Rolando Gallego
21/12/2020 10:49

Tras codirigir El estado de las cosas (2012) junto a Joaquín Maito y algunos cortos, la realizadora Tatiana Mazú González presentó recientemente en el FICCBA, Festival de Cine Colombiano en Buenos Aires, Río turbio (2020), película que una vez más indaga sobre cuestiones personales y el rol de la mujer en la sociedad. “Crecí en una casa donde las imágenes, los sonidos y los relatos eran algo de todos los días”, dice la cineasta a EscribiendoCine.

Río turbio

(2020)

¿Cuándo te diste cuenta que querías ser directora de cine?
Mi papá es director y productor, trabajó gran parte de su vida ligado al cine documental. Así que el cine para mí fue desde chiquita un ambiente natural. Siempre puso los pocos equipos que había en casa a disposición del juego compartido conmigo y mi hermana. A veces hacíamos animaciones montadas en cámara cuadro por cuadro como regalo de cumpleaños para mi mamá, por ejemplo. Y en muchos VHS’s domésticos hay registros de nosotras aprendiendo a usar la cámara desde los tres años. Recuerdo particularmente ver Chaplin y Keaton por esos años. E incluso El acorazado Potemkin y que me fascinara. Mi mamá además es docente de literatura. Así que crecí en una casa donde las imágenes, los sonidos y los relatos eran algo de todos los días. Y siempre ligados a la idea de juego y curiosidad y aprendizaje. Y sí, hoy hago películas y estudié dirección de fotografía para cine algunos años, hasta que me aburrí. Pero en realidad también soy fotógrafa, ilustro libros infantiles, hago dirección de arte y vestuario en películas de ficción y videoclips, edito, trabajo muchas veces como diseñadora gráfica y he sobrevivido en varios momentos cocinando y vendiendo comida. No me motiva una idea de “carrera profesional como directora”, si no que siento al cine como una forma de relacionarme con el mundo, de hacerme preguntas sobre la realidad a través de imágenes, sonidos y tiempo. Es la que orgánicamente ha ido tomando cada vez más espacio en mi vida. Pero hago otras cosas en simultáneo que podrán en algún momento ganar terreno. Y en realidad tampoco me gusta la idea de “directora”, soy muy entusiasta del trabajo colectivo y prefiero pensarme como “realizadora”.

¿Cuándo supiste que temas personales te permitirían construir relatos que atraviesan la historia de la lucha de mujeres aquí y en el mundo?
En 2010 estaba estudiando en la Universidad Nacional de las Artes (ex IUNA). Estaba por dejar la carrera, de hecho, cuando se desató a nivel nacional una lucha estudiantil masiva en defensa de la educación pública, sobre todo en reclamo de mayor presupuesto porque las condiciones materiales de cursada y trabajo en la mayor parte de las universidades públicas eran muy precarias, y lo siguen siendo. Estuvimos casi cuatro meses tomando las facultades y el rectorado de la UNA. Fue en ese contexto que me hice amiga del grupo de personas que hoy forman Antes Muerto, el colectivo de cine de no ficción del que formo parte. En ese contexto también formamos un colectivo contrainformativo junto a otrxs compañerxs de la Universidad y empecé a producir mi primer cortometraje, que era una ficción que nunca vio la luz. También por esos meses viajé por primera vez a un Encuentro Nacional de Mujeres. Fue ese el año en el que entonces me asumí feminista y en el que comencé a reconocerme también como activista de izquierda, en medio de un clima que favorecía los debates sobre las vanguardias artísticas y estéticas, sobre lo personal y lo político, sobre el pasado en relación al presente y los posibles futuros. Viajé a ese ENM con una cámara y una grabadora de sonido a registrar la fuerza cotidiana de esa experiencia, de la que participaban mis amigas, mis compañeras, mi mamá, mi hermana. Algunos de esos materiales fueron los disparadores para el que terminó siendo finalmente mi primer corto estrenado, La internacional, un documental de archivo familiar sobre mi hermana menor como militante de izquierda, donde justamente lo público y lo privado se cruzaban o, mejor dicho, demostraban ser parte de un continuo histórico, tal cual estaba volviendo a recordárnoslo la nueva ola feminista que empezaba a abrirse paso por esos años.

¿Creés en el cine como herramienta política de transformación y divulgación?
Creo fuertemente que el cine puede ser parte de los procesos de demolición y transformación del mundo capitalista y patriarcal que habitamos. Y apuesto por un cine que tome posición clara en ese sentido y que a la vez formalmente abra el campo y perfore la hipercirculación anestésica de las imágenes y sonidos hegemónicos contemporáneos. Quizás recuperando un poco esa idea brechtiana de reivindicar las narrativas que nos permiten extrañar la realidad para poder pensarla y pensar ahí cómo accionar sobre ella, porque el cine no alcanza para transformarla, hace falta una revolución política y económica, eso es cada vez más evidente. La palabra “divulgación” sí me resulta ajena porque mi cine no es “informativo”. Es un cine que tiene que ver claramente con la experiencia sensible, que abre el diálogo con lxs espectadorxs en torno a cuestiones feministas y de clase, son películas donde mis posiciones al respecto están claras, yo vengo de una formación también ligada al cine militante, pero me interesa hacer películas que puedan ser recorridas de diferentes maneras. Y me gusta reivindicar la palabra “experimental” en ese sentido, de juego, de prueba, de error, de investigación, de estar ahí pensando y sintiendo con otrxs, en un espacio, en un tiempo y volver eso cine.

