Juan Pablo Russo
13/09/2020 14:10

Desde esta semana puede verse en Puentes de Cine El Premio (2011), la ópera prima de la conocida guionista argentino-mexicana Paula Markovitch filmada hace una década y nunca estrenada en nuestro país. "La memoria es un gran tema, pero no sólo se trata de no borrar las heridas, sino también no borrar la responsabilidad social", confiesa la cineasta.

El Premio

(2011)

Hija de artistas plásticos e intelectuales progresistas, Paula Markovitch es hoy una de las escritoras de cine en México más destacadas de los últimos años. Fue colaboradora de Fernando Eimbcke en Temporada de patos y Lake Tahoe, pero también escribió para otros directores películas como Sin remitente, Elisa antes del fin del mundo, Dos abrazos...

La cineasta cuenta con la ayuda de la ficción sus propios recuerdos infantiles en la costera San Clemente del Tuyu (Argentina), donde pasó parte de su infancia, antes de viajar con sus padres a México, huyendo de esa dictadura militar a la que retrata a partir de la mirada curiosa, inocente y a la vez arriesgada de una niña que por orden materna tiene mucho que callar. Su padre, militante político, se encuentra desaparecido y temen que la represión también las alcance a ellas.

En declaraciones, Markovitch defendió su estilo literario, aludiendo a que su primera vocación antes que el cine fue la literatura y que en su opinión "un cineasta en lugar de escribir con palabras lo hace con imágenes". El Premio, cuyo título hace referencia a una recompensa de redacción en la escuela que está a punto de desatar una tragedia, es una obra sensible e inspirada, tal vez no para el gran público por su lentitud, pero sí para los amantes de un cine de autor que combina el compromiso con la poesía.

Paula Markovitch asegura que su film va más allá de recuperar la memoria. "La memoria es un gran tema, pero no sólo se trata de no borrar las heridas, sino también no  borrar la responsabilidad social. Yo creo que cuando hay un crimen social como el fascismo argentino, no sólo hay víctimas y victimarios, hay una complicidad con ese crimen y esa complicidad que se tiende a borrar porque no es un bonito recuerdo. Por eso me parece tan importante la memoria, porque es asumir las responsabilidades. En las sociedades donde ha habido crímenes, lo primero es  juzgar y castigar a los culpables, pero luego toda la sociedad tiene que revisar en qué aspectos se ha hecho cómplice y en qué aspectos esa criminalidad y fascismo han permeado nuestras almas".

Más que una película biográfica, la directora explica que sus recuerdos son unos y lo que ocurre en la película es otra cosa, "creo que la película cargó mucho con el dolor. Yo recuerdo mi infancia con enorme felicidad. Para mí era más importante plasmar que en las situaciones más hostiles como la dictadura la alegría busca la manera de escabullirse y crecer a través de los juegos plenos".

Ser autora y directora de su película implica para Markovitch procesos de creación diferentes, pero conectados: "El texto literario es un texto dramático  que demanda un trabajo en solitario y es una obra por sí mismo, y la película representa la puesta en escena de una historia, el de la interpretación, ahí se combina la mirada de uno con la mirada de los otros, es un trabajo lúdico y divertido".

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