Ezequiel Boetti
15/11/2010 00:37

Recuperación histórica de un film maldito de un director ídem, exploración antropológica y un “thriller pueblerino”. Así comenzó la competencia argentina del 25 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, que se desarrolla en la Sala Colón de esta ciudad.

Un rey para la Patagonia

(2010)

La jornada comenzó con Domingo de Ramos (2010). Opus dos de José Glusman, esta suerte de thriller con tintes detectivescos comienza con el descubrimiento del cadáver de doña Rosa (Gigi Rua) durante un operativo policial comandado por el subcomisario del pueblo (Gabriel Goity). De allí en más, el director de Cien años de perdón, estrenada aquí en 1999, reconstruye mediante saltos temporales la última semana de la víctima y los posibles involucrados en el hecho. “Es una pequeña historia en un pequeño lugar con una narración particular. Creo que es una película que requiere de una complicidad por parte del espectador”, explicó el director a EscribiendoCine luego de la proyección.

Una de las particularidades del film es la ambientación temporal en los primeros años de la década del 70, época seminal de golpe de 1976. “En el país cobra otro peso. La película es una suerte de exorcismo en mi interior. Con el actual gobierno y las medidas a favor de los Derechos Humanos, es posible abordar esa época sin estar denunciando sino simplemente imaginando una ficción. La película no se hace cargo de cargar culpas porque ya hay una política activa que se ocupa de eso”, reflexiona Glusman, cuya formación actoral es inocultable. “Yo dirijo desde el actor. Priorizo la actuación y la puesta incluso por sobre algún detalle técnico o una toma más bella. Más allá de que mantengo los elementos que debe tener una película, creo que eso permite que le dé la mayor comodidad a ellos para que puedan componer”, analiza. No resulta casual entonces la convocatoria a cuatro protagonistas con amplia experiencia sobre las tablas: Gigi Rua, Gabriel Goity, Mauricio Dayub y Pompeyo Audivert. “Puede haber influido en mi decisión, pero cuando los llamé lo hice por la calidad de actores que son”, asegura.

Con la Competencia aún en pañales y con apenas una sexta parte de la programación exhibida, no es descabellado arriesgar que Un rey para la Patagonia será una de las rarezas nacionales del Festival. La ópera prima de Lucas Turturro aborda la historia de Orllie Antoine, un francés con un espíritu tan aventuro como cargado de ambición, que llegó al sur de Argentina en 1860 con el menudo objetivo autoproclamarse Rey de la Patagonia.

Juan Fresán trató de reconstruir esa historia en La nueva Francia, pero el desmesurado presupuesto expiró apenas iniciado el rodaje dejando trunco el proyecto. Un día vino con once latas oxidadas con material fílmico. Primero lo ayudamos a limpiar el material que estaba muy deteriorado. Luego nos pidió pasar los rollos en una vieja moviola mientras lo grabábamos con una cámara VHS. Fresán quería terminar su film La Nueva Francia, rodado en los años 70 junto a Carlos Sorín y Jorge Goldenberg”, rememora el director. Ese encuentro fue el puntapié inicial para Un Rey para la Patagonia, donde Turturro recupera no sólo la vida del francés sino también la del peculiar director y publicista fallecido en 2004 mediante un film absolutamente personal, dotado de una enorme carga de psicodelia. “Intenté reflejar el mundo de Fresán y de Antoine, y le sumé mi mundo”, afirmó.

Arrieros, segunda entrega de una trilogía de “documentales observacionales” en la obra del joven realizador Juan Baldana, la película es una crónica en la vida de los epónimos arrieros, pueblo andino que vive del arreo de animales. Sin más intervención que una cámara, Baldana documenta los gajes del precario oficio y los altibajos de un pueblo que rehúsa conocer otra realidad que la tradicional.

Presentada en la Competencia Argentina en el Teatro Colón el domingo 14 (15:30), la proyección sufrió de saturación de volumen y algún que otro subtítulo errado, añadiendo a la incomprensión de la ya desgarbada parla nativa. No habían concluido sus 84 minutos de longitud y se oía en el público “Que pase algo por favor”, “¿Esto dura hora y media?” y la siempre sensible “Para mí esto es horrible”.

La ausencia de mirada crítica predispuso a un público progresivamente escéptico, y un autoproclamado arriero criticó a Baldana en la subsecuente conferencia de prensa, alegando que el título de la película era un error. (Benjamín Harguindey)

 

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