Matías E. González
08/01/2020 12:59

Este verano, los espectadores pueden aislarse del calor al ingresar a las salas de cine para visualizar y reflexionar en torno a la película La muerte no existe y el amor tampoco (2019), cuya historia se enmarca en la Patagonia. EscribiendoCine dialogó con Fernando Salem, director del film que tiene como protagonista a Emilia, quien regresa a su pueblo natal para esparcir las cenizas de su mejor amiga Andrea. Allí, pone en pausa su vida y viaja al pasado para revivir su amistad con Andrea, acompañar a los padres de la joven en el duelo y reencontrarse con Julián, su primer amor, que acaba de ser padre. “A nivel personal me pude preguntar cuáles son mis formas de amar y cuáles me gustaría que fueran”, planteó Salem.

La muerte no existe y el amor tampoco

(2019)

El film es una adaptación de la novela de Romina Paula, Agosto, ¿Cuándo fue tu contacto inicial con el texto? ¿En qué momento sentiste que tenías que llevar la historia a la pantalla grande?
Esteban Garelli, mi coguionista en Cómo funcionan casi todas las cosas (2015), un día trajo a la mesa de trabajo el libro, mientras escribíamos mi ópera prima. Esteban me dijo que en Agosto había una respuesta para un problema que teníamos en el guion del film, que era que la protagonista Celina perdonara a la mama que, supuestamente, la había abandonado. En Agosto, Romina Paula escribe la historia de Emilia quien, en un momento, habla de su madre que la abandonó y, aparentemente, la disculpa. Eso nos inspiró muchísimo para trabajar el personaje de Celina en Cómo funcionan casi todas las cosas. El libro me atrapó un montón, por lo que cancelé la escritura de Cómo funcionan casi todas las cosas. en ese momento para terminar la lectura. Me gusta mucho la sordidez con la que escribe Romina, su visión de lo femenino y, para mí, que me interesa dicho universo, leerla es como asistir al pensamiento de una persona muy interesante, y con un personaje tan cautivante como es Emilia, una chica que no le sale querer y está bloqueada. Ahí no pude hacer otra cosa que tratar de conseguir su teléfono a través de Pilar Gamboa y Esteban Bigliardi, me acerqué casi como un fan, charlé un par de veces, le mostré mi primera peli una vez terminada y me dio la autorización para adaptar su novela, lo que me puso muy feliz porque fue un voto de confianza muy importante.

Sobre la transposición realizada, ¿Qué aspectos fueron los más difíciles de trasladar?
Fue bastante complejo porque yo, en algún lado, tenía la fantasía que Romina iba a escribir con Esteban Garelli y conmigo. La verdad es que ella se desmarcó rápidamente de ese rol y me dijo que el trabajo lo había hecho con la novela y su proceso creativo ya lo había atravesado, por lo que le parecía que lo mejor era que yo hiciera una película propia, que no dependiera de su visto bueno, a pesar de que a mí me daba mucha seguridad caminar al lado de ella en este proceso. Pero considero que fue muy sabia en darme esa libertad, me dijo '¡Hace lo que quieras!'. Obviamente que me juntaba con ella y la mantenía al tanto de las decisiones. Uno de los aspectos más complejos fue trasladar su forma de escribir tan poética y única a una película, sin usar el recurso de la voz en off porque a mí me enseñaron en la ENERC, la escuela de cine, que las cosas hay que mostrarlas y no decirlas. Me gusta trabajar con el subtexto, entonces, abordar el texto tan en la superficie era una transposición un poco literal, así que con Esteban optamos por trabajar el sentido de las escenas y poner solo las citas que no podían dejar de estar. Para evitar la voz de ella evocando a su amiga, pensé que la muerte no exista en ese sentido y que Emilia vea a Andrea. Fue complejo dejar de lado cosas bellísimas del libro y cambiarlas por acciones, escenas y ritmos.

