Ezequiel Obregón
28/11/2012 11:57

14 películas formaron parte de esta sección del evento marplatense. Una selección que no mostró ninguna obra maestra, pero que no careció de eclecticismo y de propuestas más experimentales. A diferencia de otros años, la Competencia Internacional fue menos subsidiaria de grandes films exhibidos en festivales prestigiosos.

Beyond the hills

(2012)
8.0

Más allá de los premios (que, sabemos, muchas veces vienen con aire “antojadizo”), la Competencia Internacional de Mar del Plata tuvo en esta edición una más que digna cantidad de películas. Se podrá decir que faltaron grandes autores como Alexander Sokurov o Terrence Malick, por citar dos pesos pesados que compitieron en ediciones pasadas. Pero bajo esa carencia pareció imperar la necesidad de proponer películas que, si bien en muchos casos tuvieron un recorrido por festivales, venían impregnadas de un espíritu más independiente. ¿Mar del Plata se está pareciendo al BAFICI?

Lo cierto es que la gran ganadora fue la rumana Beyond the hills de Cristian Mungiu, película que desentona un poco de la premisa que desarrollamos en el párrafo anterior. Un gran film de un director consagrado, que se exhibió en Cannes (hace ¡8 meses atrás!) y que narra la historia del encuentro entre dos amigas (acaso, amantes en el pasado). Una de ellas se hizo monja y vive en un convento conducido por un religioso ortodoxo. Hacia allí llega su amiga, que de inmediato desaprueba su nuevo modo de vida. En plena crisis nerviosa, las acusaciones de “posesión” no tardarán en llegar. Beyond the hills exhibe de un realismo puro y duro, en un relato que no se agota en sus posibilidades de interpretación metafísica y que indaga en la convivencia entre lo arcaico y lo moderno, lo racional y lo dionisíaco. Y que, en su tramo final, da un viraje y deviene policial. El festival apostó fuerte al cine rumano, en consonancia con su renovación e incidencia en otras grandes muestras, y puso a competir a otra película de esa nacionalidad: Domestic, de Adrian Sitaru (único estreno internacional). Con extensos planos generales y diálogos impregnados de naturalismo (una marca de fuego de esta cinematografía), el de Sitaru es un film que se centra en la relación entre distintos personajes –todos vecinos de un edificio- con los animales. El resultado es una película verbalmente ingeniosa, entre melancólica y tierna, más “pequeña” en comparación a la de Mungiu.

Muy bien recibidas fueron las dos películas argentinas: El impenetrable, de Daniele Incalcaterra y Fausta Quattrini y De martes a martes de Gustavo Fernández Triviño. La primera es un documental que sigue las penurias de Incalcaterra; suerte de épica desencantada y burocrática por la recuperación de tierras heredadas que el director desea restituir a los pueblos originarios. Si el documental no es hegemónico en las competencias de los festivales, menos aún lo es el cine de género. Policial sin policías (pero sí con víctimas y victimarios), el de Triviño es un film ríspido, que genera en el espectador una tensión muy bien sostenida merced a un relato clásico. Una violación, un personaje introvertido y enorme que oficia de testigo (el gran Pablo Pinto, Mejor Actor), y un dilema ético que se torna cada vez más oscuro. En suma, dos grandes exponentes del cine nacional que compitieron este año. Sin ser argentina, la española El muerto y ser feliz de Javier Rebollo se rodó íntegramente en nuestro país. Fue la película de apertura, merecido lugar de privilegio.

Las películas más “minimalistas” vinieron desde China (Memories Look at Me, de Fan Song), Turquía (Night of Silence, de Reis Çelik) y Kazajistán (Student, de Darezhan Omirbayev). Las dos últimas indagan en dos personajes asediados por su contexto. La de Celik (Mejor Director) se concentra en un solo espacio: una pequeña casa en la que acaba de ingresar un hombre mayor. Lo espera una niña a la que no conoce, pero que mediante un acuerdo familiar se convirtió en su esposa. Una película muy centrada en la problemática de género y que no está exenta de comicidad. Student adapta a Crimen y castigo y aborda la mentalidad de un joven estudiante de filosofía que mata por necesidad económica, pero también para probarse a sí mismo que es capaz de hacerlo. Pausada, más mental que física, la de Omirbayev es esa clase de películas que proponen una temporalidad que se asemeja a esas estelas en el agua que se generan cuando se arroja una piedra. Cine de observación más que de acción; premisa narrativa que llega al paroxismo en Memories Look at Me (Premio Especial del Jurado), en donde una joven llega de visita al departamento de sus padres. Se suceden extensos planos generales que sirven de marco para una serie de diálogos coloquiales, algunos más reflexivos que otros, que apuntan a las diferencias generacionales entre la hija y sus progenitores y arman una discreta “novela familiar”.