¿Cómo pensás la estructura y los materiales con los que trabajas en tus películas?
Soy coleccionista informal y caótica de todo tipo de objetos y materiales. Personales, encontrados en la calle, regalados, comprados en ferias de usados. Así que a veces las películas surgen un poco como constelaciones de objetos, textos, fotos, videos, mapas que me van despertando ideas, conceptos, que me van llevando a buscar los vasos comunicantes entre elementos que a priori pueden parecer desconectados. Me gusta pensar en esa imagen de las películas clásicas de detectives: una pared llena de cosas pegadas con cinta, unida por múltiples caminos de alfileres e hilo rojo. Y filmo guiada un poco por esas preguntas, intuiciones y sensaciones iniciales, tratando de sostener la mayor libertad posible, porque me interesa que el rodaje se vuelva un territorio a descubrir, ante el que hay que permanecer permeable para que aparezca la materia viva. Después el montaje es una instancia de ir resignificando los materiales, abordarlos con distancia, encontrar las herramientas narrativas que cada película necesita. Es un juego pero es un juego de precisión. Y trabajamos mucho en papel, con recortes, fotogramas, cartelitos, palabras, en la pared, en el piso. Y sobre todo valoro disponer de tiempo. El cine está hecho de tiempo y necesita del tiempo para existir en profundidad. Me gustan los procesos de montaje largos y artesanos, que incluyen comidas, caminatas y tiempos muertos. Y claramente los presupuestos acotados a los que puede acceder el cine independiente y el documental vuelven esto algo complejo y muchas veces precario.

El archivo en VHS, propio, y otros, te permiten una mirada sobre el pasado que en muchos casos es dolorosa, ¿cómo surgen esas ideas?
Creo que un poco tiene que ver con lo que te decía antes. Haber crecido con un padre cineasta me implicó formarme en una casa con estanterías llenas de casetes donde convivía el archivo doméstico, con descartes de su trabajo o materiales de investigaciones abandonadas. Eso estaba a rápida disposición en el momento en el que empecé a querer hacer películas y, de la mano del feminismo, empecé a interrogar esos cruces y relecturas posibles. Siempre me interesó el montaje, además. Esa posibilidad de construir nuevos sentidos cortando y pegando, de intentar articular ideas a partir de fragmentos, de redimir el pasado volviéndolo futuro posible. Me parece casi mágico. Y además me interesa hacer cine a partir de materiales que inicialmente no fueron pensados para “ser cine”, creo que hay una belleza poderosa y resistente en todo eso que la industria arrojó a los márgenes y que parece frágil, doméstico o absurdo

¿Sentís en un punto que tus películas sirven también de catarsis para exorcizar temas de tu propia vida y familia?
Seguramente, como a todo el mundo. Quizás es visible en mi cine, como lo es en el de muchas otras cineastas mujeres, que de por sí estamos socialmente habilitadas a manifestar públicamente nuestras fragilidades y que luego hemos podido reconvertir ese mandato al leerlo bajo las luces de lo público y político. Pero no es desde la catársis en sí desde donde enfoco los procesos creativos a nivel consciente: en las dos películas se parte del “yo” autoconsciente pero hacia encuentros directos con otras, que son las que terminan tomando la palabra y sobre las que giran y crecen los universos narrativos de las películas.

¿Cómo te sentís con el recorrido de Caperucita Roja y Río turbio en diferentes festivales y muestras?
Contenta por la recepción, porque las dos películas se están viendo mucho y me está escribiendo mucha gente y es lindo saber que las películas resuenan, se abren paso, despiertan preguntas, generan respuestas. Pero es un momento complejo, extraño la sala, el público en vivo, los debates colectivos, la imagen y el sonido envolventes. También es raro, el elitismo y muchas veces el eurocentrismo de los circuitos de legitimación no dejan de suscitarme contradicciones.

¿Cuándo será el estreno comercial de las películas?
No lo sé. Sinceramente es un momento muy complicado en general a nivel humanidad y guardo la expectativa de que el estreno “comercial” llegue cuando podamos encontrarnos físicamente y de manera segura. De todos modos pongo la palabra “comercial” entre comillas porque son películas producidas de manera muy independiente y distribuidas de manera autogestiva. La situación del cine nacional es crítica, con un Instituto de Cine que está prácticamente parado desde hace un año y cuyas políticas a futuro parecen estar más enfocadas en los acuerdos con las grandes productoras industriales y las OTT’s que en el fortalecimiento del cine independiente. Mientras sigamos teniendo escasez de salas públicas, una cuota de pantalla totalmente insuficiente y que no se cumple, ausencia de políticas de apoyo económico a la exhibición, ausencia de políticas de formación de espectadores y una media de continuidad absurda para nuestro cine, el cine independiente, documental y experimental seguirá dependiendo de los festivales de cine y de los esfuerzos de exhibición autogestiva de sus realizadores, mientras más del 90 por ciento de las pantallas están ocupadas por los mismos tanques de Hollywood.

¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto?
Como parte de Antes Muerto Cine, un espacio donde trabajamos colectiva y colaborativamente, y muchas veces con roles rotativos, siempre estoy atravesada por muchos proyectos a la vez y en constante movimiento. En este momento en particular, estoy editando junto a Manuel Embalse su próxima película Las ruinas nuevas, terminando de editar Puede una montaña recordar, que es el primer cortometraje de la fotógrafa Delfina Carlota, y esperando poder volver a filmar lo que resta de mi futura película, Todo documento de civilización, sobre la hipernormalización de la violencia policial sobre los adolescentes de los barrios populares, de la que ya existe un primer corte.

Comentarios