Noticine
08/02/2013 17:23

Arrancó este viernes el concurso de la Berlinale con tres miradas espinosas sobre aspectos conflictivos u ocultos de la realidad que nos circunda: la avidez capitalista que no se detiene ante el respeto a la naturaleza, la relación de una menor con un hombre cuatro décadas mayor y las tentaciones de un cura homosexual, de la mano -respectivamente- de Tierra prometida, de Gus Van Sant; Paradies: Hoffnung, de Ulrich Seidl, y W imie..., de Malgorzata Szumowska.

Tierra prometida

(2012)

La polaca Szumowska, ganadora del Leopardo de Plata en Locarno con 33 sceny z zycia y autora entre otras de la coproducción con Francia Elles, narra en W imie... , la historia de un cura católico, Adam, que trabaja en un pueblo polaco con adolescentes marginales de ambos sexos. Su temprana vocación religiosa se verá comprometida por unos crecientes deseos homosexuales, enfrentados al imprescindible celibato, que se avivan cuando conoce a un taciturno muchacho de una familia rural.

W imie..., la película más aplaudida del día, está tratada con distancia no exenta de pasión visual, con escenas metafóricas que relacionan la angustia y los problemas de identidad del sacerdote protagonista con los de Cristo. Szumowska ha dicho en rueda de prensa que en ningún momento tuvo la intención de hacer una cinta provocadora o controversial, y que empezó a trabajar en el film hace cuatro años a raiz de la lectura de una noticia sobre la muerte de un sacerdote a manos de un muchacho. Para la cineasta polaca, que se documentó hablando con curas sobre su difícil relación con el celibato, "Se trataba de amar a mi personaje, no de juzgarlo, de concentrarme en su combate interior, el de un hombre que no consigue encontrarse a sí mismo".

Aunque el austríaco Ulrich Seidl ha dicho en repetidas ocasiones que en su trilogia Paradies, de la que se vieron antes, en Cannes la primera y en Venecia la segunda Paraíso amor y Paradies: Glaube, quiere dejar que sea el espectador el que saque sus propias conclusiones sobre la peculiar sexualidad de sus personajes (en la primera una mujer madura que hace turismo sexual en Africa y en la segunda su hermana, obsesa por la religión hasta el punto de usar el crucifijo como consolador), no da la sensación de sentir demasiada comprensión hacia ellas.

Aquí, en el cierre de la saga, haciendo honor a su título, Paradies: Hoffnung, tiene una mirada algo más condescendiente con su protagonista, una muchacha de 13 años enviada un verano a un campo "de adelgazamiento". Melanie es obesa, y mientras su madre (el personaje del primer film) está en Kenia disfrutando de las vacaciones con sus jóvenes amantes africanos y su tía (la beata del segundo) encerrada en su casa con imágenes religiosas y cilicios, ella intenta bajar kilos rodeada de otras adolescentes con su mismo problema de peso. En el campamento se enamora de un doctor, el responsable del establecimiento, un cincuentón al que intenta seducir de manera torpe. Haciendo honor a su título, Seidl parece querer cerrar su visión pesimista rayana en la crueldad sobre la miseria humana, la soledad, el egoísmo y el deseo, con un tono más luminoso y esperanzado.

La acogida de Tierra prometida en su país, donde se estrenó en unos pocos cines a final del año pasado, fue más bien fría, por parte de la crítica, y parecida del público (de momento poco más de 7,5 millones de dólares), en parte por los antecedentes del proyecto, que nació del propio Matt Damon, aquí no sólo protagonista, sino también coguionista y productor. Recurrió a su amigo Gus Van Sant para que asumiera tras la cámara esta historia sobre los representantes de una poderosa empresa que viajan a una zona rural para convencer a sus habitantes de que le cedan los derechos de explotación minera para obtener gas usando técnicas que degradan el medio ambiente (detalle que por supuesto no interesa que conozcan).

Para Damon, quien renunció a la idea inicial de -además de sus otras implicaciones en la cinta- dirigirla, según ha contado en Berlín, su objetivo era hablar más de la "identidad americana" que de dar un simple mensaje ecologista. "Se trataba de mostrar como tomamos las grandes decisiones, si pensamos realmente en la comunidad, en el futuro...", ha explicado el actor.

"Tradicionalmente, en Estados Unidos había una conciencia de lo comunitario, pero creo que en mi país nos estamos alejando de ello, y me interesaba plantear esta cuestión", añadía el actor, que se mostraba decepcionado por la pobre acogida de su película, que achacó en parte a los ataques de los más conservadores, quienes le acusaron de panfletario. "A veces ha pasado también con algunas de mis películas anteriores que el público las descubre más tarde... Veremos qué pasa con Tierra prometida dentro de diez o veinte años".

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