Si –como advertimos- De martes a martes significó una bienvenida concesión del festival a un film de género, lo mismo podemos decir de la inglesa Sightseers (Mejor Guión), de Ben Wheatley. Comedia negra (negrísima), se centra en una joven pareja integrada por una mujer maltratada psicológicamente por su madre y un hombre en apariencias “normal”. Si al comienzo el film propone un viaje de liberación, tras la primera y accidental muerte se sucederán otras que son intencionales. Lo que da paso a secuencias muy bien resueltas en términos de comicidad (hay también otras no muy logradas) que hacen de este film un tour de force de calamidades que bien pueden acompañarse con una carcajada.

Sin ser “de género”, coquetean con la comedia la estadounidense Starlet de Sean Baker y con la acción la islandesa The Deep de Baltasar Kormákur. La primera es una logradísima película que muestra la relación entre una joven e incipiente estrella porno compuesta exquisitamente por Dree Hemingway y una anciana que le vende un termo en una venta de jardín. Allí dentro hay algo más que vacío; la espera a la chica 10.000 dólares “de los viejos”, como dicen por allí. Ella, al principio con culpa, se acercará a la anciana para ayudarla a volver a su casa luego de hacer las compras. Poco a poco se irán conociendo mejor. En su esquema “personajes diametralmente opuestos” Starlet tiene algo de manual, categoría que supera merced a un guión emotivo y a dos actrices formidables.

The Deep está basada en el caso real de un hombre que, tras haber naufragado con sus amigos, logra sobrevivir nadando en las heladas aguas del océano. Una proeza que lo convierte en poco menos que un héroe nacional y que al mismo tiempo despierta la curiosidad de los científicos, a los que les resulta llamativo que se haya salvado en esas condiciones ambientales. Impecable en lo técnico, la película se torna un tanto convencional en la segunda parte. La mer à l'aube, del director alemán Volker Schlöndorff (el mismo de El tambor) también retoma un episodio histórico. Durante la ocupación nazi en Francia un oficial alemán muere tras recibir un tiro en la espalda. Este acontecimiento, que enardeció a Hitler, culminó con la ejecución de 150 prisioneros. Schlöndorff ingresa de forma tangencial a esta pequeña comunidad, concentrando su relato en un grupo de jóvenes. Intercala, hacia el final, las voces que reproducen las cartas que los condenados enviaron poco antes de morir. Bastante convencional en cuanto a la puesta en escena, La mer à l'aube gana mucho por su cualidad contemplativa, capaz de retratar un tremendo drama sin caer en el golpe bajo.

También fue bien real la historia de Augustine, película francesa de  Alice Winocour que dialoga con Un método peligroso de David Cronenberg y consagró (merecidamente) como Mejor Actriz a la cantante Soko. Augustine fue una joven paciente de Charcot, maestro de Freud especializado en el tratamiento de la histeria. Tras padecer inexplicables convulsiones, llega a un hospital psiquiátrico y luego se transforma en una suerte de “freak de feria del positivismo” que deviene –casi inevitablemente- en el objeto de deseo del doctor.

Por último, integró la Competencia Internacional la brasilera Sonidos vecinos de Kleber Mendonça Filho. Para quien escribe estas líneas, una de las mejores películas que integraron la muestra. Lejos de la postal turística y del miserabilismo for export de Ciudad de Dios, el film de Kleber Mendonça Filho transcurre en el departamento en el que vive un joven de clase acomodada. Es difícil definir un tema, pero Sonidos vecinos opera desde lo contextual. Como su título lo anticipa (“El sonido alrededor”), el trabajo con lo sonoro es esencial. Desde el regocijante sonido de una cascada, hasta un inquietante disparo en medio de la noche, la película utiliza lo sensitivo para inmiscuirse en la vida de estos personajes que no tienen nada de extraordinario. Lo central es la construcción del ambiente y lo “nuclear” llega a ser presentado recién al final, procedimiento narrativo que hemos visto en las películas de Lucrecia Martel. Un gran film que reflexiona sobre el malestar en el que vivismo, y que se fue de Mar del Plata con las manos vacías.

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