Juan Pablo Russo
28/07/2019 14:18

La huella de Tara (2018), segundo documental de Georgina Barreiro (Ícaros, 2014), que viene de participar en el 71 Locarno y el 33 Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, explora la singular atmósfera de Khechuperi, una comunidad situada en los Himalayas al oeste de Sikkim, India, para sumergirse  en la vida de cuatro hermanos, y retratar la tradición ancestral del pueblo Bhutia, influenciada por las transformaciones de la globalización a través de la mirada de las jóvenes generaciones. "Me interesa explorar de qué manera algunas comunidades sostienen prácticas y saberes ancestrales a lo largo del tiempo y se reconstruyen en la sociedad actual rescatando sus valores tradicionales", afirma la realizadora en diálogo con EscribiendoCine.

La huella de Tara

(2018)

¿Qué te motiva a trabajar sobre comunidades tan lejanas a la nuestra?
Siento que estamos en una época donde buscamos constantemente la innovación, en todos los campos, sobre todo en occidente y muchas veces esta persecución por lo nuevo, atravesada por las nuevas tecnologías, la globalización y los ritmos de la contemporaneidad, nos atrapa en un vacío que nos inhibe la posibilidad de detenernos a reflexionar, a profundizar, a observar. Vivimos en cambio permanente y aunque ese fluir es inevitable y necesario, me interesa explorar de qué manera algunas comunidades sostienen prácticas y saberes ancestrales a lo largo del tiempo y se reconstruyen en la sociedad actual rescatando sus valores tradicionales.

Me inspira viajar y transitar por ese escenario donde la experiencia fílmica se cruza con la vivencia espiritual. Tengo la motivación de buscar la próxima historia en Argentina.

¿Y qué te llevó a indagar sobre esta comunidad ancestral en particular?
En cada rincón de la India se puede encontrar una potencial historia para contar. Llegué a esta comunidad, por casualidad al final de un extenso viaje que hicimos junto a Matías Roth por este país. Lo que me llamó la atención en un comienzo fue encontrarnos en un pueblo aislado, de difícil acceso con un festival al estilo formato Got Talent que transcurría al mismo tiempo que una celebración budista tibetana que se lleva a cabo cada año junto al reconocido lago sagrado, que atrae a peregrinos devocionales a la aldea. Este escenario tan peculiar como fascinante, donde el pop indio que sonaba a través de parlantes distorsionados se mezclaba con los mantras ceremoniales me impulsó a indagar más sobre la cultura y la espiritualidad de este lugar.

El estado de Sikkim, al noreste de India, se incorporó a este país recientemente en 1975, lo que provocó que la población originaria, que se relaciona mucho más con la cultura de Tíbet y Nepal, se encuentre con la idiosincrasia india y se habitúe a esta circunstancia que oscila entre preservar su identidad e insertarse socio-políticamente en un nuevo contexto.

A su vez, los habitantes de Khechuperi, el pueblo donde se sitúa la película, practican la filosofía budista tibetana y me interesó mucho la manera que tienen para relacionarse con la espiritualidad, de manera espontánea, cotidiana, despojada y la mirada que tienen sobre la muerte, muy diferente a nuestra concepción occidental.

¿Cómo la pensaste para que la historia sea sensorial y uno pueda sentir a los personajes?
Me interesa transmitir al espectador una experiencia, que por un momento pueda embarcarse en un viaje.

La sensibilidad del equipo técnico es muy valiosa al momento de contar la intimidad de los personajes. Siento que hay algo que sucede orgánicamente cuando convivimos con ellos en un sitio aislado, se produce una sinergia donde la línea entre el rodaje y la vivencia es muy delgada y genera un vínculo muy profundo con la gente y el lugar que se refleja en el universo de la película.

¿Cómo fue el proceso de selección de los personajes y poder integrarlos en un relato coral?
Durante el rodaje y con el transcurrir de los días fuimos acercándonos cada vez más a la intimidad familiar y los miembros de la familia se transformaron en nuestros potenciales protagonistas.

La decisión más precisa la tomamos durante el montaje junto a Anita Remón, donde elegimos contar la película desde el punto de vista de los niños, tanto a nivel formal, como narrativo. En este proceso, nos pusimos muy rigurosas al momento de seleccionar los encuadres que construyeran esa mirada y reforzar esta idea trabajando el fuera de campo.

La estructura la construimos alrededor de los personajes jóvenes, explorando su mundo personal, sus relaciones y su rol en la comunidad, que dialogan con un aspecto que nos interesa mostrar de esta cultura. Los relatos se van interconectando coralmente poniendo el foco en aquellos diálogos, gestos e imágenes que manifiesten la tensión entre modernidad y tradición, la espiritualidad, la muerte, la disputa política, el rol de la mujer, entre otros.

Tus películas se destacan tanto por la historia como por la estética visual que elegís para ponerla en escena ¿Cómo es el trabajo en ese sentido?
Tanto Ícaros, como La huella de Tara son películas de contenido espiritual que se desarrollan en imponentes escenarios como la Amazonia peruana y los Himalayas. Siento que la estética visual y sonora funciona como un elemento narrativo para contar el universo sutil de la atmósfera de esos espacios buscando conectarse a través de lo sensorial con el espectador. En Ícaros, particularmente, la idea fue que los planos se plasmaran de manera pictórica y eso se relaciona con las pinturas visionarias amazónicas, me interesaba profundizar en esta búsqueda estética y decidimos utilizar como punto de partida este concepto para La huella de Tara. A diferencia de la película anterior, que seguía a un personaje y era un relato íntimo, en esta ocasión, nos encontramos con una historia coral que nos suponía otros desafíos al momento de ser tan precisos con la propuesta estética.

Nuestra propuesta con Leonardo Val (que también fue el DF de Ícaros), fue trabajar con una cámara mayormente fija que se acerca a los personajes sin intervenir formalmente y se detiene, casi invisible, a contemplar la acción. En esta instancia hay un proceso intenso de observación, de espera.

Desde la puesta en escena mi intención es alejarnos de lo descriptivo e invitar al espectador a reflexionar y a fluir en el clima de la historia.

¿Cuáles fueron las complicaciones de un rodaje en una región no sólo lejana sino también de difícil acceso?
Llegar a la comunidad fue todo un reto. Nos llevó una semana desde Buenos Aires, pasando por Estambul, hasta Mumbai, de allí tomamos otro avión hasta Bagdogra, ciudad al este de la India, un colectivo local hasta Siliguri, frontera interna con Sikkim, luego un eterno viaje en jeep por un sinuoso camino de montaña hasta el poblado de Pelling y otro jeep a Khechuperi. A pesar de ser parte de la India, Sikkim requiere, además de la VISA del país, un permiso especial que sólo lo otorgan por 30 días, con posibilidad de extenderlo a 45 días, lo máximo permitido para quedarse en total en la región.

Uno de los mayores desafíos fue filmar en el terreno y hacer largos trekkings por la montaña para llegar a las distintas locaciones con todos los equipos y además lidiar con los problemas de energía eléctrica del pueblo, donde la luz se cortaba con mucha frecuencia y complicaba la carga de baterías y bajada de material.

Otro aspecto, fue el idioma, nos comunicábamos en inglés, con aquellos que sabían, pero todas las escenas están habladas en nepalí, con lo cual al momento de filmar no comprendíamos lo que decían. Durante las noches traducíamos con Baichung, el joven protagonista y eso me permitía entender y pensar cómo continuar el rodaje.

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