Rolando Gallego
04/09/2019 13:02

En un año en el que deslumbró como Carlos Monzón en Monzón, de Jesús Braceras, Jorge Román estrena Matar a un muerto (2019), del realizador Hugo Giménez, coproducción argentino/paraguaya protagonizada por Ever Enciso y Aníbal Ortíz, centrada en la dictadura. El actor de El bonaerense (2002) interpreta a un personaje que llega a quebrar la “tranquilidad” de los lugareños, en un rol en las antípodas del que le tocó interpretar en Monzón. "Estoy feliz que me toquen estas historias, y tengo mucha suerte, no me llueven 50 guiones al año, pero me llegan pocos, agradezco que sea así. Estas películas con este contenido me convocan, y es la primera vez que Paraguay toca este tema y de esta manera tan profunda", sostiene en una charla con EscribiendoCine.

Matar a un muerto

(2019)

¿Cómo fue pasar de Monzón a este rol tan introspectivo y con el mínimo de gestos?
[#Persona,31560 es maravilloso, lo conocí dando un taller de dirección de actores, me dice “profe” (risas), esto fue hace cinco o seis años, y cuando terminamos el taller me dijo que tenía una idea. Rápidamente me di cuenta de su calidad humana, y hay algo que te suma. Hablando de aceptar desafíos, cuando me preguntan ¿cómo acepto los papeles?, tiene que ver con esto. A partir de esto, pasaron dos años, ida y vuelta de guion, él escribió para dos personajes, después me dijo que iba a sumar un personaje para mí, acepté, y cuando me lo contó me gustó. El personaje tiene epilepsia, y más allá de eso, pensé qué le pasa a un tipo que está maniatado y que en cualquier momento puede perder la vida. Creí que todo el tiempo iba a querer escaparse, y para eso, observar todo el tiempo a ambos, su dinámica, como la imagen del ciervo en la sabana, pastando, tranquilo, pero expectante a que en cualquier momento puede venir el depredador.

Hay algo en el relato de El juego de las lágrimas, de Neil Jordan
Claro, y esa sensación que en cualquier momento me matan, que vienen por atrás, hay escenas terribles, más tensas que cuando me apuntan con una pistola.

¿Dónde se filmó?
En Aguará, Paraguay, y venía de recién hacer Monzón, fue una experiencia terrible, ver esos cuerpos inflados, la urgencia, estar alerta, el pánico de la cercanía de la muerte, eso operaba en mi cabeza todos los días.

¿Cuánto duró el rodaje?
Yo estuve tres semanas, pero veníamos trabajando hace años, con un ida y vuelta, y yo trato de proporcionar mi visión y sentimientos a los proyectos, llegando al set con un viaje previo. Me encontré con los actores y el encuentro fue positivo, ellos tienen disciplina, se predisponen, de una manera casi artesanal, cuando llegué demostraron una gran calidez, dentro de esta historia. Fue la primera vez que filmé en Paraguay, mi mamá era de allí, viví en Formosa, y esa sensación íntima de reencuentro, de nostalgia, con esa siesta, esa polka, esas chicharras eran parte de mi infancia.

¿Sumás eso a la interpretación?
Obvio, lo sumo, por saber de este paisaje, Hugo me contó la historia y no hubo que hacer otra cosa más para conocer el lugar, esa radio con transistores era mi mamá. Y más allá de eso, esos torturadores, comiendo ese sanguchito, esa banalidad del mal. Además me gustaba esas cosas de la voz omnipresente dirigiendo todo, además de buscar esa polka. Y eso de los serviles, de ser cobardes. Me encontré también con un grupo humano contenedor, compartir con Hugo Colace, con su asistente, fue increíble. El ambiente facilitaba, igual me iba al hotel cargadísimo. Trabajé para que eso sea así, sentir el impacto, las fosas, las palas, que la tierra próxima sea para vos. Pensaba en los cuerpos que tiraban vivos al Río de la Plata, un espanto. Estoy feliz que me toquen estas historias, y tengo mucha suerte, no me llueven 50 guiones al año, pero me llegan pocos, agradezco que sea así. Estas películas con este contenido me convocan, y es la primera vez que Paraguay toca este tema y de esta manera tan profunda.

A casi 20 años de El bonaerense, ¿qué recuerdos tenés?
Comenzamos a filmar en 2001 con la crisis, terminamos en 2002, Mateo, el hijo de Pablo Trapero, nació en el rodaje. Las circunstancias de la vida hicieron que yo participara de un casting, pasara bastantes pruebas y hoy es un film referente para estudiantes de aquí y de Latinoamérica, muy feliz, un rodaje complicado por circunstancias políticas y económicas del país, paramos a la primera semana, tuve la suerte que me dirigiera Trapero, un equipo de compañeros increíbles, fue mi debut en el cine, y como con Monzón, pasó de potenciarnos entre compañeros, es muy importante eso.

La escena de sexo en la película es emblemática y sigue siendo de referencia…
Una de las indicaciones de Pablo era que las escenas tenían que ser como una coreografía sensual y sexual, en donde teníamos que poner todo lo que no poníamos en otras escenas. Además de estar muy bien filmada, tenía que reflejar un relato concreto. Los críticos la ponderaron. Estoy contento con los roles que me tocan. Y en Monzón se volvió a dar esto, de escenas increíbles. En el último episodio se vivió mucha tensión en el set, Pablo Bossi, su hijo, venían y me preguntaban si quería algo, nos atendían, el clima era muy tenso, yo he vivido cosas en El bonaerense en Laferrrere, con tensión fuerte, o en Matar a un muerto así, vengo acostumbrado, pero nunca entré en el infierno mismo como en el de esa casa.

¿Fue muy difícil esa jornada y el rodaje?
Al otro día que volvimos, después de la escena del living, yo ví todo lo que quedaba ahí, que los chicos de arte lo dejaron para mantener todo, miré todo y fue terrible, aún nos quedaba el plano secuencia, hicimos todo en dos jornadas, fue duro, los directores, como Jesús Braceras, son implacables, quería todo con cierta actitud, eso fue continuo, me daba indicaciones. Me acuerdo que cuando vi la escena, quería ver el tiro, pregunté si no venían rápido los títulos, porque necesitaba tiempo, como involucrado pensé “ya viene el título, no te dejan ni respirar”.

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