Emilia emprende una travesía física que, a su vez, implica un viaje introspectivo ¿Qué tuviste en cuenta al relatar este proceso?
Es como darle un recorrido espacial y temporal a las emociones, para ponerlas en un plano más visible y relacionado con lo que estamos acostumbrados a manipular, que son las distancias y los tiempos. Entonces, Emilia se tiene que ir de ese lugar que había buscado como ideal, que es Buenos Aires, y regresa transformada, pero se da cuenta que no hay lugar para ella. Creo que para uno como realizador, que tiene que manejar los tiempos narrativos y los espacios, es muy importante poner las emociones en esas coordenadas. Sirve mucho para narrar y es diferente ver a una persona volver a su pueblo natal atravesada por todo lo que le va pasando, a poner una persona en una habitación y escuchar su voz en off. Ver al personaje en acción puede agregar una dimensión mucho más profunda a las emociones. La película emociona pero no deja de andar.

Este es tu segundo largometraje, ¿Con qué seguridades y con qué presiones llegaste al set de filmación luego de haber realizado tu ópera prima?
Presiones... ¡Muchas! Por un lado, hacer una película implica dinero, un montón de responsabilidades y uno nunca tiene que perder esa dimensión. Por otro, las presiones personales de haber hecho una primera película que funcionó muy bien y que me representa y, ahora, hacer una segunda película adaptando un libro de Romina, trabajando para que me represente y, también, para demostrarse a uno mismo y al público de lo que uno es capaz de hacer sin traicionarse. Hoy puedo decir que el resultado está bien en ese sentido, pero uno llega al primer día de filmación lleno de incertidumbre y tiene que impostar una seguridad para que funcione todo. El tema de las seguridades me lo da el equipo de trabajo, que en su mayoría son ex compañeros de la escuela de cine, mi socio y casi hermano Diego Amson, mi otro socio Juan Pablo Miller y la productora Lucila De Arizmendi. La verdad es que uno forja un vínculo humano con las cabezas de equipo, con los socios y con el resto de los técnicos, que también son amigos, y la mayoría también estuvo en mi primera película. Ellos subieron conmigo a una montaña y saben que juntos somos capaces de subir y bajar tranquilos. Esta es una montaña diferente, más áspera en muchos lados, más alta, más difícil de escalar, con otras pruebas. El director no está solo, no es 'una película de', todos trabajamos muy duro, cada uno en su rol.

El reparto cuenta con las actuaciones de Antonella Saldicco, Justina Bustos, Agustín Sullivan, Osmar Núñez y Susana Pampín ¿cómo fue su elección para los personajes a los que dan vida?
En principio, está buenísimo trabajar con grandes actores y actrices como me está tocando. Veo mucho cine argentino, voy mucho al teatro y estoy muy al tanto de lo que está pasando. Por suerte, los premios y el reconocimiento de Cómo funcionan casi todas las cosas me abrieron la puerta y la confianza de un montón de profesionales. A Antonella Saldicco la conocí en la reunión de una agrupación de cine a la cual pertenezco y me pareció una persona muy interesante, y dio la casualidad que había hecho un taller de escritura con Romina Paula, había leído el libro y le gustaba mucho. Luego, empecé a armar el ecosistema que hace que suceda la historia: Fabián Arenillas y Susana Pampín son actores que admiro muchísimo, que me hacen reír y emocionar, son generosos y fue un sueño trabajar con ellos; a Osmar Núñez lo respeto muchísimo y aprendo con él, cuando aceptó estar en el proyecto me dio una garantía de qué tipo de película iba a ser, porque claramente la personalidad de los actores y las actrices le dan el tono; Francisco Lumerman es un actor que admiro, lo vi en películas y sabía que tampoco iba a fallar; Agustín Sullivan tenía ganas de hacer cine y a mí me gustó mucho su trabajo en la serie Sandro, coincidimos en que le interesó el libro, quiso ser parte del proyecto y superó cualquier expectativa; trabajar con Romina Paula, siendo la adaptación de su libro significa una especie de participación estelar; Justina Bustos es una actriz con sensibilidad, muy conectada y presente, que investigó mucho el papel y se animó a hacer algo rarísimo y arriesgado que es una persona muerta. Tanto Justina como Antonella me ayudaron a encontrar este vínculo de amistad entre mujeres, del cual yo sabía muy poco. Asimismo, participaron más actores y actrices que los veo y disfruto como espectador.

