Matías E. González
30/06/2019 13:14

Tras la dirección de films como Ausente (2011), Mariposa (2015) y Taekwondo (2016), Marco Berger regresa a la pantalla grande con su película Un rubio (2019). La historia tiene como protagonistas a Juan y Gabriel, quienes comparten espacio de trabajo y, además, se convierten en compañeros de piso. Entre ellos surge una atracción que empieza como algo puramente sexual y fácil pero, con el tiempo, se transforma en una fascinante relación de ternura e intimidad. “La tensión se diseña desde el guion, se trabaja mucho con los actores en rodaje y se le da el cierre en el montaje. En mi caso cumplo los tres roles en todas mis películas, por eso, puedo tener tanto control sobre eso”, sostuvo el cineasta en diálogo con EscribiendoCine.

Un rubio

(2019)

La relación entre Juan y Gabriel es dulce y, a la vez, desgarradora ¿cómo nació la historia del film? ¿Te basaste en alguna experiencia personal o partió en su totalidad desde la ficción?
La historia nació, en principio, de la amistad con Gastón Re y las ganas de mostrar su plasticidad como actor. Después de Taekwondo (2016), nos hicimos grandes amigos y hasta lo entrené como actor en mis clases. Ahí pude ver la amplitud de su trabajo y varias veces discutíamos sobre cómo un actor puede ser facilmente ser encasillado en un fisic du rol como le pasaba a él (Extranjero o rubio rugbier). Siendo tan rubio y tan llamativo era difícil pensarlo en otros roles. Desde ese punto arrancamos para diseñar este personaje y desde el personaje escribí la película. Sí me basé en experiencias personales que pasé yo conviviendo con alguien de las cualidades del personaje de Alfonso Barón, en donde los límites de lo que uno soporta de una pareja se rompen en el transcurrir de la relación. Creo que ese lugar lo conocía bien y encajaba perfecto en el antagonista de Un rubio (2019).

Entre los personajes protagonistas hay alta tensión sexual, un aspecto que abordas en varias de tus producciones, de hecho hay dos que se titulan así. ¿Cómo trabajaste esta cuestión con Alfonso y Gastón?
La trabajé como siempre. La tensión se diseña desde el guion, se trabaja mucho con los actores en rodaje y se le da el cierre en el montaje. En mi caso cumplo los tres roles en todas mis películas, por eso, puedo tener tanto control sobre eso. Los actores tienen el desafío de trabajar con sus cuerpos y los cuerpos de los compañeros, como en este caso, pero no es el desafío más grande que tienen como actores. Hay otras escenas de mucha más complejidad y desafío actoral. La tensión, en el caso de mis películas, está sostenida sobre la estructura del relato y el manejo de los tiempos más que sobre los actores.

En el largometraje se toca la represión sexual, sobre todo a través de uno de los personajes, que puede tener varias interpretaciones ¿a qué motivos atribuís esa “opresión”?
La opresión y el ocultamiento es basicamente parte de el “sistema”. Parece una tontería esa palabra y casi inabarcable, pero creo que las estructuras psicológicas y sociales de las personas están empapadas del entorno. El personaje de Alfonso Barón es lo que lo rodeó, es el mundo y el ambiente que tuvo cerca. Es una creación de su entorno y está atrapado dentro de eso. Uno podría pensar que cada uno diseña su destino, creo que es algo que en teoría es muy simple pero, en la práctica, es muy difícil, más si uno ni siquiera es conciente de eso.

En cada proyecto aparecen nuevos retos a vencer y se adquieren nuevas herramientas. En Un rubio ¿qué aprendizajes, a nivel personal y profesional, obtuviste?
Todo lo que uno aprende queda más que nada en niveles inconcientes. De todas las películas aprendí algo pero no sé qué podría especificar de ésta. Fue tan complicada como cualquiera de las otras películas independientes que filmé, y fue igual de hermoso el proceso. Uno aprende más de los fracasos que de los éxitos y la verdad que el éxito de esta película me superó. Tendré que aprender de otros films a futuro en donde no pueda llegar al puerto que hubiese querido llegar.

