Juan Pablo Pugliese
10/10/2019 14:20

Para La hermandad (2019), su ópera prima, Martín Falci se focalizó en un hecho fundamental de su vida. Como ex alumno de Gymnasium, el colegio universitario de Tucumán, desde los 10 años hasta su egreso asistió al campamento anual donde los 500 alumnos conviven durante una semana. En una charla con EscribiendoCine, el director relata cómo fue la experiencia de registrar aquello que hasta el día de hoy permanecía como un misterio.

La hermandad

(2019)

El campamento se presenta como un universo propio con sus respectivas reglas de convivencia y de trabajo. ¿Fue fácil insertarte en ese mundo o se presentaron dificultades?
La verdad que hay algo muy sorprendente en “la hermandad” en sí del ser gymnasista, del alumno, ex alumno, egresado, si bien existe la construcción de identidad colectiva, está compuesta por un montón de individualidades que coexisten sorpresivamente. A mí no me costó insertarme realmente, tampoco era exactamente popular, pero nunca me sentí por fuera. Hasta el último año participé activamente en la organización de mi campamento, antes en el ‘club colegial’, hasta ‘ciclos de cine’ que hacía yo mismo en una sala de video. En el campamento en sí, coleccionaba en el río ranas pequeñas, fabricaba barcos de madera, armábamos maquetas, entre mil cosas que se nos ocurrían. Y me fascinaba contemplar la tarde desde la carpa disfrutando la cantidad de cosas que sucedían en el predio. Contemplación y libertad de hacer lo que quería. No fui ’secuestrado’ por los más grandes bajo la idea de “ser elegido”, pero siempre me llamaba la atención porqué muchas veces entre hombres para demostrarse cariño interfería la violencia. Es loco, es contradictorio. Pero sin dudas era un universo increíble. De esas preguntas sin respuestas surge la película.

Como ex alumno viviste el campamento desde adentro. ¿Cómo percibiste la experiencia ahora como adulto y director de cine?
Egresé exacto hace 10 años de la secundaria y lo más increíble: la verdad es que sentí casi lo mismo. El tiempo congelado. Con lo bueno, pero también extraño que eso suena. Un espacio de absoluta libertad donde conviven al límite 500 varones adolescentes, donde te imaginas que puede pasar cualquier cosa, pero realmente no pasa nada grave. Porque sí hay reglas y obligaciones, a pesar de discursos quizá no muy claros. Y también hay docentes cerca todo el día ante cualquier problema que surja. Durante la filmación me moví muy libremente como ‘director de cine’, sentí que la experiencia aún se vive con sangre y amor como en aquellos años. Lo increíble es ver también estas generaciones allí, sin las tecnologías en las que hoy están inmersas. Lo más fuerte es que el campamento todavía se siente un lugar aislado, casi fantástico, donde el tiempo no pasa, no existe; pero eso estuvo muy cerca a la idea de ‘quedarse en el tiempo’ con algunas cosas. Ahora sin dudas irá cambiando para mejor.

El campamento se vive como un rito de iniciación para niños de 10 años. La hermandad es tu ópera prima como director. ¿Creés que lo primero te ayudó para encarar este desafío?
Pasé distintos rituales, perdí la inocencia, sobreviví en la naturaleza, aprendimos a ser independientes, dividirnos tareas, tener responsabilidades, no sé si viví “todos” los ritos, pero fui, soy parte. Sin dudas todas estas cosas construidas durante la infancia y adolescencia ayudan a ser “otro” adulto, ¿quizá? O al menos son cosas que las aprendes desde muy chico y te sirven para toda la vida. Fue fundamental haber pasado 8 años por el campamento y vivir la experiencia para encarar esta película, tenía que volver a ser ese niño que entró al colegio, que tenía ese lugar como lo más preciado y lo que más valía. Desde ahí, conociendo actividades, códigos, formas, lo que soy, me permitió hacer esta película con la cercanía ue tiene en los momentos claves que suceden.

