Noticine
31/08/2012 16:05

La argentina Lucrecia Martel fue la única que no decepcionó en la presentación de la recopilación de cortos que ha supervisado la estilista Miuccia Prada para promocionar su marca Miu Miu, una especie de película por episodios. En competencia se vio Paradies: Glaube, segunda entrega de la trilogía de Ulrich Seidl, y At Any Price, con Zac Efron.

Paradies: Glaube

(2012)

El corto de Martel, Muta, de seis minutos y medio de duración, muestra a una tripulación de mujeres, elegantemente vestidas con artículos de la citada marca subsidiaria de Prada, que -describe la agencia italiana ANSA- "emergen como zombis o larvas de minúsculos escondites, auténticas sobrevivientes de un mundo fantasma que asisten con indiferencia a la muerte del posible último hombre de la tierra, intercambiándose signos y códigos enigmáticos mientras algunas de ellas empiezan a metamorfosearse en insectos". Siempre según la misma fuente, la idea de la autora argentina fue el único más o menos original o sugerente de los cuatro cortos que componían la película publicitaria. El compendio se completa con trabajos de la estadounidense Zoe Cassavetes, la italiana Giada Colagrande y la iraní Massy Tdjedin.

Por otra parte dentro de la competencia, el público y la prensa tildó de anticatólica y  blasfema a la provocadora cinta austríaca de Ulrich Seidl Paradies: Glaube, segunda entrega del exdocumentalista que le ha tomado gusto a embarcarse en films de atrevidas temáticas. En esta ocasión narra la historia de una mujer de mediana edad cuya fe religiosa deviene en pasión carnal por Jesucristo, la cual le lleva no sólo a la autoflagelación o el uso del cilicio, sino incluso a masturbarse con un crucifijo.

Seidl, quien el pasado mayo ya generó no pocos comentarios con la primera parte de su trilogía, Paraíso amor, sobre una mujer centroeuropea que pasa sus vacaciones en Kenia en busca de los favoreces sexuales de los jóvenes africanos, se topa este vez con la Iglesia y sobre todo con el fanatismo religioso. Como en las otras dos películas de su saga, la protagonista es una mujer, esta vez una trabajadora sanitaria de furibunda fe religiosa, que se ha convertido en su personal antídoto contra la soledad.

Anna Maria vive -al principio del film- sola en su impóluto hogar, con la única compañía de los crucifijos y otras imágenes religiosas que decoran sus paredes. Allí limpia constantemente, pero también demuestra su entrega flagelándose, andando de rodillas o colocándose cilicios. Pronto descubrimos que su entrega a la causa, compartida por un grupo de maduros creyentes que se reunen para expandir la fe entre emigrantes y pobres bajo la divisa de "fuerzas de asalto de la Iglesia", se ha transformado -mezclada con su ensimismada y solitaria existencia- en un amor que tiene ya poco de espiritual hacia la figura de Jesucristo.

De ahí que una impactante escena veamos a la mujer que besa lubricamente a un crucifijo y se masturba con él bajo las sábanas, secuencia que evidentemente no dejó indiferente ni a creyentes ni a agnósticos, y que sin duda está ya a estas generando una candente polémica mediática y en las redes sociales. Si además consideramos que el estreno tiene lugar en el festival de la otrora católica Italia, donde aún el Vaticano tiene mucho peso, es fácil imaginar el resto...

"La protagonista no entiende que es justamente su adoración ciega hacia Jesús la que la conduce a la inhumanidad y a la incapacidad de sentir amor, y también a la pérdida de esa virtud cristiana que hace amar al prójimo", ha dicho el realizador austríaco. "Anna Maria es una mujer decepcionada del amor, de los hombres y frustrada sexualmente. Siente un vacío interior", añadía Ulrich Seidl, quien provocó en primera instancia, durante la proyección de prensa, más sorpresa y hasta carcajadas que indignación, para terminar con aplausos.

Por su parte, At Any Price, fábula bienintencionada pero poco apasionante del estadounidense Ramin Bahrani, protagonizada por actores tan conocidos como Dennis QuaidHeather Graham y Zac Efron, despertó sobre todo un interés entre los medios gráficos por la presencia para defenderla del exastro juvenil. Este interpreta al joven heredero de una próspera industria agrícola en el Medio Oeste, quien prefiere claramente el automovilismo al campo, y aspira a convertirse en piloto profesional, para frustración de su padre, un tipo que en aras de expandir su negocio deja que la ambición pase por encima de la legalidad.

Padre e hijo tendrán que hacer frente común cuando las autoridades abren una investigación sobre los manejos en su granja industrial, que provocará un acercamiento entre ambos y una asunción por parte del segundo de los comportamientos que criticaba en su progenitor.

Es evidente que Bahrani, con su film que ya deja las cosas claras desde el título, pretende convertir este drama familiar en una fábula sobre la pérdida de los valores tradicionales del trabajo y el esfuerzo en la América del siglo XXI, un reflejo rural de la avaricia que arrastró al país y a casi todo el resto del mundo a la crisis económica que aún sufrimos. Que esa buena voluntad se transforme en una buena película ya es más difícil, y el joven cineasta no lo logra.

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