Tanto en tu film Cómo funcionan casi todas las cosas como en La muerte no existe y el amor tampoco aparecen diferentes interrogantes, algunos en común como “¿Qué es ser feliz?”, “¿Existe el amor para toda la vida?”, “¿Hay vida después de la muerte?”. Por lo tanto: ¿Qué te motiva a indagar sobre estos tópicos?
¡Son los grandes temas que nos conmueven! No pierdo de vista que somos humanos en medio de un caos y tratando de entender qué es vivir, el sentido de la existencia y todo lo demás como consecuencia de eso. Contar historias es una forma de organizar la realidad que nos rodea, nuestra experiencia humana y nuestras preguntas, que son las que nos deberían motivar para ir al cine, y que nos deberíamos hacer todos los días porque parece que lo raro es vivir, ya que vamos a estar más tiempo muertos que vivos, así que no estaría mal preguntarnos qué estamos haciendo con nuestra vida, si somos felices, cómo amar... Uno se mete al cine un poco para escaparse de la vida, pero cuando el relato es hábil, sale de la sala transformado.

Así como Emilia en La muerte no existe y el amor tampoco y Celina en Cómo funcionan casi todas las cosas descubren distintas cuestiones de sus vidas, ¿Qué hallaste vos a nivel personal y profesional tras encarar este último viaje cinematográfico?
A nivel personal me pude preguntar un poco cuáles son mis formas de amar y cuáles me gustaría que fueran, porque estoy justo en una generación bisagra entre un modelo tradicional de familia, que era el de padre-madre-hijos y el de la generación actual, que puede pensar la familia en nuevos formatos. Entonces, me hace razonar sobre mis vínculos necesariamente, porque puedo escribir desde mi experiencia o desde lo que a mí me atraviesa. Vivo buscando respuestas pero me parece cautivador entender que no las voy a encontrar, esa búsqueda sola ya es interesante. A nivel profesional, hubo un crecimiento: poder administrar las tensiones del equipo, tomar riesgos, tener aplomo en el set para tomar decisiones, hacer la prensa de la película, ser community manager si es necesario, revisar y hacer los créditos, supervisar todas las áreas y aprender de cada una de ellas. En Caudillo Cine, que es mi productora, trabajamos de esa forma y crecemos juntos.

Has realizado varios proyectos de animación como Zamba, Siesta Z y Petit, con reconocimientos locales e internacionales ¿Qué elementos considerás a la hora de desarrollar una serie de animación infantil?
Principalmente no subestimar a la audiencia, no infantilizar a los chicos y a las chicas que están viendo los contenidos que hago, sino ser honesto y darles un contenido que los entretenga por un lado pero que, por otro, también les sea útil. La atención de cualquier niño o niña frente a cualquier dispositivo es un tiempo muy valioso, no necesariamente porque tiene que ser con fines prácticos, sino porque le tiene que hacer volar su imaginación y hacer soñar cosas diferentes.

En cuanto a tu futuro en el ámbito artístico, ¿estás trabajando en algún otro proyecto actualmente o tenes alguno en mente? ¿Qué nos podés adelantar?
Estoy trabajando en Caudillo Cine con varias películas, documentales y series. Una de las series que estamos haciendo es sobre alimentación con Narda Lepes, estoy contento porque la admiro mucho y queremos decir lo mismo, así que estamos dándole mucho a este proyecto. Por otro lado, estoy pensando otra película, que me gustaría que sea en un desierto. Va a ser un año de desarrollo y de producción.

Crédito Foto: Federico González

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