Juan Pablo Russo
04/06/2019 11:18

Filmada entre Buenos Aires y el País Vasco, Cuando dejes de quererme (2019) marca el debut de Igor Legarreta tras una amplia experiencia en la industria cinematográfica. La historia desarrolla su acción principal en el año 2002 cuando Laura (Florencia Torrente) recibe una llamada telefónica sobre la aparición del cuerpo de su padre desaparecido 30 años atrás. La ETA originaria y la dictadura de Franco se entrecruzan con una investigación donde los crímenes políticos, la familia y una historia de amor son los motores de un thriller que no da respiro. "Cuando dejes de quererme es un drama con traje de thriller, pero en el que, además, convive una historia de amor contada en voz baja y ciertas dosis de humor que contribuyen a romper ese, a veces, exceso de solemnidad que puede arrastrar una historia como ésta", sostiene en una charla con EscribiendoCine.

Cuando dejes de quererme

(2019)
5.0

Después de dirigir varios cortometrajes te embarcás en la realización de un largo, ¿cómo se fue dando ese pasaje?
Pues ha sido un proceso largo, durante el cual he tenido la oportunidad de trabajar como guionista o dirigir segundas unidades para otros largometrajes. Hubo también otros proyectos de largometraje que se frustraron, así que finalmente ha sido ahora cuando ha llegado el debut.

¿Cómo te llega el guion y que viste en él que decidiste que sea el motor de tu ópera prima?
Hablando un día con Javier Echániz, uno de los tres guionistas (junto a Asier Guerricachebarría e Ion Iriarte), me enteré de la existencia del guion -habían recibido la ayuda del ICAA para su escritura- y le pedí leerlo. Yo estaba en un momento en el que se me había frustrado un proyecto, y tenía alguna propuesta para trabajar otros guiones que no me resultaban demasiado estimulantes. Así que en cuanto leí el guion vi con claridad que había una gran historia en él; los personajes, sus conflictos y esa particular protagonista debatiéndose entre el amor a dos padres me cautivó.

¿Fue un desafío hacer una película en diferentes temporalidades con giros narrativos permanentes, filmada no solo en varias locaciones sino también en dos países, que aborda los crímenes del franquismo y los inicios de ETA?
Añadiría que, además de todo ello, trabajar con un elenco bastante extenso también resulta un desafío añadido. Pero sin duda, lo más difícil ha sido manejar bien el tono, cocinar adecuadamente esa mezcla de géneros. Siempre he dicho que Cuando dejes de quererme es un drama con traje de thriller, pero en el que, además, convive una historia de amor contada en voz baja y ciertas dosis de humor que contribuyen a romper ese, a veces, exceso de solemnidad que puede arrastrar una historia como ésta.

¿Cómo fue la elección de Florencia Torrente para el personaje central, una actriz que hasta el momento no había protagonizado?
Florencia llegó al proyecto “al rescate”. Nos quedamos huérfanos de protagonista a pocas semanas de dar motor y tuvimos que montar a toda velocidad un casting para encontrar a la protagonista de nuestra película. Personalmente, en cuanto vi las pruebas de Flor supe que habíamos encontrado a Laura; Florencia tiene de base esa extraña mezcla que define al personaje. Es una mujer de carácter donde, en ocasiones, se entreve una fragilidad propia de una niña. Un personaje que ha crecido construyendo una coraza para protegerse del (des)amor, de un posible abandono.

Florencia demostró mucho valor porque saltó al proyecto en marcha, casi sin tiempo a reflexionar, de una forma intuitiva. No descubro nada si digo que es un pedazo de actriz.

Los espacios cumplen un rol fundamental en la reconstrucción de la memoria de un personaje unido con la historia desde lo emocional y no por el recuerdo racional, ¿cómo trabajaron la elección de los mismos y que buscaban que les aportaran a la historia?
Nosotros trabajamos la puesta en escena desde el abandono paterno, desde la ausencia; en esencia, el personaje interpretado por Flor es alguien que no ha cicatrizado bien esa herida de su infancia, que arrastra un vacío que, pronto, se tornará culpa. Esa culpa y la necesidad de redención es el verdadero motor temático de la película. Una culpa que asoma, no sólo en ella, sino en el resto de personajes que van hilando la historia. Todos tienen una relación de deuda con el pasado. Sus actos generaron un oscuro sentimiento que, con los años, ha crecido dentro de ellos hasta perforarlos.

Por tanto, desde el trabajo de cámara, donde los desencuadres son una constante que retrata a los personajes, hasta la elección de los exteriores, trabajan en esa dirección: los paisajes brumosos son fiel reflejo del paisaje emocional de la protagonista -una persona que apenas recuerda su relación con su padre biológico-, el lugar donde Félix, el padre biológico, fue asesinado es un bosque con una enorme cantera que, literalmente, arranca un pedazo de la montaña… Un vacío físico que quiere resonar en el alma de los personajes.

Cuando dejes de quererme cuenta una historia densa con mucho suspense pero donde el humor no está ausente, ¿cómo fue meter humor en algo tan dramático sin que la tensión se corte?
Pues fue un reto. Hay que mezclar bien los ingredientes para que el conjunto no desentone. Pero el sentido del humor, que en la historia viaja principalmente de la mano de Fredo, el personaje interpretado por Eduardo Blanco, tiene una doble función. Por un lado, estilística, por aquello de que, como en la realidad, el drama no es un compartimento estanco, y suele ser menos creíble, menos “real”, una historia monocolor que las que ofrecen varios colores. Y, por otro lado, temática, puesto que, en esencia, Fredo utiliza el sentido del humor como mecanismo de defensa frente a un entorno que, de alguna manera, le resulta hostil: él es el convidado de piedra a una función a la que siente que no ha sido invitado, la de escarbar en las miserias y virtudes de la familia biológica de su hijastra.

Fueron seis años lo que duró la realización hasta su estreno, ¿cuáles fueron principales problemas a los que tuviste que enfrentar?
Bueno, los procesos para hacer películas son, generalmente, largos y tediosos. Éste es un buen ejemplo. Afortunadamente no han sido seis años de dedicación exclusiva al proyecto, donde la parte más larga y compleja ha sido la de completar la financiación.

¿La película es un aporte a la reconstrucción de la memoria?
No tiene esa ambición. O, al menos, si la tiene, sería un aporte modesto. Cuando dejes de quererme no es una película política en el sentido estricto, para mí, la importancia y sustancia de la historia estuvo siempre en otro lado. El retrato histórico que se hace -ficcionado y tangencial- quiere aportar una capa más a la historia y, en su modestia, lanzar una mirada a esos oscuros años de una dictadura que alumbró el nacimiento de ETA. Se podría decir que hay más poética que política, en una historia donde, al remover parte de esa tierra vasca, emergen huesos y armas.

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