Si tuvieras que hacer una selección de dos escenas: por un lado, aquella que más te costó llevar adelante y, por otro lado, aquella que te generó mayor satisfacción al hacerla y, luego, verla terminada ¿cuáles elegirías? ¿Por qué?
La que más me costó fue la escena que el personaje de Gabriel abandona la habitación de Juan mientras éste le da la espalda. Es más que nada por una cuestión técnica. Varias cosas hacían la escena compleja. Por un lado, en la escena está Alfonso Barón desnudo en pleno invierno, más allá que simulamos verano y estaba la ventana abierta, lo cual hace muy dificil que los actores no se mueran de frío o que los cuerpos no se pongan con piel de gallina. Por otro lado Gastón se cruza por delante de cámara y por la ventana pasa el tren, por lo que había que coordinar todo al mismo tiempo.

La escena que más me gustó es la que yo llamo la escena de “los conejos”. Es, para mí, la mejor escena que filmé hasta ahora en toda mi carrera. Es la conjunción perfecta de toda la tensión sexual que me gusta trabajar. Es muy sutil, precisa y está desarmada en 10 planos a pesar de que los actores están estáticos parados en el lugar la mayor parte tiempo de la escena. Fue muy divertido diseñarla y filmarla. De hecho, es la única vez en mi experiencia de filmar que la hice completa y al día siguiente decidí volver a filmarla entera y hasta cambié el vestuario porque no me terminaba de cerrar como la había hecho el día anterior. Repetí cada uno de los encuadres de forma idéntica. También, me gusta la música que acompaña la escena. Ese tema medio David Bowie que creó Pedro Irusta (músico de toda mi filmografía) y la sencación de radio prendida de fondo. Las voces en el tema son de Pedro, Flor (su mujer) y Malena su hija que es Ornella, la nena de la película.

Sos uno de los referentes del cine LGBTI+ local, con amplio recorrido nacional e internacional de tus obras ¿qué aspectos tenés en cuenta al desarrollar cada producto audiovisual?
En principio, trato de alejarme de lo límitado a un lugar específico y enfocarme más en lo universal. Si uno se pone a pensar mis películas podrían pasar en otros países tranquilamente. Sin dejar de sentirme argentino, me gusta sentirme más ciudadano del mundo. Muchas veces las obras están encriptadas a un código paticular. Yo prefiero usar un código y lenguaje universal.

Por otro lado, trato de seguir manteniendo mi mirada sobre el mundo. Eso que se llama o se etiqueta como cine gay es para mí simplemente un punto de vista. Trabajé diferentes géneros pero trato de no correrme del lugar desde donde yo veo el mundo. Sin querer todo el cine es heterosexual pero nadie se lo cuestiona. Yo hago mi cine rompiendo esa heteronormativa y siendo coherente con mi mirada. Sin querer eso hace que mi trabajo se etiquete rapidamente, pero nadie le pone etiquetas a otro director diciendo “mirá vos, Pepito hace cine hetero”.

A su vez, me gusta mucho poner el foco en lo masculino desde el deseo. El objeto de deseo más común fue el cuerpo femenino y el deseo puesto ahí, hasta el punto de la cosificación. A mí siempre me divierte pensar en jugar con lo opuesto y cosificar el cuerpo masculino. Claro que sin olvidarme de lo que eso genera en el mundo que vivimos, donde el cuerpo masculino desnudo incomoda. Tambien me gusta mostrarlo por su belleza, claro.

En cuanto a tu futuro en la industria cinematográfica ¿estás trabajando en algún proyecto actualmente o tenés alguna idea desarrollada en mente?
Estoy con otra película terminada sin estrenar, El cazador y estoy editando un documental que vengo trabajando con Martín Farina desde el 2015, El fulgor. También, estoy escribiendo un nuevo guion.

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