Rolando Gallego
26/01/2020 13:32

Rumbo al mar (2019) de Nacho Garassino (El túnel de los huesos, Contrasangre) es el registro cinematográfico del viaje y reencuentro entre padre e hijo (Santiago y Federico Bal) para cumplir el último deseo del primero de conocer el mar. ”Me gusta explorar todas las posibilidades que ofrece el cine sobre todo porque amo esta profesión y para mí no hay trabajo menor”, afirma en una charla exclusiva con EscribiendoCine.

Rumbo al mar

(2019)

¿Cómo te llega el proyecto?
El guionista Juan Faerman me acercó el proyecto y lo interesante es que ya venía con los actores principales: Santiago y Federico Bal. Para mí fue muy extraño porque no soy alguien que tenga mucho vínculo con ese estilo de televisión, sobre todo el que hace Fede. No sabía nada de nada de programas como Bailando por un Sueño, pero era evidente que el film nacía con una impronta popular garantizada. Hablamos con un par de productores amigos y, por lo convocante de los nombres, se fue armando el rodaje. A mí me interesaba el carácter popular del film, en manos de estos protagonistas, un estilo de cine que nunca había pensado en hacer pero que me pareció atractivo. Además, era un año muy difícil para el cine argentino, donde filmar o conseguir financiación era casi imposible. De hecho, le estoy muy agradecido a la película en ese sentido. En un año que fue muy duro en lo laboral para todo el ámbito cinematográfico, yo pude continuar con mi documental Música para un Futuro Ancestral gracias a que estaba haciendo Rumbo al mar.

Tras El túnel de los huesos, y luego Contrasangre, uno imaginaba una nueva historia policial dirigida por vos. ¿Cómo fue meterse en otro género?
Siempre me gustó verme como un director todo terreno. Por ejemplo, en mi paso por España hice más de cinco documentales para la televisión, algunos con Elías Querejeta de productor. Tras Contrasangre estrené el documental Pegar la vuelta sobre la guitarrista de blues María Luz Carballo y ahora termino el documental Música para un Futuro Ancestral mientras estoy en la pre producción de La Colmena de Miel, un thriller de terror en la cárcel de Ushuaia. Y reflexionando en esa línea pienso que los directores que más admiro no han tenido problemas de pasar de un estilo de narración a otro cuando la historia era digna de ser contada. Me vienen a la mente Billy Wilder, Roman Polanski o William Friedkin. Un caso más cercano es Adolfo Aristarain que ha encarado diferentes estilos y narraciones y es un tipo que admiro mucho. Me gusta explorar todas las posibilidades que ofrece el cine sobre todo porque amo esta profesión y para mí no hay trabajo menor. Tal vez tengo más afinidad natural con películas como El túnel de los huesos o Contrasangre pero me gustan los desafíos y éste me daba la posibilidad de relacionarme con un género popular que me parecía que el cine argentino había abandonado. No fue fácil, porque es una estructura de producción más parecida a la publicidad donde la voz del director es una más en la construcción del relato. Son proyectos grandes, y grandes las dificultades. Aprendí mucho de este estilo de narración industrial.

¿Qué fue lo más difícil del rodaje?
Había dos hermosas dificultades: la edad de Santiago Bal era una y su poco amor por el método de trabajo cinematográfico la otra. Me obligaban a llegar a acuerdos con él con respecto al estilo de rodaje, ya que no le gustaba repetir tomas y quería tener mucho margen para la improvisación. Para esto tuvimos que diseñar un equipo técnico que fuera muy ágil y predispuesto a los cambios que podíamos encontrarnos sobre la marcha. Con Santiago llegamos al acuerdo que yo lo interrumpía poco y repetía pocas tomas pero que iba a tener su entera disposición para los ensayos. Así que se entregó totalmente a la labor. Además, a medida que comenzaron los ensayos me entero que Fede y Santiago no eran muy duchos en el manejo de la moto, lo cual era fundamental en esta road movie. Eso me obligó a exprimir todas las posibilidades de efectos especiales, dobles de cuerpo y convencer a una persona de la edad de Santiago de hacer varios tramos arriba de una moto a veces conducida por Fede y otras conducidas por el doble de cuerpo para las maniobras peligrosas. Santiago, a pesar de su total entrega, estaba muy grande, y todo era más difícil. Eso producía mucho estrés durante el rodaje. ¡Cuando aparecía la moto era realmente problemático! Pero creo que está bien resuelto el desafío; quedamos muy contentos. Otro tema era que la película se filmaba en su mayor parte fuera de Buenos Aires, buena parte del rodaje se llevó a cabo en Tucumán. Lo de Tucumán fue muy importante porque una condición del rodaje era que los técnicos en su mayoría fueran de allí. Y sólo tengo agradecimiento al profesionalismo y la predisposición de un equipo mayoritariamente joven, que para muchos era su primer largometraje profesional.