La lente siempre tiene en la mira a tres chicos en particular. ¿Los elegiste antes del campamento o fuiste posando tu mirada en ellos durante el rodaje?
En primer lugar, los conocí un mes antes del campamento visitando el colegio, presentándome como egresado y entendiendo la dinámica de hermanos que manejamos, con la complicidad implícita, cierta confianza de antemano, y el compartir experiencias en común vividas en esa institución. Iba con el coguionista, mi 'hermano' y mejor amigo del colegio Jairo Cejas, un tipo amable, gracioso, carismático y sobre todo muy humano, el más conectado a la tierra que conozco, con el que podíamos volver a nuestras épocas de niños y tratarnos de iguales con los chicos, sin prejuicios. En segundo lugar, una semana pre filmación elegí 10 que representaban distintos perfiles y con personalidades claves, y compartieron una carpa sin que sepan que habían sido elegidos, para filmar desde ahí, ese particular, y representar lo general. En tercer lugar, en el día a día del rodaje la cámara iba acomodándose mejor con unos que con otros, de acuerdo a cómo me relacionaba yo con ellos. Elegí tener mucho tacto para no cansar a los chicos, cuándo acercarme y sobre todo alejarme para no intervenirlos constantemente Y en cuarto lugar, en el montaje, de acuerdo a las escenas que iban quedando en las distintas estructuras que probábamos, algunos fueron ganando de forma natural más protagonismo que otros.

La cámara pasa inadvertida para la mayoría de los protagonistas
A principios de año los había visto por primera vez en la ’semana del colegio’, pero no los recordaba mucho y habían cambiado hasta fin de clases. En esas visitas tomé contacto como egresado, compartiendo anécdotas, o una coca en el minibar del colegio. También usaron mi celular para filmarse y sacarse selfies, lo que me demostraba lo interiorizado que tiene esa generación el registro y la imagen digital, simplificando aún más la invisibilización del dispositivo durante la filmación. Después fue un trabajo diario de ir tanteando y manejando cuándo filmar, cuándo parar, y quiénes nos permitían acercarnos y sobre todo acercar-me, para tomar el registro. Sorprendentemente al tercer o cuarto día del campamento la cámara ya estaba sumamente instalada. Eso sí, con los más chicos que ya la habían incorporado. Cuando filmábamos a los otros cursos, había cierto recelo y hasta un rechazo, algo que me costó al principio pero luego supe manejar. De todas formas todos los cursos, los 500 del campamento sabían sobre todo que se iba a filmar el documental, y que no se podía mirar a las cámaras. El resto, fue ir pintando un lienzo diario (Risas).

Un hecho sacudió a la institución y, sobre todo, al campamento. Los detalles no se aclaran pero está presente en toda la película. ¿Por qué tomaste esa decisión?
Porque los detalles le corresponden a la justicia. Venía trabajando con el proyecto durante años y eso pasó meses antes del campamento. Realmente no imaginé jamás que algo así sea parte finalmente. Y apareció la realidad y la resignificaron. Ahí se diferencia con la ficción, en la realidad no podés tener todo fríamente calculado. En el montaje me encontré en la difícil tarea de ver cómo, pero sobre todo ‘qué’ introducir del joven apuñalado, y estoy conforme porque siento que está en la medida justa, porque era muy fácil caer en la ’sensiblería’ o golpes bajos. Además de amarillismo, claro. El hecho del asesinato fue complejo y delicado y quiero respetar a Matías y a su familia. Solo espero que su fallecimiento no haya sido en vano. Como también espero que el ingreso de mujeres enriquezca nuestra tradición, potencie nuevas experiencias y aprendizajes. El campamento tal cual lo vemos en la película fue el último.

Sin querer, registraste lo que fue el último campamento de varones. Ahora el colegio es mixto, ¿creés que la dinámica va a ser diferente?
La dinámica será diferente. ¿Cómo? No tengo idea (risas). Pero sin dudas el mundo no es solo de varones, necesitamos más tolerancia, más sensibilidades, más personalidades, más amplitud en nuestra hermandad. Eso la va a resignificar completamente. Y te voy a decir cómo será la dinámica de acá a 10 o 15 años quizá, cuando haya ‘mujeres' y nuevas sensibilidades en todos los cursos. Una presidenta del centro de estudiantes, una coordinadora del campamento, una ¿zorro? ¿zorra? Me encantaría hacer la secuela, lo vengo pensando desde el rodaje, creo que se completaría el documental, te soy sincero. Este es el fin de un paradigma mundial, y en este particular: de una dinámica de 70 años de historia. Todavía queda ver cómo es el nuevo paradigma en unos años cuando haya cambiado.

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