfermo de sida, el cual falleció víctima de ese mal. Para colmo de "verismo", el actor que interpreta al novio más joven es su pareja en vida real, Louis Garrel.

La cineasta ha dicho que su intención era mostrar que "el amor nos salva de todo, del miedo, de la muerte. He querido compartir mis fragilidades".

Bruni-Tedeschi ha elegido un tono entre jocoso e irónico para tratar esta decadencia familiar compensada por una esperanza de renacimiento personal, el de la protagonista mientras su familia se desmorona. En suma, su película es una tragicomedia, que ha descolocado a algunos a quienes tomarse con humor o ver la faceta absurdamente divertida de una realidad les parece un sacrilegio. Había que entrar en su película. Algunos no lo hicieron y abandonaron la sala, otros se quedaron hasta el final y aplaudieron calurosamente.

Jon Apaolaza (Cannes) - NOTICINE.com

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