Cuando en el casting hay figuras que no son del medio ¿cómo es el trabajo que hacés con ellos?
En la ficción soy un director que ama trabajar con los actores. Considero que hacer documentales, paradójicamente, es una gran escuela para ello. Esencialmente se trata de conducir un grupo humano generando armonía para llevarlo a un lugar determinado que sume a la mirada estética que se quiere plantear. Cuando tenés actores de tan diversa ciencia, muchas veces, más que los ensayos, lo importante es romper la distancia entre ellos. A nivel humano hay que pulir toda desconfianza y eso muchas veces no se hace repitiendo letra constantemente sino generando un ámbito de confianza mutua.

¿Qué sensación tuviste cuando te indicaron que padre e hijo en la vida real serían los protagonistas del relato?
Cuando Juan Faerman nos presenta el proyecto ya tenía el visto bueno de Federico y Santiago Bal. Tuve que googlear que hacía Federico Bal porque no lo tenía muy claro. Pero sabía que era alguien con mucha convocatoria en la televisión. De entrada, me preocupaba que la química entre ellos como padre e hijo se pudiera dar y ser la misma en el rodaje. Y así fue. Se llevaban bien o mal de una manera muy transparente y yo iba grabando los ensayos para marcarles cosas que me gustaban y otras que no. Y era muy gracioso porque a veces las bromas, o las discusiones personales entre ellos, continuaban aunque la cámara estuviera encendida. Y costaba discernir si esa intensidad era de padre e hijo o de los actores. Eso facilitó mucho porque yo luego les mostraba discusiones verdaderas para pedirles lo que quería en rodaje. Lo que tengo que agradecer es que Santiago Bal, a pesar de su edad y su salud, fue uno de los mejores compañeros de trabajo que he tenido en rodaje, una vez aclarado que podíamos hacer y que no podíamos hacer. De Fede aprendí a respetar como trata a sus fans, nunca los desatiende. A veces la presencia de estos en rodaje complicaba las cosas, en exteriores tenía unas trescientas personas tratando de tener los autógrafos de ellos. Fede, que había estudiado cine, comprendía las situaciones y con mucha delicadeza nos ayudaba con el manejo de la gente. Así que mi relación con estos padres e hijos fue excelente. Además, como Santiago fue un ícono popular de una generación y Federico lo está siendo de otra, me parecía un interesante entrecruzamiento; además con el detalle de que eran padre e hijo en la vida real como ocurría en la ficción.

La película viene de presentarse en festivales locales y foráneos: ¿expectativas con el estreno local?
Rumbo al mar es el estilo de película qué necesita una repercusión popular para ver cumplido su cometido. Necesitamos que las películas industriales generen público y técnicos para tener un mercado que nos permita contener otras narraciones más personales y experimentales. Tenemos que hacer ese camino y Rumbo al mar lo hace a su manera. Como director, trabajos como éste son los que me permiten tener tiempo y dinero para poder concretar obras más personales o experimentales como el documental Música para un Futuro Ancestral, que hace diez años que estamos haciendo.

¿Tiene otro sabor al no estar ya Santiago Bal?
Tiene un sabor de alegre melancolía perdonando el oxímoron. Él estaba muy entusiasmado con esta película y, sinceramente, a veces no sabíamos si su salud iba a poder soportar lo ajetreado del rodaje. En especial los fríos en Mar del Plata mientras filmamos las últimas escenas que se observan en el film. Además, que, como dije, era un gran compañero de trabajo, que, a pesar de su edad, no perdía la picardía de decirme: "¡Sos muy lento!" Con Enrique Carreras esta película la hubiéramos hecho en una semana y nos hubiera sobrado tiempo para ir al casino a jugar a unas fichas (Risas). A pesar de todo lo logramos y Santiago Bal tiene, en la última película de su carrera, la primera y única con su hijo.

¿Con qué te gustaría que la gente conecte de Rumbo al mar?
La película es ágil y en un tono en un tono de comedia familiar. El fallecimiento de Santiago resignifica la película, la lleva más aun hacia el lado de las emociones. Sobre todo para todos aquellos que fueron sus seguidores y los que tuvimos el placer de trabajar con él... Creo que va a conectar con el público desde un lugar del cariño y la evocación, en especial para la generación en la cual él fue uno de los actores populares más importantes de la Argentina. Por eso estoy feliz, a pesar de que Santiago no pueda estar en el estreno. Cumplí mi palabra que iba a respetar sus tiempos si él me daba su corazón en los ensayos. El estreno va ser una noche de emociones.

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