Noticine
02/09/2012 16:52

Terrence Malick presentó en Venecia Deberás amar, la versión más descarnada, con mayúsculas y subrayados, de su cine, que intenta ser intenso y profundo, pero sufre al carecer de una verdadera historia. No en vano rodó y rodó, y sobre todo montó y remontó, quitó personajes, y al final le ha salido algo a ratos bello pero vacío, innecesario. La cuota de cine israelí que todo festival parece obligado a tener, La esposa prometida,  propone un acercamiento a la una de las ramas más ortodoxas y radicales del judaísmo, el hasidimo.

Deberás amar

(2012)

Como haría Javier Bardem convertido en sacerdote en la película, vamos a sincerarnos y ha reconocer el pecado: No me gusta el cine de Terrence Malick. Mea culpa... La historia del cine, y especificamente la del cine que aman muchos críticos y los festivales programan, está repleta de talentos sobrevalorados. Sencillamente, porque hacen algo diferente de la "mainstream" y lo venden con todos los ingredientes de la iluminada genialidad.

Malick, considerado genio entre los genios, era conocido por su escasa pero intensa y elogiadísima trayectoria. De repente, el cineasta que huye de explicar su cine, no da entrevistas, ni siquiera se deja fotografiar, como si fuera el Dios de su propia religión, alejado de la plebe e incluso de sus fanáticos seguidores, cambió de chip, y tuvo la urgencia de rodar y rodar. De ahí que desde El árbol de la vida le haya dado por hacer más películas que en el período que va desde su debut en 1973 hasta la década actual. Ahora tiene cuatro más ya filmadas a la espera de su postproducción y lanzamiento.

Lo peor no es que Malick se considere un Dios del Séptimo Arte, sino que los demás lo crean también, y hasta actores consagrados se entreguen a la fe dispuestos a todo, incluso al sacrificio personal que implica rodar con él para luego no salir en pantalla. Así les ha sucedido a intérpretes consagrados como Rachel Weisz o Michael Sheen (hay más) que fueron convocados para Deberás amar y desaparecieron en la mesa de edición en la que el "genio" trabajó meses y meses.

No es difícil deducir que el guión escrito con el que trabaja es sólo una base, y que el real lo escribe en imágenes frente a la computadora según monta la película, de manera que con él todo es imprevisible. Filma mucho, dicen los que han colaborado con él, y luego selecciona. Esta forma de trabajar puede dar buenos resultados, pero también -y es lo que ocurre con Deberás amar- puede dar lugar a cualquier cosa.

En esencia, esta narración que algunos han emparentado con El árbol de la vida, aunque su previo trabajo tenía bastante más sustancia y dentro de su trascendentalismo y pretenciosidad no llegaba a estas cotas, sigue a una pareja de enamorados, él estadounidense, ella europea, que desde Francia se instalan en la América profunda, Oklahoma, donde esa relación sufre una paulatina decadencia. El (Ben Affleck, muy poco hablador y casi inexpresivo) vuelve a ver a una antigua amiga de la infancia (Rachel McAdams), mientras que Ella (Olga Kurylenko), hiperkinética, se refugia en un cura también extranjero (Javier Bardem), quien a su vez está lleno de dudas e incertidumbres sobre su propia fe, y acostumbra a transmitirlas en off.

Las casi dos horas de película, ilustradas por la espléndida fotografía de Emmanuel Lubezki, su cómplice desde El nuevo mundo, es un cocktail de silencios, bellas imágenes, una banda sonora romanticona, diálogos (o casi más monólogos) tan escasos como filosófico-pretenciosos, con una clara vocación de trascendentalismo, pero en suma hueco y sin alma, al menos una con la podamos sentir un mínimo de empatía.

Mucha fue la decepción, incluso entre los defensores de El árbol de la vida, pero esto es un festival, y no hay que descartar que a pesar de todo el peso del nombre haga considerar al jurado que merezca algún tipo de recompensa. Si nos atenemos a la opinión mayoritaria de la prensa aquí desplazada, no la merecería.

Por su parte, la judía estadounidense (pero formada cinematograficamente en Israel) Rama Burshtein debuta en el cine de ficción para dar a conocer las interioridades de una de las ramas más integristas del judaísmo, el hasidismo, sometida a estrictas reglas sobre sumisión, tradicionalismo, separación de sexos y otras de esas lindezas que el occidental medio considera sólo potestad de los musulmanes radicales.

Ella misma es afín a esta creencia, a la que ha dedicado documentales y conferencias, y nada más lejos de su intención que -pese a su condición de mujer- criticar o discutir sus principios. Puede resultar interesante en un momento dado como documental antropológico, pero como historia dramática, como película, carece de los valores precisos para estar donde está, aquí en el Lido.

Con frecuencia nos preguntamos si existe una ley escrita por la cual los principales festivales europeos deban cubrir una especie de cuota de cine israelí, sin mirar a su calidad intrínseca. Sobre todo considerando que Alberto Barbera, el director de este festival, ha marginado absolutante al cine en nuestro idioma de su selección, cabe platearse si realmente es peor que la apología ultraortodoxa La esposa prometida, financiada por Israel a pesar del origen estadounidense de su autora, quien compareció con la cabeza cubierta con un pañuelo multicolor siguiendo las normas de su fe.

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