Matías E. González
09/05/2019 10:54

EscribiendoCine dialogó con Alberto Masliah, director de El sonido de los tulipanes (2019), película que se enmarca en Buenos Aires durante la crisis del 2001. En la historia, Marcelo, un escritor devenido en periodista, debe volver sobre los últimos pasos de su padre, quien ha muerto en condiciones extrañas. De la mano de Carolina, Marcelo se sumerge en un mundo oscuro, lleno de violencia y ambiciones de poder. “No hay personajes puramente buenos ni puramente malos”, sostuvo el cineasta.

El sonido de los tulipanes

(2019)

La historia se contextualiza en Buenos Aires, durante la crisis del 2001, ¿cómo nació la idea del film?
La idea nace a partir de un deseo de hacer género. Mi primera ficción fue un drama costumbrista, Schafhaus, casa de ovejas (2011), una película con la que quedé muy satisfecho y me llenó de orgullo. Entre una y otra pasaron seis años, tres películas documentales como director, y otras varias como productor, y cuando me tocó el “turno” de pensar mi próxima ficción me quedó muy claro que quería hacer un policial con todas las reglas. Ambientarla en el 2001 tuvo que ver con cuestiones narrativas y estéticas que quería trabajar. Una ciudad en crisis que tuviera grandes contrastes entre la opulencia del poder y la miseria del hombre de la calle.

En el guion trabajaste con Hernán Alvarenga y la colaboración de Lucas Santa Ana ¿cómo fue el proceso de escritura?
Comencé con la idea en solitario, sabía que era un policial, quería trabajar la relación de padres e hijos y agregarle mucha intriga, entramado político y referencias reales.

Con Hernán estábamos trabajando en el documental Yenú Kade (2015), que estrenamos hace unos años, y cuando terminamos ese trabajo le pedí que me ayudara. Él le sumó el cuerpo de lo que sucede finalmente en la película. Ese trabajo fue dándose de forma natural, porque ambos confiamos en el otro. Al final del proceso le pedí a Lucas que lo revisara y le aplicara su experiencia de guionista. Luego de todo este proceso, creo que logramos un guion fuerte con gran impacto narrativo.

¿Qué elementos clave tuviste en cuenta a la hora de encarar este thriller policial con tintes políticos?
Lo que buscamos es que la película no deje a nadie sin tomar partido. Que sea una película incómoda de ver, te pares en donde te pares desde lo ideológico. Pero también que cumpla con las normas del género para que el espectador menos politizado quede atrapado en la trama.

Otra clave fue pensar a nuestros personajes como almas que transitan la zona gris de la vida, el termino medio, no hay personajes puramente buenos ni puramente malos. Como dice Bertollini, el personaje de Gerardo Romano, 'yo soy mucho mas bueno de lo que la gente cree, pero puedo ser mucho peor de lo que se imaginan'.

Los protagonistas son Pablo Rago, Calu Rivero y Gerardo Romano, ¿cómo surgieron sus nombres en tu mente para que encarnaran a los personajes del relato?
La elección del casting no fue fácil, a pesar de tratarse de un guión sólido, algunos actores prefirieron no participar, por aquello que yo llamo “incomodidad política” que contiene.

En ese proceso, la primera en aceptar la propuesta fue Calu, que entendió a su personaje a la perfección y así lo interpretó.

A Gerardo lo convoqué para interpretar a un personaje que sabría que estaba inspirado en uno real, pero que siendo él, como el actor que es, le impondría su impronta, que es lo que pasó finalmente.

A Pablo siempre lo tuve en mente, pero la propuesta se la hice luego de evaluar otras opciones, como decimos en broma con él, era parte de la terna. Lo bueno de este camino sinuoso que tuve que desandar para llegar al actor protagonísta fue que Pablo finalmente fue el mejor “Marcelo” para esta película.

Asimismo, en la película actúa tu hijo Iván Masliah ¿cómo se vive la experiencia de compartir un proyecto en familia?
La experiencia fue maravillosa. Muy movilizante para ambos, que no queríamos defraudar al otro, y enriquecedora en todo sentido. Iván en esta, su segunda película, demuestra con su personaje que ya es un gran actor. Y no fue fácil la tarea para él, debía estar al nivel de Roberto Carnaghi, Calu, Pablo y Gerardo.

El film trabaja con dos aspectos: por un lado, las flores y, por otro, la basura ¿qué criterios tuviste en cuenta para el tratamiento de ambos?
Desde un principio supe que quería trabajar dos directrices estéticas bien definidas. Las flores, como una metáfora de la opulencia y, la basura, como metáfora de lo contrario, la pobreza.

Estos dos opuestos, que pueden entenderse como asignados de forma directa a esos significantes, buscamos asociarlos moralmente a lo bueno y lo malo. La belleza, en este caso representado por las flores, se asocia con la maldad, la muerte, lo macabro. La basura, en cambio, queda asociada a la idea de quienes son sus víctimas. Son ideas estético narrativas que intentan aportar a la historia alguna profundidad en ese campo.

Respecto a tu futuro en la industria cinematográfica ¿estás trabajando en algún otro proyecto actualmente o tenes alguna idea desarrollada en mente?
En este momento estamos comenzando a producir en Sombracine, mi productora, una película que va a dirigir Lucas Santa Ana, Yo, adolescente, sobre el drama de los pibes que perdieron amigos en Cromañón. En el segundo semestre, dirijo con Mariana Russo, quien se desempeña en El sonido de los tulipanes y en otras cuatro películas mias como DF, un film llamado La larga vida de los recuerdos, con un hermoso guion de Gustavo Cabaña y, para el año que viene, dirigiré nuevamente en solitario Coto de caza, de Gabriel Díaz Córdoba, para seguir hablando de las relaciones de padres e hijos. Por suerte el cine no me suelta. 

Crédito foto: Yael Szmulewicz

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