Ezequiel Obregón
14/03/2013 14:26

Marea baja (2013), la película de Paulo Pécora, es una nueva incursión del realizador al delta del Paraná menos turístico y más oscuro, mientras que Cirquera (Andrés Habegger y Diana Rutkus, 2012) rememora la vida de circo que tuvo como protagonista a su propia co-directora.

Cirquera

(2012)
Dos disímiles películas argentinas tuvieron un espacio central en la jornada de ayer, en la 9 Edición Pantalla Pinamar. Marea baja es una de ellas, una ficción en la que un enigmático hombre compuesto por Germán de Silva llega herido hacia una precaria vivienda que le alquila a una mujer desconocida. El ambiente rústico del lugar a la vera del río le sirve a Pécora como el marco ideal para este relato crudo, con pocas palabras, centrado en una persecución y en súbitas pasiones. Al actor protagónico y al director, se sumaron las actrices Susana Varela y Mónica Lairana en la presentación ante la prensa especializada.

EscribiendoCine lo consultó a Pécora sobre su afinidad con el espacio en donde transcurre el film. “Tenía un amigo que tenía una casa en El tigre y a partir de ahí surgió mi cariño, mi amor, por ese espacio. Poco a poco fui descubriendo un lugar cinematográfico, a medida que me fue interesando el cine y fui filmando cortometrajes. Mientras iba haciendo esos trabajos fui preparando mi primera película: El sueño del perro (2008). Me pasé unos cuantos meses escribiendo, yendo y viniendo. Fui conociendo mejor el tema del río y de los animales que estaban ahí. También leí algunos libros, como Río abajo Sudeste de Haroldo Conti, que me dieron un imaginario más amplio del que ya tenía”, sostuvo el realizador.

También fundamentó por qué aquel territorio era el ideal para su nuevo film: “El Tigre da la posibilidad de contar cualquier tipo de historia; un policial negro, o aventuras u otro tipo de ficción. Pero en este caso lo que me interesaba era aprovechar lo inhóspito del lugar. Queríamos que ese espacio acompañara a esta historia oscura, y al mismo tiempo se viera como una especie de caja que oprimiera a los personajes.”

Los tres actores dieron cuenta de su experiencia. de Silva contó que “no había un guión, yo no tenía textos escritos. Fue llegar al lugar, con un tratamiento de ideas sobre mi personaje, que es una especie de malviviente que llega al final de su carrera y quiere sacar la cabeza del barro. Para mí fue interesante que la película casi se improvisara en el lugar, y el lugar colaboraba muchísimo. Fue muy bueno. El tigre puede ser hermoso o puede ser tremendo, sobre todo cuando hay marea baja. Mucho bicho… eso era muy impresionante. Era estar debajo de un árbol y que te cayeran literalmente las gatas peludas”. Varela se mostró muy de acuerdo con lo que dijo su colega: “A mí también me pasó lo de Germán. Yo provengo del Norte, de Chaco, si bien desde hace mucho tiempo estoy en Buenos Aires. Ese territorio, el calor, los mosquitos, la humedad… O sea: ya está. Me parece que realmente estuvimos en el lugar. Aunque teníamos charlas, obviamente, sobre cómo iba a ser esta historia. Mi personaje es una mujer aparentemente muy fuerte que termina atravesada por una pasión, por este hombre que llega y que ni siquiera sabe quién es. No le pregunta nada. Solamente es llevada por el cuerpo. Y también está atravesada por su vínculo con el personaje joven, el de Mónica Lairana. Creo que esto es lo más interesante; Pablo nos decía ‘vamos a filmar la cena’ en la que hay bronca. Ellos acomodaban todo y nosotros nos instalábamos ahí, con la bronca, o con la emoción con la que debíamos trabajar. Fue una convivencia de diez, doce días, en ese lugar tan inhóspito. Fue todo muy a flor de piel.”

Por último, Lairana elogió la metodología de trabajo del director: “Paulo como director es muy relajado. Sabe lo que no quiere, lo que no le gusta, pero en la línea de lo que sí. Abre el juego, tanto para los actores como para los técnicos. Eso es lo que hace que uno sienta que la manera de participar en la película es diferente a la de otras. Uno puede escuchar, puede proponer. Creo que eso es lo que hace interesante el proceso de trabajar con él.”

Más tarde se presentó Cirquera, film centrado en los recuerdos sobre el circo tradicional en el que vivió en la temprana infancia Rutkus, quien habló sobre la génesis de este documental: “Con Andrés (Habegger) nos conocemos desde hace unos diez, quince años. Él hacía cine, lo sigue haciendo. Yo no. Mis viejos trabajaban en el circo hasta que yo tuve cinco años. A medida que fue pasando el tiempo me desligué de esa vida, aunque ellos siguieron en relación con los familiares o amigos que se encontraban. Toda mi vida pasó a ser ‘estable’, como le decían ellos. A los veinte años, o un poquitito antes, empecé a sentir la curiosidad y siempre hubo muchas fotos o álbunes con afiches que ahora tengo. Y necesité empezar a rescatar esa memoria familiar. Hasta el 2009, que tomó forma con una muestra fotográfica que hice no sólo de mi familia sino también de otras familias conocidas de circo tradicional, que es algo que se está perdiendo. Empecé a hablar con Andrés, yo escribía y él me supervisaba. Hasta que me propuso la idea de co-dirigir, algo que me pareció maravilloso porque yo de cine no conozco nada. Entre los dos le fuimos dando forma a Cirquera.”

Habegger comentó que el circo tenía algo de lúdico, en tanto a sus responsables les generaba una permanente diversión. Pero también reflexionó sobre su cara nostálgica: “Siento que la película es nostálgica porque se trataba de acercarse a un mundo en donde sus protagonistas vivían de los recuerdos. Cuando los conocí ellos ya eran grandes y habían pasado mucho más tiempo fuera del circo que adentro, pero sin embargo su vida había estado atravesada por el circo. Y siempre era tema de conversación”, y prosiguió: “El circo no se diferenciaba de la familia. El que nacía en una familia de circo continuaba obligatoriamente allí, había un mandato. Esa es la mayor diferencia con los que hoy en día se dedican a esa actividad. Los padres de Diana venían del circo y era una profesión que no se elegía, algo había que hacer ahí adentro. Ellos habían pertenecido a un fenómeno particular, que en algo tiene que ver con el cine. El circo fue masivo hasta los ’70 como el cine, que tenía salas de 700 personas hasta que se transformaron en las multisalas. Y el circo se transformó en elementos circenses dentro de otras disciplinas”.

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